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Pasión de Gavilanes Capítulo 53 Fuego Prohibido

7259 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 53 Fuego Prohibido

La hacienda andaba en calma esa noche de verano en las afueras de Guadalajara. El aire olía a jazmín fresco y tierra húmeda después de la lluvia ligera que había caído al atardecer. Yo, Jimena, estaba recostada en el sillón de la sala principal, con las piernas cruzadas sobre el otomanazo de cuero, viendo la tele con mi carnal, no, con mi hombre, Franco. Habíamos estado peleando todo el día por pendejadas del rancho, pero ya se nos había pasado el coraje. Qué chulo se ve con esa camisa blanca abierta, sudado del trabajo, con el pecho moreno brillando bajo la luz de la lámpara, pensé mientras lo veía traer dos chelas frías de la cocina.

"Toma, morra, pa que refresquemos", dijo él con esa voz ronca que me eriza la piel, sentándose a mi lado tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. La tele justo sintonizaba Pasión de Gavilanes capítulo 53, esa novela que nos tenía clavados desde hace semanas. Gaviota y Juan Reyes andaban en una de sus broncas apasionadas, mirándose con ojos que echaban chispas, como si se fueran a comer vivos. El drama subía y subía, con música de fondo que ponía la piel de gallina.

Franco me pasó el brazo por los hombros, y su mano grande bajó despacito hasta mi cintura, rozando la curva de mi cadera bajo la blusa ligera de algodón. Olía a jabón mezclado con sudor varonil, ese aroma que me hace agua la boca. "Mira nomás a estos gavilanes, Jimena. Pura pasión cabrona", murmuró en mi oído, su aliento cálido haciendo que se me pusieran los vellos de punta. Yo volteé a verlo, y ahí estaba esa sonrisa pícara, la misma que me conquistó hace dos años en la fiesta del pueblo.

¿Por qué carajos siempre me prende tanto cuando estamos así? Es como si el pinche capítulo 53 de Pasión de Gavilanes nos estuviera llamando, despertando el fuego que traemos adentro.

Acto primero de nuestra propia novela: la tensión del día se convertía en deseo puro. Mi mano subió por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la tela, el latido fuerte de su corazón acelerándose. Él no se hizo de rogar; giró mi cara con un dedo bajo la barbilla y me plantó un beso suave al principio, labios carnosos probando los míos, saboreando la sal de mi piel. "Te deseo, chula", susurró, y yo respondí con un gemido bajito, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

La pantalla seguía con la novela, pero ya no la veíamos. Franco me jaló sobre su regazo, y sentí su dureza presionando contra mí a través de los jeans. El roce era eléctrico, como un relámpago en la noche mexicana. Mis pechos se apretaban contra él, los pezones endureciéndose bajo el bra de encaje que traía puesto. Olía su colonia barata pero sexy, mezclada con el olor de nuestra excitación creciente. "Franco, no seas pendejo, hazme tuya ya", le dije juguetona, mordiéndome el labio mientras me movía despacio sobre él, sintiendo cómo se ponía más rígido.

Nos levantamos como poseídos, tropezando un poco con la mesita de centro, riéndonos entre besos hambrientos. El pasillo hacia el cuarto olía a las velas de vainilla que había encendido antes. Él me cargó como si no pesara nada, sus manos fuertes en mis nalgas, amasándolas con ganas. "Estás mojada, ¿verdad, mi reina?", preguntó con voz grave, y yo asentí, sintiendo el calor líquido entre mis piernas. Neta, este wey me conoce perfecto, sabe cómo volverme loca.

En el cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de satén rojo, iluminada por la luna que se colaba por las cortinas abiertas. Franco me tiró con cuidado, quitándome la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria mientras se quitaba la camisa, revelando ese torso esculpido por el trabajo en el campo. Bajó la cabeza y lamió un pezón, chupándolo suave al principio, luego más fuerte, haciendo que arqueara la espalda y soltara un "¡Ay, cabrón, qué rico!". El sonido de su boca succionando, húmeda y obscena, llenaba el cuarto, mezclado con mis jadeos.

Acto segundo, la escalada brutal. Sus manos bajaron mis shorts, rozando mi monte de Venus, y metió dos dedos en mi panocha empapada. "Estás chorreando, Jimena, pura miel pa mí", gruñó, moviéndolos en círculos que me hacían ver estrellas. Yo le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y el olor almizclado de su excitación me volvía feral. La apreté, masturbándolo lento, viendo cómo echaba la cabeza atrás con un gemido gutural.

Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, aquí no hay venganzas, solo puro placer mutuo, carnal y sin frenos.

Nos volteamos, yo encima, besando su cuello salado, bajando por su pecho hasta lamer la punta de su pinga, saboreando la gota salada de precum. Él me agarró el pelo, guiándome suave, "Sí, mámale, mi amor, trágatela". La chupé con hambre, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el sabor intenso llenándome los sentidos. Luego me jaló arriba, posicionándome sobre él. "Móntame, cabrona, dame todo", ordenó, y yo bajé despacio, empalándome en su grosor. El estiramiento ardía delicioso, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, mis caderas girando, tetas rebotando, el slap slap de piel contra piel resonando como tambores.

Suavemente al principio, pero la intensidad subía. Franco se sentó, abrazándome fuerte, mamando mis tetas mientras yo lo montaba más rápido. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el jazmín del jardín. Sus manos en mi culo, guiando el ritmo, dedos rozando mi ano sensible. "Te amo, Jimena, eres mi gavilana", jadeó, y yo respondí "Y tú mi pasión, fóllame más duro". Cambiamos, él encima ahora, embistiéndome profundo, cada thrust golpeando mi clítoris, building la presión como una tormenta. Mis uñas en su espalda, arañando suave, sus gruñidos en mi oído, "Me vengo, mi reina, contigo". El clímax nos golpeó como un rayo: yo exploté primero, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre, olas de placer sacudiéndome el cuerpo, piernas temblando. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, pulsando, llenándome con su esencia.

Acto tercero, el afterglow perfecto. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga suavizándose aún dentro. Besos lentos, lenguas perezosas. "Eso fue épico, como el pinche Pasión de Gavilanes capítulo 53, pero en vivo y a todo color", bromeó él, rodando a un lado y jalándome a su pecho. Yo tracé círculos en su piel húmeda, oliendo nuestro amor mezclado. En este rancho, con este hombre, cada noche es un capítulo nuevo de nuestra pasión, pensé, sintiendo paz profunda.

La tele aún encendida en la sala mostraba los créditos de la novela, pero nosotros ya teníamos nuestra propia historia, llena de fuego y ternura. Mañana el rancho nos esperaría, pero esta noche era nuestra, pura entrega mexicana, consensual y ardiente. Franco me besó la frente, y nos hundimos en sueño, entrelazados, con el corazón latiendo al unísono.

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