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Abismo de Pasion Donde Fue Grabada Nuestra Entrega Ardiente

7208 palabras

Abismo de Pasion Donde Fue Grabada Nuestra Entrega Ardiente

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en la costa de Michoacán, pintando de oro las olas que chocaban contra las rocas. Yo, Ana, había llegado hasta ahí por una razón obsesiva: el Abismo de Pasion donde fue grabada la telenovela que me había hecho soñar con amores imposibles durante años. Ese lugar legendario, con sus acantilados escarpados y jardines exuberantes, olía a sal marina mezclada con jazmín salvaje. El aire era espeso, cargado de humedad que se pegaba a la piel como una promesa.

Estacioné mi coche rentado y bajé, con el vestido ligero ondeando contra mis muslos. Llevaba sandalias que crujían sobre la grava, y mi corazón latía con esa emoción de niña que revive fantasías. Un tipo salió del porche principal, alto, moreno, con camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Órale, qué chulo, pensé, mientras él me sonreía con dientes perfectos.

¡Bienvenida, güerita! ¿Vienes por el tour del Abismo?
—dijo con voz grave, como ronca de tanto gritar órdenes en la playa.

Simón, carnal. Soy fan de la novela. Quiero ver exacto dónde filmaron las escenas calientes.

Se llamaba Javier, el cuidador de la hacienda desde que su familia la compró hace generaciones. Tenía ojos negros que perforaban, y un olor a hombre del mar, a sudor limpio y loción barata que me erizaba la piel. Me guió por el sendero empedrado, explicando anécdotas. Sus manos rozaban las mías accidentalmente al señalar los setos, y cada roce era como electricidad estática en pleno bochorno.

La tensión empezó sutil. Yo sentía mi pulso acelerarse cada vez que él se acercaba, su aliento cálido en mi oreja cuando murmuraba:

Neta que aquí grabaron el beso que volvió locos a todos.
El deseo inicial era como una brisa traviesa, revolviéndome el pelo y poniéndome la piel de gallina. ¿Y si le sigo el juego? ¿Y si esta visita termina en algo más que fotos?

Subimos al mirador, el punto exacto del abismo de pasion donde fue grabada la escena de la pareja devorándose bajo la luna. El viento traía el rugido de las olas, y el sol teñía todo de rojo anaranjado. Javier se paró demasiado cerca, su cadera rozando la mía. Olía a testosterona pura, a mar y a algo más primitivo que me humedecía entre las piernas.

¿Sabes? A veces imagino recrear esas escenas con una mujer como tú.
—susurró, su voz vibrando en mi pecho.

Me giré, y nuestros labios casi se tocan. No aguanto más esta calentura. Le tomé la cara con manos temblorosas, y él respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca como una ola furiosa. Sabía a sal y a café reciente, áspero y adictivo. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna. Gemí contra su boca, el sonido perdido en el viento.

El beso escaló rápido. Me levantó contra la barandilla, mis piernas envolviéndolo por instinto. Sentía su verga dura presionando mi entrepierna a través de la tela delgada, palpitante como un corazón salvaje.

¡Javier, wey, me traes loca!
—jadeé, mordiéndole el labio inferior. Él rio bajito, un sonido gutural que me recorrió la espina.

Nos movimos al interior de una cabaña cercana, usada para props en la grabación. El piso de madera crujía bajo nuestros pies, y el aire estaba cargado de polvo viejo y nuestro aroma creciente a excitación. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis pezones eran fuego líquido, chupando y lamiendo hasta que arqueé la espalda, gimiendo como poseída. Su lengua es puro pecado, neta que nunca sentí algo así.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, clavando uñas en su pecho musculoso, oliendo su sudor fresco mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite. Sabía salado, masculino, y él gruñó, enredando dedos en mi pelo.

¡Mamacita, qué rica chupas! Sigue, no pares.

La intensidad subía como la marea. Me tumbó en un catre viejo, abriéndome las piernas con reverencia. Su aliento caliente en mi panocha me hizo temblar, y cuando su lengua tocó mi clítoris, vi estrellas. Lamía despacio al principio, saboreando mis jugos como néctar, luego más rápido, succionando hasta que mis caderas se movían solas, persiguiendo el placer. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos mezclados con mis gemidos roncos y su resuello animal. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada y su piel tostada.

Esto es mejor que cualquier telenovela, cabrón, pensé mientras el orgasmo me partía en dos. Gritaba su nombre, clavando uñas en sus hombros, el cuerpo convulsionando en olas de éxtasis. Él no paró, prolongando mi placer hasta que supliqué.

Entonces me penetró, lento y profundo. Su verga me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel resbaladiza. El catre gemía con nosotros, y el eco de las olas parecía aplaudir. Javier me miraba a los ojos, susurrando

Te sientes como el paraíso, Ana. Eres mía ahora.
Yo respondía clavándome más en él, arañando su espalda, mordiendo su cuello. El ritmo aceleró, salvaje, primitivo. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, y el slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación.

La tensión psicológica explotó en lo físico. Yo luchaba internamente con la vergüenza de ser tan puta en un lugar sagrado de mis fantasías, pero él me empoderaba con cada caricia, cada beso. Soy libre aquí, en este abismo. Él confesó entre jadeos que soñaba con una mujer como yo desde que vio la novela de morrillo. Nuestras almas se unían tanto como los cuerpos, en un vaivén frenético.

El clímax llegó como un tsunami. Sentí su verga hincharse dentro, y explotamos juntos. Él gruñó profundo, llenándome con chorros calientes que me llevaban al borde otra vez. Mi coño se contraía alrededor de él, ordeñándolo, mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas. El mundo se redujo a pulsos, temblores y el olor embriagador de semen y sudor mezclado.

Nos quedamos así, enredados, respirando agitados. Javier me besó la frente, suave ahora, como un amante de verdad. El sol se ponía, tiñendo la cabaña de púrpura. Afuera, las olas susurraban secretos.

Esto fue mejor que cualquier grabación, ¿verdad?
—murmuró él, trazando círculos en mi vientre.

Yo sonreí, satisfecha hasta los huesos. En el Abismo de Pasion donde fue grabada esa historia ficticia, nosotros creamos la real. Y neta, quiero más. Nos vestimos lento, robándonos besos perezosos. Bajamos la colina tomados de la mano, con el cuerpo aún zumbando de placer residual. Esa noche, en mi hotel, reviví cada sensación en sueños: su sabor en mi lengua, su calor en mi piel, su voz en mi alma. El abismo me había tragado, y no quería salir nunca.

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