Abismo de Pasion Capitulo 104 El Abrazo Ardiente
La noche en Polanco se sentía como un velo de terciopelo negro, cargado de promesas que me erizaban la piel. Yo, Rosa, acababa de bajar del Uber frente al edificio de Marco, mi amor imposible, ese pendejo guapo que me volvía loca con solo una mirada. Habían pasado semanas desde nuestra última vez, semanas de mensajes calientes por WhatsApp que me dejaban mojadita solo de leerlos. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y el aroma a jazmín de mi perfume se mezclaba con el sudor nervioso que perlaba mi escote.
Subí en el elevador, sintiendo cómo el aire fresco del AC me erguía los pezones bajo el vestido rojo ceñido que elegí para provocarlo. ¿Y si esta noche caemos del todo en el abismo? pensé, recordando esas novelas que devoraba de chava, llenas de pasiones que te chupan el alma. La puerta se abrió y ahí estaba él, Marco, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia cara y a hombre deseoso. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos.
—Mamacita, ven pa'cá —murmuró con esa voz ronca que me deshace, jalándome hacia adentro con un brazo fuerte alrededor de mi cintura.
Su boca chocó contra la mía como un rayo, saboreando a tequila reposado y menta fresca. Nuestras lenguas bailaron un huapango salvaje, y mis manos se enredaron en su cabello negro revuelto. Lo empujé contra la pared del pasillo, sintiendo su verga ya dura presionando mi vientre. Qué rico se siente, pensé, mientras el calor de su piel me quemaba a través de la tela. El departamento estaba tenuemente iluminado por velas que parpadeaban, lanzando sombras que jugaban en sus músculos definidos. Olía a incienso de copal, ese toque místico que él ponía para ambientar nuestras noches locas.
Nos fuimos tropezando hasta la recámara, riendo como güeyes enamorados. Me quitó el vestido de un tirón, dejando al aire mis tetas grandes y firmes, coronadas por pezones oscuros y tiesos como piedras de obsidiana. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando despacio hasta mi tanga de encaje negro, ya empapada de mis jugos. Abismo de pasion capitulo 104, se me cruzó por la mente como un título de esas telenovelas que nos ponían cachondos de jóvenes, pero esto era real, crudo, nuestro.
—Estás mojadísima, mi reina —dijo, inhalando profundo mi aroma almizclado de mujer en celo—. Quiero comerte entera.
Su lengua experta se coló bajo la tela, lamiendo mi clítoris hinchado con movimientos circulares que me hicieron gemir alto, como si estuviera en un concierto de rock en el Palacio de los Deportes. Sentí sus dedos gruesos abriéndose paso dentro de mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de su boca chupando mis labios vaginales era obsceno, delicioso, y mis caderas se movían solas, follando su cara con desesperación. Olía a sexo puro, a sudor salado y a mi esencia dulce que lo volvía loco.
Lo jalé del pelo para que se levantara, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su pito saltó libre, grueso y venoso, palpitando como un corazón desbocado. Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso rápido bajo la piel. Lo masturbe lento, viéndolo cerrar los ojos y morderse el labio. Te voy a hacer sufrir de placer, carnal, pensé, mientras bajaba de rodillas yo ahora, oliendo su masculinidad embriagadora, un mix de sudor y feromonas que me mareaba.
Lo chupé profundo, tragándomelo hasta la garganta, saboreando el precum salado que brotaba de su punta. Él gruñía como fiera, agarrando mi cabeza, pero suave, siempre respetuoso. —¡Qué chido chupas, Rosa! Neta eres la mejor —jadeaba, y eso me prendía más. Le lamí las bolas pesadas, succionándolas una por una, mientras mi mano lo ordeñaba firme. El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, del slap slap de mi boca en su carne, y el aire se espesaba con nuestro deseo animal.
No aguantamos más. Me tumbó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que rozaban mi piel como caricia de seda. Se puso un condón —siempre cuidadosos, mis amores— y se hundió en mí de un solo empujón largo, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! grité, clavando mis uñas en su espalda ancha. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida rozando mi G-spot, haciendo que mis paredes internas lo apretaran como puño. Veía su cara contraída de placer, sudor goteando de su frente al valle de mis tetas, y lo lamí, saboreando su sal.
Aceleró, follándome duro ahora, la cama crujiendo rítmicamente como bajo un mariachi en pleno son. Mis piernas lo envolvieron, talones presionando su culo firme para que entrara más hondo. —Más fuerte, Marco, rómpeme —supliqué, y él obedeció, dándome verga como máquina, chocando su pubis contra mi clítoris hinchado. Sentía el orgasmo creciendo, una ola de lava en mi vientre, mis pechos rebotando con cada thrust, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados.
Esto es el abismo, puro fuego que nos consume, y no quiero salir nunca, pensé en el pico del éxtasis, mientras mi coño se contraía en espasmos violentos alrededor de su pito, ordeñándolo hasta que él rugió mi nombre y se vació dentro del látex, temblando encima de mí.
Nos quedamos así, pegados, jadeando, el olor a sexo impregnando todo. Su peso me reconfortaba, su aliento caliente en mi cuello. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. Se salió despacio, y sentí el vacío, pero él me abrazó fuerte, rodando para que yo quedara encima, mi cabeza en su pecho velludo que subía y bajaba.
—Eres mi todo, Rosa —susurró, acariciando mi cabello largo y negro—. Neta, cada vez que te tengo, caigo más hondo en este abismo de pasión.
Sonreí contra su piel, saboreando el sudor salobre. Afuera, la ciudad zumbaba con cláxones lejanos y risas nocturnas, pero aquí, en nuestra burbuja, todo era paz ardiente. Me acurruqué, sintiendo su mano bajar a mi nalga, apretándola juguetona. Capitulo 104 de nuestra historia infinita, pensé, mientras el sueño nos envolvía como niebla de la Malinche.
Despertamos enredados al amanecer, rayos rosados filtrándose por las cortinas. Él me preparó café de olla en la cocina, oliendo a canela y piloncillo, y nos lo tomamos desnudos en la barra, riendo de tonterías. Sus dedos jugaban con mi pezón distraídamente, manteniendo la chispa viva. —Vente otra vez esta noche, güey —me dijo con guiño, y yo asentí, sabiendo que este abismo nos tenía atrapados para siempre.
Al salir, el sol calentaba las banquetas de Polanco, y yo caminaba con piernas flojas, sonrisa boba en la cara. La pasión no era solo sexo; era ese lazo que nos unía, profundo como un cenote yucateco, lleno de misterios y placeres infinitos. Marco era mi pendejo perfecto, y yo su reina cachonda. ¿Qué vendría en el siguiente capítulo? Solo el tiempo y nuestros cuerpos lo dirían.