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Etimologia Erotica de la Palabra Pasion

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Etimologia Erotica de la Palabra Pasion

Estaba sentada en esa cafetería chida de la Roma, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas, oliendo a café de chiapas recién molido y pan dulce calentito. Yo, Ana, investigadora freelance de palabras antiguas, hojeaba mi libreta donde garabateaba notas sobre la etimologia de la palabra pasion. Venía del latín pati, sufrir, padecer. Qué ironía, pensé, porque la pasión siempre duele un poquito antes de explotar como volcán.

El aire estaba cargado de ese aroma terroso del café mezclado con el perfume de las flores del mercado cercano. Mis dedos rozaban el papel áspero, y de pronto, una voz grave me sacó del trance.

—Órale, morra, ¿estás estudiando el origen de la pasión? Suena a que vas a armar un libro bien cabrón.

Levanté la vista y ahí estaba él, Luis, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como obsidiana pulida y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Vestía una camisa de lino blanca, arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes, de esos que imaginas apretándote contra una pared. Se sentó sin pedir permiso, con esa confianza de los chilangos que saben lo que quieren.

—Sí, wey —le contesté, riendo bajito—. La etimologia de la palabra pasion dice que es sufrir un deseo intenso. ¿Tú qué opinas?

Él se acercó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa de madera gastada. Sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi piel, como si su calor ya me quemara. Olía a sándalo y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Charlamos horas, el tiempo volando entre sorbos de café y miradas que se enredaban. Luis era profesor de historia en la UNAM, carnal de palabras olvidadas como yo. Hablamos de cómo la pasión nace del sufrimiento, de aguantar las ganas hasta que no queda de otra más que rendirse. Mi corazón latía fuerte, un tamborazo en el pecho, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera, cálida, pidiendo atención.

Al atardecer, me invitó a su depa en la Condesa, "pa' seguir platicando de etimologías", dijo guiñando. Acepté, el deseo ardiendo como chile en nogada.

El elevador subía lento, nuestro silencio cargado de promesas. Cuando las puertas se abrieron, su mano en mi cintura me guió adentro. El lugar era chulo: paredes blancas con arte callejero, velas aromáticas de vainilla encendidas, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia. Me sirvió un mezcal ahumado, el cristal frío en mi palma contrastando con el fuego que me subía por el cuello.

¿Y si esta noche exploramos la etimología en carne propia? ¿Sufrimos un poco la pasión antes de liberarla?

Sus palabras me erizaron la piel. Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que su aliento mentolado me rozaba el cuello. Hablamos más, pero ya no de palabras, sino de cuerpos. Le conté cómo mi piel se ponía sensible con solo imaginar sus manos, y él confesó que desde la cafetería soñaba con probar mis labios.

El primer beso fue lento, un padecimiento dulce. Sus labios carnosos presionaron los míos, su lengua explorando con hambre contenida. Sabía a mezcal y a deseo puro, un sabor ahumado que me hizo gemir bajito. Mis manos subieron por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el latido acelerado de su corazón como eco del mío.

Chingao, Ana, me estás volviendo loco —murmuró contra mi boca, su voz ronca como grava.

La tensión crecía, un sufrimiento exquisito. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios calientes en mi clavícula, el roce de su barba incipiente raspando delicioso. Olía su sudor fresco mezclándose con mi perfume de jazmín, un afrodisíaco natural. Mis pezones se endurecieron al aire, y cuando su boca los capturó, chupando suave al principio, luego con más fuerza, arqueé la espalda, un jadeo escapando de mi garganta.

Lo empujé al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela, gruesa y palpitante. Mis caderas se movieron solas, frotándome contra él, la fricción enviando chispas de placer por mi espina. Le desabroché el pantalón, liberándola: venosa, caliente, goteando ya de anticipación. La tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, y él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

Esto es la pasión, padecer el no poder tenerlo todo ya. Aguantar para que el clímax sea brutal.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel por fin. Su cuerpo era un mapa de tentaciones: abdominales marcados, vello oscuro bajando hasta esa polla orgullosa. Yo, con mis curvas suaves, senos pesados, culo redondo que él amasó con ganas. Caminamos al cuarto, besándonos, tropezando, riendo como pendejos enamorados del momento.

La cama king size nos recibió, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar. Cuando su lengua tocó mi clítoris, hinchado y sensible, grité su nombre. Lamía experto, círculos lentos, chupando mis labios mayores, metiendo dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos altos, su respiración jadeante. Olía a sexo puro, almizcle salado, mi jugo cubriéndole la barbilla.

¡Más, Luis, no pares, cabrón! —supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros.

El orgasmo me golpeó como tormenta, olas de placer convulsionándome, piernas temblando, visión nublada. Grité, arqueándome, él bebiendo cada gota mientras yo volaba.

Pero no paramos. La pasión verdadera sufre y renace. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, su verga rozando mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Gemí largo, el placer rayando en dolor placentero.

Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con nuestros alaridos. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose. Agarró mis caderas, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, más fuerte.

Eres tan chingona, Ana... tan apretada, tan mojada pa' mí —jadeaba él, una mano bajando a frotar mi botón.

El segundo clímax nos alcanzó juntos. Sentí su polla hincharse, caliente semen llenándome mientras yo explotaba de nuevo, paredes contrayéndose ordeñándolo. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado de nuestro olor compartido: sudor, semen, esencia femenina.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, con la ciudad brillando abajo. Su cabeza en mi regazo, yo acariciando su pelo revuelto.

La etimologia de la palabra pasion lo dice todo: sufrimos el deseo, lo padecemos hasta que nos libera. Y qué chido sufrir así contigo.

Nos besamos suaves, saboreando el eco del placer. No era solo sexo; era conexión, palabras hechas carne. Mañana quién sabe, pero esa noche, la pasión nos había marcado para siempre, un sufrimiento dulce que valió cada segundo.

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