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Cañaveral de Pasiones Capitulo 1 Completo

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 1 Completo

El sol de mediodía caía como plomo fundido sobre el vasto cañaveral de Veracruz, donde las altas cañas se mecían con un susurro constante, como amantes que se confiesan secretos al oído. Lucía, con su blusa de algodón pegada a la piel por el sudor, se adentró entre las verdes varas buscando un respiro del bochorno de la casa familiar. Tenía veinticinco años, curvas que el vestido ligero delineaba sin pudor, y un fuego interno que la ciudad no había logrado apagar. Hacía meses que no pisaba estos terrenos, pero el olor a tierra húmeda y caña madura la envolvía como un abrazo familiar, despertando recuerdos que la ponían nerviosa.

De pronto, el sonido rítmico de un machete cortando caña la detuvo. Entre las hojas, vio a Javier, el caporal de treinta años, con el torso desnudo brillando bajo el sol, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Su piel morena, salpicada de sudor, olía a hombre de campo: mezcla de tierra, sal y algo salvaje que hacía que el pulso de Lucía se acelerara. Javier era de esos weyes que no necesitaban palabras para encenderte; alto, con barba recortada y ojos negros que prometían travesuras.

¿Qué chingados hago aquí? pensó Lucía, pero sus pies no obedecían. Se acercó, pisando suave sobre el suelo mullido.

—Órale, Lucía, ¿tú por acá? —dijo él, bajando el machete con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos—. Pensé que la ciudad te había vuelto fina de más para estos rumbos.

—Ja, pendejo —rió ella, sintiendo un cosquilleo en el vientre—. Vine a ver si el cañaveral de pasiones seguía igual de caliente. Y tú, ¿todavía cortando caña como si fuera tu verga?

Javier soltó una carcajada ronca, el sonido reverberando en el aire espeso. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo, y Lucía no pudo evitar fijarse en cómo los músculos de su pecho se contraían. El calor subía, pero no solo del sol; era esa tensión antigua, de cuando eran chavos y se miraban de reojo en las fiestas del pueblo.

Se sentaron a la sombra de un montón de cañas cortadas, compartiendo una agua de coco que él sacó de su mochila. El líquido fresco bajaba dulce por la garganta de Lucía, contrastando con el ardor que sentía entre las piernas. Javier la observaba, sus ojos recorriendo el escote donde gotas de sudor se deslizaban como invitaciones.

—Neta, luces más rica que nunca —murmuró él, su voz grave como el rumor del viento—. ¿Qué pasó con ese novio citadino tuyo?

—Pura mierda, Javier. No sabe tocar a una mujer como se debe. Tú siempre has sido diferente... este cañaveral de pasiones, capítulo 1 completo, ¿no? —dijo ella juguetona, recordando apodos viejos que se ponían en sus mensajes nocturnos.

Él se acercó, su rodilla rozando la de ella. El contacto fue eléctrico: piel cálida y áspera contra la suavidad de Lucía. Olía a él de cerca, a macho sudado, a deseo crudo. Sus manos, callosas por el machete, tomaron la de ella con gentileza.

—Si quieres el capítulo completo, aquí estoy, mamasita —susurró, y la besó.

Los labios de Javier eran firmes, sabían a coco y sal, y su lengua invadió la boca de Lucía con hambre contenida. Ella gimió bajito, el sonido perdido en el susurro de las cañas. Sus manos subieron por el torso de él, sintiendo el latido acelerado bajo la piel tensa, el vello áspero que raspaba sus palmas. Javier la atrajo más, su erección presionando contra el muslo de ella a través del pantalón raído. Lucía sintió su propia humedad crecer, empapando las bragas, el calor entre sus piernas como un volcán a punto de estallar.

Esto es lo que necesitaba, un hombre de verdad que me haga sentir viva, no un pendejo con corbata

El beso se profundizó, lenguas danzando en un ritmo frenético. Javier deslizó una mano bajo la blusa de Lucía, acariciando su seno desnudo —nada de sostén en este calor infernal—. El pezón se endureció al instante bajo sus dedos rudas pero precisas, enviando chispas de placer directo a su clítoris. Ella jadeó contra su boca, arqueando la espalda.

