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Desnudas las Pasiones del Ser Humano

6482 palabras

Desnudas las Pasiones del Ser Humano

El aire de la noche en Polanco estaba cargado de ese aroma a jazmín y tequila reposado que flotaba desde los bares cercanos. Tú caminabas por la calle empedrada, con el vestido negro ceñido a tu piel morena, sintiendo cómo el roce de la tela despertaba un cosquilleo en tus muslos. Habías salido con tus amigas para desquitarte del estrés del pinche trabajo, pero la neta, lo que buscabas era algo más profundo, algo que te recordara las pasiones del ser humano en su forma más cruda y deliciosa.

Entraste a la terraza de un antro chido, luces neón parpadeando al ritmo de un remix de cumbia rebajada. La multitud se movía como un mar vivo, cuerpos sudados rozándose sin pudor. Ahí lo viste: alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés que prometían travesuras. Se llamaba Diego, te lo presentó una carnal tuya. Órale, güey, ¿qué onda? te dijo con una sonrisa pícara, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo en su taller de motos, y al tocarte, sentiste un chispazo que te recorrió la espina dorsal.

Charlaron de todo y nada: del tráfico infernal de la CDMX, de cómo el pozole de su abuelita era el mejor del mundo, de esas noches en que uno se siente solo en medio del desmadre. Tú reías con sus chistes, notando cómo su mirada bajaba a tus labios cada vez que bebías tu margarita. El sabor salado del borde del vaso se mezclaba con el dulce del tequila, y cada sorbo te calentaba por dentro. Este wey me prende cañón, pensaste, mientras tu pulso se aceleraba. Él se acercó más, su aliento oliendo a menta y algo masculino, primitivo.

¿Y si me lo llevo? Las pasiones del ser humano no se negocian, se viven a todo dar, te dijiste en silencio, imaginando sus manos en tu cintura.

La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Bailaron pegaditos, su pecho duro contra tus tetas, el sudor de su camisa pegándose a tu piel. Sentías su verga endureciéndose contra tu vientre, y en lugar de apartarte, apretaste más, dejando que el roce te mojara las panties. Estás bien rica, ¿eh? murmuró en tu oído, su voz ronca como un rugido bajo. Tú solo gemiste bajito, mordiéndote el labio.

Acto seguido, lo jalaste de la mano hacia la salida. Vámonos a mi depa, está a dos cuadras, le dijiste, la voz temblorosa de anticipación. Caminaron rápido, el viento nocturno enfriando tus mejillas ardientes. Al entrar al elevador del edificio, no aguantaron: sus labios se estrellaron contra los tuyos. Sabían a tequila y deseo puro, su lengua explorando tu boca con hambre. Tus manos en su nuca, tirando de su pelo, mientras él te aprisionaba contra la pared fría del metal. El ding del elevador los separó apenas, riendo como pendejos enamorados.

En tu departamento, minimalista con toques mexicanos —una virgen de Guadalupe en la pared, velas de coco encendidas—, el aire se llenó de sus jadeos. Te quitó el vestido de un tirón, dejando tus curvas al descubierto bajo la luz tenue. Madre santísima, qué chingona estás, dijo admirando tus pechos firmes, los pezones duros como piedras. Tú lo desvestiste igual, arañando su pecho velludo, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia barata pero excitante. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando para ti.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo sus cuerpos. Empezó besándote el cuello, lamiendo la sal de tu piel, bajando hasta tus tetas. Chupó un pezón con succión experta, haciendo que arquearas la espalda y soltaras un ay wey gutural. Tus manos en su espalda, sintiendo los músculos tensos, mientras el calor entre tus piernas se volvía un río. Esto es lo que necesitaba, puro fuego humano, pensaste, las pasiones del ser humano rugiendo en tu vientre.

Él bajó más, besando tu ombligo, el vello púbico recortado. Separó tus muslos con manos firmes pero tiernas, inhalando tu aroma almizclado de excitación. Te huelo deliciosa, mi reina, gruñó antes de enterrar la cara en tu coño. Su lengua plana lamió tu clítoris hinchado, círculos lentos que te hicieron ver estrellas. Gemías alto, ¡Sí, cabrón, así!, agarrando las sábanas. El sonido húmedo de su boca chupando tus labios mayores era obsceno, delicioso. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra tu punto G, bombeando mientras succionaba. El orgasmo te golpeó como un camión, piernas temblando, chorros de placer mojando su barbilla. Gritaste su nombre, el mundo explotando en colores.

Pero no pararon. Tú lo volteaste, montándote a horcajadas. Su verga en tu mano, caliente como hierro forjado, la frotaste contra tu entrada resbalosa. Te quiero adentro, ya, exigiste, y bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estiraba, llenaba. Qué rico, pendejo, me rompes en dos, pensaste mientras rebotabas. Él te agarraba las nalgas, amasándolas, azotando suave para oír tus chillidos. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con sus gruñidos y tus ¡órale, más duro!.

Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, tus piernas en sus hombros. Cada embestida tocaba tu cervix, un placer-dolor exquisito. Sudor goteaba de su frente a tus tetas, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Me vengo, güey, jadeó él, pero tú lo frenaste: Adentro, mi amor, lléname. Aceleró, bestial, hasta que explotó, chorros calientes bañando tu interior. Tú lo seguiste segundos después, contrayéndote alrededor de su polla, ordeñándolo seco.

Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos entrelazados. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el coco de las velas. Su corazón latía contra tu oreja, un tambor triunfal. Eso estuvo de poca madre, murmuró él, besándote la frente. Tú sonreíste, trazando círculos en su pecho. Las pasiones del ser humano nos hacen vivos, nos unen en este desmadre llamado vida, reflexionaste, sintiendo una paz profunda.

Se quedaron así horas, platicando bajito de sueños y antojos —tal vez un taco al pastor al amanecer—. No era solo sexo; era conexión, esa chispa eterna que enciende el alma mexicana. Cuando el sol tiñó las cortinas de rosa, supiste que esto era solo el principio. Las pasiones del ser humano no se apagan; se avivan, una y otra vez.

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