Citas Bíblicas de la Pasión Carnal
En la penumbra de mi departamento en la Roma Norte, con el aroma a copal flotando del incensario que prendí esa tarde, me senté en el sillón de terciopelo rojo. Era Viernes Santo, y el calor de la Ciudad de México se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo ecos lejanos de procesiones y saetas. Yo, Ana, de treinta años, con mi piel morena brillando bajo la luz de las velas, hojeaba un librito viejo de citas bíblicas de la Pasión de Cristo. No era devoción pura lo que me movía esa noche; era un fuego que me ardía por dentro, un anhelo que las palabras sagradas avivaban de manera pecaminosa.
Marco llegó puntual, como siempre, con su camisa guayabera desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Era mi carnal, mi amante de años, un arquitecto chido que construía sueños de concreto pero que conmigo derribaba todas las barreras. "Órale, nena, ¿ya estás en tus rezos calientes?", me dijo con esa sonrisa pícara, cerrando la puerta con un clic que resonó como un susurro prohibido. Se acercó, su olor a jabón de sándalo y sudor fresco invadiéndome, y me besó en la nuca, haciendo que un escalofrío me recorriera la espina.
Nos acomodamos en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Le pasé el librito. "Citas bíblicas de la Pasión de Cristo", leí en voz alta, mi voz ronca por la anticipación. "Mira esta: 'Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen'. ¿No te da por pensar en el dolor que se mezcla con el placer?" Marco me miró con ojos negros intensos, su mano grande deslizándose por mi muslo bajo el vestido suelto de algodón. "Simón, mi reina. Es como cuando me azotas suave y yo te pido más."
¿Por qué estas palabras sagradas me ponían tan caliente? Era como si el sufrimiento de Él se convirtiera en mi deseo, en un latido entre las piernas que no paraba.
Empecé a leer más despacio, mi dedo trazando las líneas impresas. "El sudor se le convirtió en gotas de sangre que caían hasta la tierra". Sentí el pulso de Marco acelerarse contra mi cadera. Su aliento cálido en mi oreja, áspero como el viento del desierto que imaginaba en esas escenas. "Imagíname a mí sudando por ti, Ana, goteando por cada poro mientras te entro lento". Sus palabras me erizaron la piel; el roce de sus dedos en mi 内rodillo subía como una llama, olía a su excitación masculina mezclada con el copal dulce.
La tensión crecía con cada cita. Yo recostada, con las piernas entreabiertas, él arrodillado frente a mí como en oración. " 'Ten compasión de mí, Señor, porque el hombre me ha pisoteado'. ¿Sientes eso, Marco? Como si Cristo nos invitara a pisotear el pecado juntos". Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en mi vientre. "Písame tú, carnala. Usa tus pies en mi pecho, hazme tuyo". Obedecí, mi pie desnudo presionando su piel caliente, sintiendo los latidos de su corazón bajo la planta, el calor subiendo por mi pantorrilla.
El ambiente se cargaba: el zumbido del ventilador, el tráfico lejano de Insurgentes, el crujir de la cama bajo nuestro peso. Sus manos expertas subieron mi vestido, exponiendo mis bragas de encaje negro, ya húmedas. Olía a mí, a esa esencia salada de deseo que tanto le gustaba lamer. " 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?', gritó Él. Y yo te grito a ti ahora, Marco, no me abandones". Él se inclinó, su lengua trazando un camino ardiente por mi interior del muslo, el roce húmedo y caliente que me hizo arquear la espalda.
En el medio de esa danza sagrada y profana, dudé un segundo. ¿Estamos pecando o redimiéndonos? Pero su mirada, llena de devoción lujuriosa, barrió mis miedos. "Somos adultos, mi amor. Esto es nuestro éxtasis". Sus dedos se colaron bajo la tela, rozando mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron gemir como en un rezo extasiado. "Más citas, Ana. Léeme mientras me chupas". Me incorporé, temblando, y desabroché su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el mismo ritmo que mi corazón. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, mientras leía entre chupadas: " 'Tengo sed'. Y yo sed de ti, carnal".
La intensidad subía como la marea en Acapulco. Él me volteó boca abajo, su cuerpo cubriéndome como una cruz viva. El peso de sus caderas contra mis nalgas, el slap suave de piel contra piel cuando empezó a frotarse. " 'En tus manos encomiendo mi espíritu'. Encomiéndate a mí, Marco". Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese dolor placentero que recordaba las espinas. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en las sábanas. Olía a sexo crudo, a sudor mezclado con perfume, a nosotros fundidos.
Cada embestida era una cita viva: profunda, rítmica, building el fuego. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras del Calvario. "¡Más fuerte, pendejo! Como si cargaras la cruz por mí". Él gruñó, acelerando, el sonido húmedo de su verga entrando y saliendo, mis jugos chorreando por los muslos. Sentía cada vena, cada pulso, el roce interno que me llevaba al borde.
Esto es la Pasión, no la de Él sola, sino la nuestra, carnal y divina.
El clímax nos alcanzó como un rayo en tormenta. "¡Consumado es!", grité yo, citando la última, mientras mi cuerpo se convulsionaba, olas de placer rompiéndome en mil pedazos. Él se hundió profundo, eyaculando caliente dentro de mí, su semen llenándome con chorros calientes que prolongaron mi orgasmo. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El copal seguía humeando, ahora mezclado con nuestro olor a clímax.
En el afterglow, recostados, él trazaba círculos en mi vientre. "Esas citas bíblicas de la Pasión de Cristo nos unieron más, ¿verdad?". Asentí, besándolo suave, el sabor de nosotros en los labios. No era pecado; era redención en carne viva. Afuera, las campanas de la iglesia tocaron, bendiciendo nuestro secreto. Y yo supe que volveríamos a leerlas, a fusionar lo sagrado con lo profano, en esta Ciudad de pasiones eternas.