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Hazlo Con Pasión

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Hazlo Con Pasión

La noche en Puerto Vallarta caía como un manto caliente y salado, con el Pacífico rugiendo bajito a lo lejos, como si susurrara promesas de placer. Tú, Ana, habías llegado esa tarde con tus carnalas para un fin de semana de sol y desmadre, pero ellas ya andaban en su rollo con unos vatos de la playa. Te quedaste sola en la palapa del bar playero, con un michelada helada en la mano, el sudor perlando tu piel morena bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a tus curvas como una caricia húmeda.

El aire olía a mar, a coco tostado y a esas flores tropicales que perfuman todo en la costa. Tus ojos se posaron en él: Javier, un moreno alto y fibroso, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa guayabera desabotonada. Bailaba salsa con unas morras, pero su mirada te cazó de inmediato, como un depredador juguetón. Órale, qué chulo el pendejo, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a tus muslos.

¿Y si me lanzo? Hace meses que no siento un hombre de verdad, con esas manos fuertes que prometen hacerme olvidar mi nombre.

Se acercó con una sonrisa pícara, su colonia mezclándose con el olor salobre de su piel. “¿Bailamos, reina?” dijo con esa voz ronca, jalándote suave de la mano. No pudiste decir que no. Sus caderas se pegaron a las tuyas al ritmo de la cumbia rebajada que tronaba en los parlantes. Sentiste su calor a través de la tela fina, su verga endureciéndose contra tu vientre, y un jadeo se te escapó. El roce de su pecho contra tus tetas, el sudor que goteaba entre vuestros cuerpos, todo era fuego lento.

La tensión crecía con cada giro. Sus manos en tu cintura, bajando apenas a tus nalgas, apretando lo justo para que supieras que él también ardía. “Eres fuego, nena”, murmuró en tu oreja, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. Tú respondiste con un beso robado, lenguas enredándose saladas y urgentes, probando el sabor de la noche mexicana.

El bar se vaciaba, pero ninguno quería parar. “Vámonos a mi cabaña, aquí cerquita”, propuso él, y tú asentiste, el pulso latiéndote en las sienes y más abajo, donde ya sentías la humedad empapando tus calzones. Caminaron por la arena tibia, descalzos, la luna plateando el mar como testigo silencioso.

La cabaña era chida, de madera con hamaca en el porche y velas parpadeando adentro. Olía a sándalo y a él. Javier te cargó en brazos, riendo bajito, y te depositó en la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Sus labios volvieron a los tuyos, besos profundos que te quitaban el aire, mientras sus dedos desataban el lazo de tu vestido. Lo sentiste deslizarse, exponiendo tu piel al aire fresco de la noche.

Su mirada me come viva, como si yo fuera el postre más dulce. Quiero que me devore ya.

Él se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por el sol y el trabajo en el mar –pescador de oficio, te contó después–. Tus uñas rastrillaron su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave y salada. Bajaste la mano a su pantalón, palpando esa verga gruesa que latía por liberarse. “Despacio, mi amor”, gruñó él, pero tú no querías esperar. Le bajaste el cierre con dientes, oliendo su aroma masculino, ese almizcle que te volvía loca.

Se tumbaron, cuerpos enredados. Sus labios trazaron un camino ardiente por tu cuello, lamiendo el sudor de tu clavícula, bajando a tus pezones que se endurecieron al instante bajo su lengua hábil. Gemiste fuerte, el sonido ahogado por el rumor de las olas. Sus dedos exploraron tu vientre plano, rozando el borde de tus bragas, hasta meterse adentro. Estabas chorreando, y él lo supo al primer toque. “Estás tan mojada, reina… para mí”, susurró, frotando tu clítoris en círculos lentos que te hacían arquear la espalda.

La tensión subía como la marea. Tú lo volteaste, montándote encima, besando su pecho, bajando por el camino de vellos oscuros hasta su verga erecta. La tomaste en la boca, saboreando la piel salada y el pre-semen que brotaba, chupando con hambre mientras él gemía “¡No mames, qué rica chupas!” Tus caderas se movían solas, frotándote contra su muslo, buscando alivio.

Pero él te levantó, posicionándote de rodillas en la cama. Sus manos amasaron tus nalgas, separándolas para lamerte desde atrás, lengua metiéndose en tu panocha, probando tu jugo dulce y salado. El placer era eléctrico, rayos subiendo por tu espina. “¡Ay, Javier, no pares!” gritaste, mordiendo la sábana.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga suya con todo el desmadre.

La intensidad crecía. Él se puso de pie detrás de ti, frotando la cabeza de su verga contra tu entrada húmeda. “¿Me quieres adentro?”, preguntó con voz temblorosa. “Sí, chíngame ya”, suplicaste. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento era perfecto, su grosor pulsando contra tus paredes. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, dejando que sintieras cada vena, cada roce.

El slap de piel contra piel se mezclaba con vuestros jadeos, el olor a sexo impregnando la habitación. Aceleró, agarrándote del pelo suave, tirando para arquearte más. “Hazlo con pasión”, le pediste entre gemidos, y él obedeció, clavándote profundo, sus bolas golpeando tu clítoris. Tú empujabas hacia atrás, cabalgando su verga como una diosa del mar, tetas rebotando, sudor chorreando.

Cambiaron posiciones: tú encima ahora, montándolo con furia. Sus manos en tus caderas guiaban el ritmo, pulgares presionando tu clítoris. Lo miraste a los ojos, negros y llameantes, y viste el alma de un amante verdadero. “Eres mía esta noche”, dijo él, pellizcando tus pezones. El orgasmo te golpeó como una ola gigante, contrayéndote alrededor de su verga, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores y placer puro. Él te siguió segundos después, llenándote con chorros calientes, gruñendo como animal.

Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos y temblorosos. El afterglow era dulce: sus dedos trazando patrones en tu espalda, besos suaves en tu sien. El mar seguía cantando afuera, y el aroma de vuestros fluidos mezclados flotaba en el aire. “Qué chingón fue eso, reina”, murmuró él, riendo bajito.

Nunca había sentido algo tan intenso, tan real. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta.

Se quedaron así hasta el amanecer, piel con piel, corazones latiendo al unísono. Puerto Vallarta guardaría ese secreto, y tú, Ana, llevarías el recuerdo de esa pasión grabado en cada fibra de tu ser.

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