Pasión Prohibida Telemundo
La pantalla del tele brillaba en la penumbra de mi depa en Polanco, con ese drama de Pasión Prohibida de Telemundo que me tenía clavada. Era una de esas noches de viernes en que el calor de la Ciudad de México se colaba por las ventanas entreabiertas, trayendo olores a tacos de la esquina y el zumbido lejano de los coches en Reforma. Yo, Ana, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, vestida nomás con un top suelto y shorts de algodón que se pegaban a mi piel sudada. Mi vecino Luis, el wey que me traía loca desde que se mudó hace meses, estaba a mi lado, con una cerveza en la mano y esa sonrisa pícara que me hacía apretar las piernas sin querer.
"Órale, Ana, esta pasión prohibida de Telemundo está cañona, ¿no? Mira cómo se miran esos dos, neta que se van a comer vivos", dijo Luis, su voz ronca rozándome el oído como un susurro caliente.
Sentí un cosquilleo en la nuca. Luis era el mejor cuate de mi hermano mayor, el tipo responsable que siempre andaba en fiestas familiares, pero aquí, solos en mi casa porque mi hermano se había ido a Guadalajara por el puente, todo se sentía diferente. Prohibido. Su pierna rozaba la mía accidentalmente —o no tan accidental—, y el aroma de su colonia, esa mezcla de madera y cítricos, me invadió las fosas nasales. El corazón me latía fuerte, como los tambores de una cumbia en una boda.
En la tele, la protagonista gemía bajito mientras el galán le besaba el cuello, y yo no pude evitar imaginarlo. "¿Y si pasa aquí?", pensé, mordiéndome el labio. Luis se recargó más cerca, su brazo musculoso rozando mi hombro desnudo. La piel se me erizó, un escalofrío delicioso bajándome por la espalda pese al bochorno de la noche.
Apagué el tele con el control remoto cuando el capítulo terminó, pero el silencio solo amplificó nuestra respiración agitada. "Luis, wey, esto está rarísimo", murmuré, pero no me moví. Él giró la cara, sus ojos cafés clavándose en los míos como imanes. Qué chido se ve con esa barba de tres días, pensé, oliendo su aliento a cerveza fría y menta.
"¿Rarísimo o prohibido como en Telemundo?", contestó él, su mano posándose en mi rodilla. El toque fue eléctrico, sus dedos cálidos y firmes subiendo despacito por mi muslo. No lo detuve. Al contrario, mi cuerpo se arqueó solo, buscando más.
La tensión creció como una tormenta de verano. Nos quedamos mirándonos, el aire cargado de ese olor a deseo que ya no se podía ignorar: sudor mezclado con perfume, la humedad entre mis piernas traicionándome. "Ana, desde que te vi en el elevador con ese vestido ajustado, no dejo de pensar en ti. Tu hermano me mataría, pero chínguen, no aguanto más", confesó, su voz temblando un poquito.
Yo tragué saliva, el pulso retumbándome en las sienes.
Es prohibido, pero qué rico se siente lo prohibido. Como en esa novela que acabamos de ver.Me lancé a sus labios sin pensarlo dos veces. Su boca era suave, caliente, saboreando a sal y cerveza, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo revuelto, tirando suave para acercarlo más.
Nos besamos como posesos, el sofá crujiendo bajo nuestro peso. Sus manos subieron por mi top, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. "Ay, Luis, qué rico", jadeé, sintiendo su erección presionando contra mi cadera. Era gruesa, dura, palpitando a través de sus jeans. Lo toqué por encima de la tela, y él gruñó bajito, un sonido animal que me mojó más.
Me quitó el top de un jalón, sus labios bajando a mi cuello, chupando y mordiendo suave. El roce de su barba me raspaba delicioso, enviando chispas directo a mi clítoris. Olía a su piel salada, a hombre puro. Yo le desabroché la camisa, arañando su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. "Eres una diosa, Ana. Neta, me tienes loco", murmuró contra mi teta, lamiendo el pezón antes de metérselo a la boca.
El placer era intenso, como olas rompiendo en la playa de Acapulco. Me recostó en el sofá, quitándome los shorts y la tanga de un movimiento fluido. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo arquear la espalda. "Mírate, toda mojada por mí", dijo, pasando un dedo por mis labios hinchados. Gemí fuerte cuando lo introdujo, lento, curvándolo para tocar ese punto que me volvía loca.
Pero quería más. Lo empujé para abajo, desabrochándole los jeans. Su verga saltó libre, venosa y roja, goteando pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. "Métemela ya, pendejo", le ordené juguetona, y él rio ronco antes de ponerse un condón del bolsillo —siempre preparado, el cabrón.
Se posicionó entre mis piernas, frotando la punta contra mi entrada. El roce era tortura exquisita, mi humedad lubricándolo todo. "Dime si quieres parar", susurró, mirándome a los ojos. "Ni madres, chíngame duro", respondí, clavando las uñas en su culo firme.
Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento ardiente y perfecto. Sus caderas empezaron a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi clítoris. El sonido de piel contra piel llenaba la sala, slap-slap húmedo, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo invadiendo todo: almizcle, sal, excitación pura.
Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada estocada. Qué chingón se siente, tan profundo, tan mío, pensé, mientras le mordía el hombro. Él me levantó las piernas al hombro, penetrando más hondo, tocando mi alma casi. "Ana, te voy a venir adentro, ¿sí?", gruñó, su cara contorsionada en éxtasis.
"Sí, cabrón, lléname", supliqué, mi orgasmo construyéndose como un volcán. Las contracciones empezaron, mi coño apretándolo como un puño, olas de placer explotando desde mi vientre. Grité su nombre, temblando entera, uñas en su espalda dejando marcas rojas. Él se vino segundos después, rugiendo, su verga hinchándose dentro de mí mientras llenaba el condón.
Nos quedamos pegados, respirando como marranos, su peso delicioso sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sudor se enfriaba en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. "Eso fue mejor que cualquier pasión prohibida de Telemundo", bromeó él, acariciándome el pelo.
Me reí bajito, sintiendo una paz chida invadiéndome.
Sabía que era prohibido por mi hermano, pero en este momento, valía cada riesgo. Quizás lo repetiríamos, quizás no. Pero esa noche, éramos libres.El aroma a nosotros quedó en las sábanas cuando nos mudamos a la cama, cuerpos enredados en afterglow, con el eco de la novela retumbando en mi mente como un secreto compartido.