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Fabuloso Pasion de Frutas Despertando Deseos

7471 palabras

Fabuloso Pasion de Frutas Despertando Deseos

Tú llegas a tu depa en la Condesa, exhausto después de un día de puro desmadre en el jale. El sol de la tarde se cuela por las cortinas, pintando todo de dorado, y de repente, un aroma te golpea como un puñetazo dulce. Fabuloso pasion de frutas. Ese olor tropical, intenso, como maracuyás maduros chorreando jugo, mezclado con algo fresco y limpio que tu morra, Carla, adora usar para limpiar la casa. Neta, cada vez que ella saca esa fregadera, sabes que algo chido va a pasar.

Abres la puerta y ahí está ella, de rodillas en el piso de la sala, con una shortcito ajustado que le marca el culo perfecto y una blusita sin brasier que deja ver sus chichis rebotando al ritmo de la escoba. El sudor le brilla en la piel morena, y ese fabuloso pasion de frutas impregna el aire, pegándose a su cabello suelto y a su cuello. Tú sientes cómo tu verga se despierta de golpe, latiendo contra el pantalón.

Órale, wey, esta chava me va a matar de una
, piensas, mientras dejas la mochila en la entrada.

¡Ey, mi rey! ¿Ya llegaste? —te grita ella con esa voz ronca que te pone a mil, girándose con una sonrisa pícara. Sus ojos cafés te recorren de arriba abajo, y tú notas cómo se muerde el labio. El aroma te envuelve más fuerte ahora, dulce como miel de frutas prohibidas, haciendo que tu boca se haga agua.

Te acercas despacio, el corazón tronándote en el pecho. El piso fresco bajo tus tenis contrasta con el calor que sube por tus piernas. Tocas su hombro, suave como seda tibia, y ella se estremece un poquito.

—Neta, Carla, este fabuloso pasion de frutas me tiene loco. Huele a puro pecado —le susurras al oído, inhalando profundo su piel mezclada con el aroma.

Ella suelta una risita juguetona, se pone de pie y te empuja contra la pared con las manos húmedas de limpiador. Sus tetas rozan tu pecho, duras ya los pezones contra tu playera.

¿Ah sí, pendejo? ¿Y qué vas a hacer al respecto? —te reta, sus caderas moviéndose lento contra las tuyas. Sientes su calor a través de la tela delgada, y tu verga ya está tiesa como palo, presionando.

Acto uno cerrado: el deseo inicial prendido por el aroma. Ahora, la cosa se calienta.

La besas con hambre, tus labios chocando contra los suyos suaves y jugosos, saboreando el leve dulzor de su gloss de fresa. Tus lenguas se enredan, húmedas y calientes, mientras tus manos bajan por su espalda, apretando ese culazo redondo. Ella gime bajito en tu boca, un sonido que vibra en tu pecho como un tambor. El olor del fabuloso pasion de frutas se pega a vuestros cuerpos, intensificándose con el sudor que empieza a brotar.

La cargas en brazos, sus piernas envolviéndote la cintura, y caminas a la recámara. El colchón cruje cuando la tiras suave, y ella se estira como gata, quitándose la blusa con un movimiento fluido. Sus chichis saltan libres, perfectas, con pezones oscuros endurecidos. Tú te quitas la ropa a la rápida, tu verga saltando erecta, la cabeza brillando de precúm.

¡Qué chingón se ve mi morra así, neta la quiero comer entera
, piensas, mientras te arrodillas entre sus piernas abiertas. El aroma sigue ahí, en su piel, en las sábanas, mezclándose con su olor natural a mujer cachonda: almizclado, salado, irresistible.

Le besas el ombligo, bajando lento, lamiendo el sudor salado de su vientre. Ella arquea la espalda, sus uñas clavándose en tus hombros. —¡Ay, cabrón, no me tortures! —suplica, pero su voz es pura provocación. Tus labios llegan a su panocha, ya mojada, los labios hinchados brillando. La pruebas con la lengua, dulce y ácido como el jugo de maracuyá, y ella grita, las caderas empujando contra tu cara.

La chupas despacio al principio, círculos suaves en su clítoris hinchado, saboreando cada gota. El sonido es obsceno: chupeteo húmedo, sus gemidos roncos llenando la habitación. Tus dedos se hunden en sus muslos suaves, sintiendo los músculos tensarse. Ella tiembla, el fabuloso pasion de frutas ahora un fondo perfecto para su aroma de excitación pura.

Pero no la dejas correrse aún. Te subes, tu verga rozando su entrada resbalosa. —Te quiero adentro, wey, ya —jadea ella, ojos vidriosos de deseo. Tú entras lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha te aprieta como guante caliente y húmedo. ¡Qué madre, qué rico! Los dos gimen al unísono, el slap de piel contra piel empezando suave.

Escalada: la tensión sube, emociones profundas.

Empujas más fuerte, el ritmo acelerando, sus tetas rebotando con cada embestida. Sudor gotea de tu frente al valle entre sus chichis, salado en su lengua cuando lo lame. Sus paredes internas palpitan alrededor de tu verga, ordeñándote, y tú sientes el orgasmo construyéndose en tus huevos apretados.

¡Más duro, mi amor, cógeme como animal! —grita ella, clavándote las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que arden delicioso. Cambian posición: ella encima, cabalgándote como jinete experta, su culo chocando contra tus muslos con palmadas sonoras. Tú agarras sus caderas, guiándola, viendo cómo su panocha se traga tu verga una y otra vez, jugos chorreando por tus bolas.

El cuarto huele a sexo crudo: sudor, semen próximo, y ese persistente fabuloso pasion de frutas que lo hace todo más loco, como si las frutas mismas nos bendijeran con su pasión jugosa.

Esta morra es mi todo, neta no la suelto nunca
, pasa por tu mente mientras ella acelera, su clítoris frotándose contra tu pubis.

La volteas a cuatro patas, el ángulo perfecto para penetrarla profundo. Tus caderas chocan contra su culo, ondas recorriendo su carne. Ella empuja hacia atrás, desesperada, gemidos convirtiéndose en gritos: —¡Sí, sí, así, pendejito rico! Tus manos amasan sus nalgas, un dedo rozando su ano apretado, haciéndola jadear más fuerte.

El clímax se acerca como tormenta. Sientes sus paredes contraerse, ordeñando tu verga. —¡Me vengo, cabrón! —chilla ella, cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando las sábanas. Tú no aguantas más: embistes una última vez, profundo, y explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras tu visión se nubla de placer puro. Gritas su nombre, el mundo reduciéndose a ese pulso compartido.

Liberación: el pico.

Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Ella se acurruca en tu pecho, su aliento caliente en tu cuello, el corazón de ambos tronando al unísono. Besas su frente, saboreando el salado mezclado con el dulce residual del aroma.

Qué chido fue, mi vida. Ese fabuloso pasion de frutas siempre nos prende el desmadre —murmura ella, riendo suave, trazando círculos en tu piel con el dedo.

Tú la abrazas fuerte, el afterglow envolviéndolos como manta tibia. Afuera, la ciudad bulle con cláxones lejanos, pero aquí, en su nido, solo existe esta paz cachonda. Piensas en lo afortunado que eres, con esta mujer que convierte un simple limpiador en afrodisíaco. El olor persiste, promesa de más noches así, fabulosas y frutales.

Se quedan así, entrelazados, hasta que el sueño los vence, sabiendo que mañana, otro chorro de ese fabuloso pasion de frutas podría desatarlo todo de nuevo.

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