No Huyas de las Pasiones Juveniles
La noche en Polanco estaba viva, con ese ruido de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces de neón parpadeaban sobre la avenida, y el aire olía a tacos al pastor y a perfume caro. Yo, Alejandro, de veintiocho años, acababa de entrar al club con mis cuates, riéndonos de pendejadas mientras pedíamos unos tequilas reposados. Mi carnal me había dicho antes de salir: "huyan de las pasiones juveniles, wey, que eso solo trae problemas". Lo dijo con esa cara de padre serio, pero yo solo me reí. ¿Huir? Neta, si la vida es para quemarla con fuego.
Ahí la vi. Sofia, con su vestido rojo ceñido que marcaba cada curva como si fuera esculpido por Dios mismo. Pelo negro suelto, cayendo en ondas hasta la cintura, y unos ojos cafés que brillaban bajo las luces estroboscópicas. Bailaba sola en la pista, moviendo las caderas al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en el pecho. El sudor le perlaba la clavícula, y cuando volteó, nuestras miradas chocaron. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si el tequila ya me hubiera subido de golpe.
¿Qué carajos? Piensa, Alejandro, no seas pendejo. Solo acércate, dile algo chido.Me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo. "Qué buena onda tu movimiento, morra. ¿Me das chance de seguirte el paso?" Ella sonrió, mostrando dientes perfectos, y su voz salió ronca, con ese acento chilango puro: "Ven, papi, a ver si aguantas". Sus manos rozaron las mías al tomarlas, piel suave y cálida, con un olor a vainilla y algo más, algo animal que me puso la piel de gallina.
El principio fue puro juego. Bailamos pegados, sus nalgas rozando mi entrepierna con cada giro. El calor de su cuerpo se colaba por mi camisa, y el sabor salado de su cuello cuando la acerqué para olerla me volvió loco. "Eres peligrosa", le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo. Ella rio, un sonido gutural que vibró contra mi pecho. "Tú ni te imaginas". Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo la tela delgada que apenas contenía sus pechos firmes. La tensión crecía, como una tormenta en el DF antes de la lluvia.
Acto dos: la escalada. Salimos del club, el aire fresco de la medianoche nos golpeó como un balde de agua. Tomamos un taxi hacia su depa en la Roma, riéndonos como niños. En el asiento trasero, sus labios encontraron los míos. Beso húmedo, urgente, con lengua que sabía a tequila y menta. Sus uñas arañaban mi nuca, enviando chispas por mi espina. "Qué rico besas", murmuró ella, mientras yo metía la mano bajo su vestido, tocando muslos suaves como seda.
Llegamos a su penthouse, minimalista pero con toques mexicanos: una virgen de Guadalupe en la pared y velas de copal encendidas. Cerró la puerta y me empujó contra ella, desabotonando mi camisa con dedos temblorosos. "Quítamelo todo", ordenó, voz jadeante. La obedecí, bajando el vestido por sus hombros. Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros endurecidos por el deseo. Las tomé en mis manos, pesadas y calientes, lamiendo uno hasta que gimió, arqueando la espalda. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que llena la habitación.
Mi mamá siempre decía huyan de las pasiones juveniles, pero ¿cómo huir de esto? De su piel que quema, de su coño húmedo que ya siento palpitar bajo mis dedos.La llevé a la cama king size, alfombras persas amortiguando nuestros pasos. Nos desnudamos mutuamente, riendo cuando mi verga saltó dura como fierro. "¡Mira qué mamalón!", exclamó ella, agarrándola con mano firme, masturbándome lento mientras yo besaba su vientre, bajando hasta su monte de Venus depilado. La abrí con los dedos, rosada y brillante de jugos. Lamí su clítoris, sabor salado y dulce, como tamarindo fresco. Sus caderas se movían solas, gimiendo "¡Sí, wey, chúpame así!".
La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Me subí encima, ella guiándome adentro con las piernas abiertas. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como guante caliente. "¡Ay, cabrón, qué grueso!", gritó, clavándome las uñas en los hombros. Empecé a bombear, lento al principio, escuchando el chapoteo de nuestros cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y yo los chupaba, mordiendo suave mientras ella arañaba mi espalda.
Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como jinete en charrería. Sus caderas giraban, coño tragándoseme entero, jugos chorreando por mis bolas. "¡Más fuerte, pendejo!", pedía, y yo la empuñaba por las nalgas, azotándolas rojo. Sudor nos unía, piel resbalosa, respiraciones entrecortadas. Sentía su interior contraerse, orgasmo acercándose. "¡Me vengo, Alejandro!", chilló, temblando toda, empapándome. Eso me llevó al borde; la volteé a perrito, follando duro, bolas golpeando su clítoris. El clímax explotó, corriéndome dentro con un rugido, llenándola de leche caliente.
Quedamos jadeantes, cuerpos enredados. El afterglow era puro paraíso: su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente, oliendo su cabello a coco. "Neta, eso fue de otro mundo", dijo ella, trazando círculos en mi abdomen con el dedo. Yo sonreí, recordando las palabras de mi carnal. "Huyan de las pasiones juveniles? Jamás. Esto es vida, Sofia. Puro fuego mexicano."
Nos quedamos así horas, hablando de todo y nada: de la CDMX que nunca duerme, de sueños locos, de volver a vernos. El amanecer tiñó las cortinas de rosa, y su piel tibia contra la mía era la promesa de más noches así. No huimos; nos rendimos, y qué chido se siente.