Pasión de Gavilanes Capítulo 112 Noche de Fuego
Ana se recostó en el sofá de su departamento en la colonia Roma, con el control remoto en la mano y una chela fría sudando en el buró. Era viernes por la noche, y como cada semana, Marco y ella se ponían al corriente con Pasión de Gavilanes capítulo 112. El aire olía a tacos de suadero que habían pedido por Rappi, con ese toque ahumado que se pegaba en la nariz como un recuerdo callejero. Marco, su moreno de ojos cafés intensos, se sentó a su lado, su pierna rozando la de ella con esa calidez que siempre la ponía en alerta.
Órale, murmuró Ana, acomodándose para que su short de mezclilla subiera un poco más por sus muslos bronceados. La pantalla del tele prendió con la intro dramática, violines y tambores que aceleraban el pulso. En la novela, los hermanos Reyes andaban enredados en otra de sus pasiones locas, miradas que quemaban como chile piquín. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, no solo por la trama, sino porque Marco la observaba de reojo, su mano grande descansando casualmente en su rodilla.
La escena empezó: una mujer jadeante, el pecho subiendo y bajando bajo un vestido ceñido, confrontando a su amante en una hacienda bajo la luna. Pasión de Gavilanes capítulo 112 prometía lo mejor, con diálogos que cortaban como navaja. "¡No me mires así, que me enciendes!", gritaba la galana en la tele. Ana soltó una risita nerviosa, girando la cara hacia Marco.
Este cabrón siempre sabe cómo ponerme, pensó Ana, mientras el calor de su palma subía por su piel suave, dejando un rastro de fuego lento.
Marco sonrió con esa picardía norteña que lo caracterizaba, de esos que crecían en ranchos de Nuevo León pero ahora laburaba en la ciudad como ingeniero. "Neta, mi reina, esta novela nos va a matar de la risa... o de otra cosa", dijo, su voz grave como un ronroneo de motor viejo. Sus dedos trazaron círculos perezosos en su muslo, y Ana apretó las piernas, sintiendo ya esa humedad traicionera entre ellas.
El episodio avanzaba. Los amantes en la pantalla se acercaban, bocas hambrientas chocando en un beso que hacía temblar las bocinas del home theater. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la sala, mezclado con el aroma de su perfume mezclado al de ella, jazmín y vainilla. Ana se mordió el labio, el corazón latiéndole en las sienes. Marco se inclinó, su aliento cálido en su oreja: "¿Te imaginas si fuéramos ellos? Tú, toda fogosa como esa morra".
Ella giró la cabeza, sus labios rozando los de él. "Pendejo, ya me traes loca con solo mirarme", respondió, pero su mano ya volaba a su nuca, enredándose en el cabello negro y revuelto. El beso empezó suave, lenguas tanteando como en un baile de salón, pero pronto se volvió feroz. Saboreó la cerveza en su boca, salada y fresca, mientras sus dientes rozaban el labio inferior de él, arrancándole un gemido bajo que vibró en su pecho.
La tele seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención. Marco la jaló sobre su regazo, sus manos firmes en su cintura, amasando la carne bajo la blusa holgada. Ana sintió su dureza presionando contra ella, ese bulto prometedor que la hacía arquear la espalda. "¡Ay, wey, qué chingón estás!", jadeó, frotándose contra él con ritmo lento, el roce de la tela enviando chispas por su espina.
Acto primero cerrado, la tensión bullía. Se separaron un segundo para respirar, frentes pegadas, sudor perlando sus pieles. El olor a excitación empezaba a flotar, almizclado y dulce, como tierra mojada después de tormenta. Ana lo miró a los ojos, esos pozos oscuros que la devoraban. Quiero que me haga suya ya, pensó, pero no lo dijo; mejor, lo demostró deslizando la mano bajo su playera, palpando los abdominales duros, el vello rizado que le erizaba la piel.
Marco gruñó, levantándola en brazos como si no pesara nada. "Vamos al sillón, mi amor, que aquí no hay hacienda pero hay pasión de a madre". La llevó al comedor, donde la mesa de madera brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. La sentó en el borde, arrodillándose entre sus piernas abiertas. Besó su interior de muslo, lento, la barba incipiente raspando deliciosamente. Ana tiró la cabeza atrás, gimiendo cuando su lengua lamió por encima del short, el calor húmedo traspasando la tela delgada.
"Quítamelo, cabrón, no mames", suplicó ella, voz ronca. Él obedeció, deslizando el short y las tangas de encaje negro por sus tobillos. El aire fresco besó su sexo expuesto, hinchado y brillante. Marco inhaló profundo, ojos cerrados en éxtasis. "Hueles a miel pura, nena". Su lengua entró en juego, plana y caliente, lamiendo desde el perineo hasta el clítoris, chupando con succiones que la hacían convulsionar. Ana agarró su cabeza, caderas moviéndose solas, el sabor salado de su propia excitación en el aire.
¡Virgen santísima, este hombre me come como si fuera su última cena!, rugía en su mente, mientras oleadas de placer la sacudían.
El medio acto escalaba. Marco se puso de pie, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que Ana lamió de inmediato, arrodillándose ahora ella. La tomó en su boca, succionando la cabeza bulbosa, saboreando el almizcle salado. "¡Qué rica chupas, mi vida!", rugió él, manos en su cabello, follando su boca con cuidado pero firme. Ella lo miró desde abajo, ojos lagrimeando de puro gusto, garganta relajada para tomarlo hondo.
No aguantaron más. Marco la levantó, penetrándola de un solo empujón contra la mesa. Ana gritó, el estiramiento ardiente y perfecto, paredes internas apretándolo como guante. "¡Sí, así, fóllame duro!", exigió, uñas clavándose en su espalda. Él embestía, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en ríos calientes. El olor a sexo crudo impregnaba todo, mezclado al de la madera pulida. Sus pechos rebotaban libres bajo la blusa subida, pezones duros rozando su pecho peludo.
Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo en el piso alfombrado. Sus caderas giraban en círculos viciosos, clítoris frotándose contra su pubis, mientras él amasaba sus nalgas redondas. "¡Me vengo, wey, no pares!", chilló Ana, el orgasmo rompiéndola en mil pedazos, jugos chorreando por sus bolas. Marco la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de semen caliente que se desbordaba, pegajoso y abundante.
Agotados, colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas sincronizadas. El tele aún murmuraba el final de Pasión de Gavilanes capítulo 112, pero ellos estaban en su propio clímax. Marco la besó suave, lengua perezosa ahora. "Eres mi pasión eterna, mi gavilán". Ana sonrió, acurrucándose en su pecho, el corazón latiendo calmado, pieles pegadas en afterglow pegajoso.
Después, se ducharon juntos, jabón de avena deslizándose por curvas y músculos, risas mexicanas llenando el baño. "La próxima, vemos el 113 desnudos desde el principio", bromeó él. Ella rio, sintiendo esa conexión profunda, más allá del fuego carnal. En la cama, envueltos en sábanas frescas, Ana reflexionó: Esta noche, la novela fue solo pretexto; lo nuestro es la verdadera historia sin fin.