—Quítate eso, déjame verte —gruñó él, voz ronca de lujuria.

Lucía obedeció, levantando los brazos mientras él le sacaba la blusa. El aire caliente lamía su piel expuesta, pezones oscuros erguidos como frutos maduros. Javier los lamió, succionando uno con avidez, el sabor salado de su sudor volviéndolo loco. Lucía enredó los dedos en su pelo, tirando suave, gimiendo alto ahora que el deseo la desinhibía.

—Ay, Javier... qué rico chupas... no pares, cabrón.

Él bajó la mano por su vientre plano, desabrochando el vestido hasta la cintura. Sus dedos encontraron la humedad entre sus muslos, frotando el encaje empapado. Lucía abrió las piernas instintivamente, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el de la caña. Javier metió la mano dentro, dos dedos gruesos deslizándose en su concha resbaladiza, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar.

—Estás chorreando, Lucía. Tan mojada por mí... —dijo, mientras la penetraba lento, el sonido húmedo de sus movimientos ahogado por el viento.

Ella cabalgó sus dedos, caderas moviéndose en círculos, el placer construyéndose en oleadas. El sol calentaba su piel desnuda, el sudor corría por sus curvas, y el roce de las cañas contra sus brazos era como caricias extras. Javier aceleró, su pulgar presionando el clítoris hinchado, y Lucía sintió el orgasmo acercarse, tenso y dulce.

—¡Ven, córrete para mí! —ordenó él, mordiendo su cuello.

El clímax la golpeó como un rayo, su concha contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos chorreando por su mano. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, visión borrosa por el éxtasis. Javier la sostuvo, besándola suave mientras ella bajaba de la nube.

Pero no era el fin. Lucía, empoderada y hambrienta, lo empujó al suelo mullido de cañas secas. Le desabrochó el pantalón, liberando su verga dura, gruesa y venosa, palpitando en su mano. Olía a masculinidad pura, pre-semen brillando en la punta. La lamió desde la base, saboreando la sal, hasta tragar la cabeza con un gemido gutural.

—Qué chingona mamada, Lucía... tu boca es un paraíso —jadeó Javier, caderas alzándose.

Ella lo chupó con ganas, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando las bolas pesadas. El sabor era adictivo, su propia excitación renaciendo. Javier gruñó, dedos en su pelo guiándola, pero siempre respetuoso, dejando que ella marcara el ritmo.

—Ya, no aguanto más... quiero cogerte —suplicó él.

Lucía se montó sobre él, frotando su concha contra la verga dura antes de hundirse despacio. La llenó por completo, estirándola deliciosamente, el roce interno enviando ondas de placer. Empezó a moverse, arriba y abajo, pechos rebotando, el sonido de piel contra piel mezclándose con sus jadeos y el crujir de las cañas.

Siento cada vena, cada pulso... es mío, todo mío, pensó ella, mientras aceleraba.

Javier agarró sus caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. Sus ojos se clavaron en los de ella, conexión profunda más allá de lo físico. El sudor los unía, resbaloso y caliente; el olor a sexo impregnaba el aire, dulce y animal. Lucía sintió otro orgasmo crecer, más intenso, mientras él gruñía:

—Me vengo, Lucía... ¡juntos!

Explotaron al unísono: ella chillando, concha ordeñando su verga; él rugiendo, chorros calientes llenándola. El mundo se redujo a pulsos compartidos, temblores y besos salados.

Se quedaron así, enredados en el suelo, respiraciones calmándose. Javier acarició su espalda, trazando círculos perezosos.

—Esto fue el capitulo 1 completo, mi reina. ¿Lista para el dos?

Lucía sonrió, besándolo suave, el sol bajando tiñendo las cañas de oro. Se vistió con calma, sintiéndose plena, empoderada. El cañaveral guardaría su secreto, pero ella llevaría el fuego en la piel para siempre.

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