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Fitness Es Mi Pasión Desatada

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Fitness Es Mi Pasión Desatada

El gym en Polanco siempre huele a esfuerzo puro: sudor fresco mezclado con el aroma metálico de las pesas y un toque de desinfectante que no logra tapar la testosterona flotando en el aire. Fitness es mi pasión, me repito cada mañana mientras entro con mi mochila al hombro, leggings negros ajustados que marcan cada curva de mis muslos tonificados y un top deportivo que deja ver el abdomen plano que tanto me ha costado. Soy Ana, 28 años, y este lugar es mi templo. Hoy, como siempre, pongo los auriculares, Queen sonando fuerte: "I Want to Break Free".

Empiezo en la cinta, el ritmo constante de mis pies golpeando la banda me hace sentir invencible. El corazón latiendo fuerte, el aire cálido rozando mi piel húmeda. De reojo, lo veo: alto, moreno, con brazos que parecen esculpidos en mármol y una sonrisa que podría derretir hielo. Está en las barras, haciendo dominadas con una facilidad que me eriza la piel. Neta, wey, pienso, ese pendejo sabe lo que hace. Nuestras miradas se cruzan por primera vez cuando bajo de la máquina. Él baja también, secándose el cuello con una toalla blanca. Huele a hombre: salado, masculino, con un fondo de colonia fresca.

¿Y si me acerco? No, Ana, enfócate. Fitness es mi pasión, no los culos perfectos.

Pero el destino es chido. En la zona de pesas libres, él se para justo al lado de mi banco para hacer press de pecho. Siento su calor corporal a centímetros, el roce accidental de su pierna contra la mía cuando ajusta el disco. "Órale, perdón", dice con voz grave, acento chilango puro. "No pasa nada", respondo, sonriendo más de lo necesario. Se llama Marco, entrenador personal, 32 años, ojos cafés que brillan como chocolate derretido. Charlamos entre series: de rutinas, proteínas, el pinche tráfico de Reforma. Su risa es ronca, vibrando en mi pecho.

La sesión avanza, el gym se vacía un poco al atardecer. El sol se cuela por las ventanas altas, tiñendo todo de naranja. Sudor perla mi frente, gotea entre mis pechos. Él me ayuda con la última serie de sentadillas, sus manos firmes en mis caderas para corregir la postura. Su toque quema, pienso, el pulso acelerándose no solo por el ejercicio. "Estás perfecta, Ana. Fitness es tu pasión, se nota en cada músculo", murmura cerca de mi oreja, su aliento cálido oliendo a menta. Me estremezco, el calor subiendo desde el vientre.

Acto dos: la escalada. Terminamos exhaustos, pero él propone: "¿Sauna? Para relajar los músculos". Asiento, el deseo ya latiendo como un tambor. La sauna está en el área VIP, casi desierta. Vapor denso, madera caliente que quema las nalgas al sentarse. Nos quitamos las playeras, solo toallas alrededor de la cintura. Su torso desnudo: pectorales duros, vello oscuro bajando hacia el ombligo, abdominales marcados como un camino que invita a explorar. El mío: senos firmes, piel bronceada por el sol de Coyoacán.

Nos sentamos cerca, piernas rozándose. El silencio es pesado, cargado de tensión. "Sabes, Ana, verte entrenar me prende. Eres fuego puro", confiesa, su mano posándose en mi rodilla. El toque es eléctrico, piel contra piel resbaladiza por el sudor. Mi respiración se entrecorta, pezones endureciéndose bajo la toalla.

No aguanto más. Quiero sentirlo todo: su peso, su calor, su verga dura contra mí.
Lo miro, ojos en llamas. "Tú tampoco estás mal, Marco. Ven, muéstrame qué más sabes hacer con esos músculos".

Sus labios capturan los míos en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a sal y deseo. Manos expertas recorren mi espalda, desatando la toalla. Caigo de rodillas en el piso caliente, el vapor envolviéndonos como una niebla erótica. Su verga se yergue ante mí, gruesa, venosa, palpitante. La acaricio con las yemas, sintiendo su pulso acelerado, el calor irradiando. La chupo despacio, saboreando la piel suave, el gusto salado de su pre-semen. Él gime, "¡Carajo, Ana, qué rica mamada!", dedos enredados en mi pelo húmedo.

Me levanta, me sienta en su regazo. Sus dedos exploran mi coño empapado, resbaladizo de jugos, clítoris hinchado rogando atención. "Estás chorreando, mi reina", susurra, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace arquear la espalda. Gimo fuerte, el sonido rebotando en las paredes de cedro. El olor a sexo se mezcla con el vapor: almizcle, sudor, excitación pura. Lo monto, guiando su verga dentro de mí. Llena, estira deliciosamente, cada vena rozando mis paredes internas. Cabalgo lento al principio, sintiendo cada embestida, pechos rebotando contra su pecho sudoroso.

El ritmo aumenta, pieles chocando con palmadas húmedas, jadeos entrecortados. "Más fuerte, pendejo, cógeme como se debe", le exijo, uñas clavándose en sus hombros. Él obedece, manos en mis nalgas, guiándome arriba y abajo. El clímax se acerca: mi vientre contrae, visión nublándose, un grito gutural escapando mientras exploto en oleadas de placer, coño apretando su verga como un puño. Él ruge, "¡Me vengo, Ana!", llenándome con chorros calientes, profundo, eterno.

Acto tres: el afterglow. Nos derrumbamos, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose en la sauna humeante. Su semen gotea de mí, cálido en mis muslos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue épico, wey", digo riendo bajito, cabeza en su pecho escuchando su corazón desacelerar. Él acaricia mi cabello: "Fitness es mi pasión también, pero contigo... es otra cosa". Salimos envueltos en toallas, el gym ya oscuro, luces tenues guiándonos a las duchas.

Bajo el chorro caliente, jabón deslizándose por curvas compartidas, nos lavamos mutuamente. Sus manos en mi clítoris sensible provocan temblores residuales, un mini-orgasmo que me hace reír. "Eres adictiva", murmura. Salimos al estacionamiento, noche fresca de la CDMX envolviéndonos, olor a taquería cercana tentándonos. Nos despedimos con un beso prometedor: "Mañana mismo, ¿misma hora?".

En mi depa en la Roma, me miro al espejo: músculos gloweando, piel enrojecida, sonrisa satisfecha. Fitness es mi pasión, pero ahora sé que el verdadero fuego viene cuando se comparte. El deseo late aún, prometiendo más sesiones intensas. Mañana, el gym me espera... y él.

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