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Elisa en Abismo de Pasion

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Elisa en Abismo de Pasion

Elisa caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su piel morena brillara como miel fresca. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a sus curvas como una promesa pecaminosa, el escote profundo invitando miradas que ella ignoraba con una sonrisa pícara. Hacía meses que no se sentía viva así, desde que su ex, ese pendejo infiel, la había dejado hecha trizas. Pero esta noche, en el festival de las luces, algo en el aire olía a aventura, a tequila ahumado y jazmines en flor.

Entró al bar al aire libre, donde mariachis tocaban La Malagueña con trompetas que vibraban en el pecho. El olor a carne asada y limones exprimidos la envolvió, y pidió un margarita con sal gruesa. Ahí lo vio: Marco, alto, con camisa blanca desabotonada dejando ver un pecho tatuado con un águila realista, ojos negros como pozos de obsidiana. Se acercó con una cerveza en la mano, su sonrisa torcida gritando wey, esta noche la armamos.

¿Quién es este chulo? –pensó Elisa, sintiendo un cosquilleo en el vientre–. Sus manos grandes, callosas, parecen saber exactamente dónde tocar.

Órale, güerita, ¿vienes a conquistar o nomás a ver? —dijo él, su voz ronca como grava bajo botas.

Elisa rio, el sonido burbujeante mezclándose con la música. —Depende, carnal. ¿Tú qué ofreces? Sus ojos se clavaron en los de él, y el mundo se achicó. Charlaron de tonterías: el festival, el pinche tráfico de la CDMX, cómo el mezcal quema como un beso traicionero. Pero bajo las palabras, la tensión crecía, como el calor que subía por sus muslos. Él rozó su brazo al pasarle la sal, y fue como electricidad estática en piel sudada.

La noche avanzó. Bailaron cumbia pegados, sus caderas chocando en ritmo salvaje. El sudor de Marco olía a hombre puro, a colonia barata y deseo crudo. Elisa sentía sus pechos apretados contra el torso duro de él, los pezones endureciéndose como piedritas bajo la tela. Chíngame, qué rico se siente esto, pensó, mientras sus manos bajaban por la espalda musculosa.

Vámonos de aquí, Elisa —susurró él al oído, aliento caliente oliendo a tequila—. Mi casa está cerca, en una hacienda chida con alberca.

El corazón de ella latió como tamborazo. Sí, carajo, esta noche me lanzo al abismo. Asintió, y salieron tomados de la mano, el fresco de la noche contrastando con el fuego interno.

La hacienda era un sueño: paredes de adobe blanco, luces tenues, el chapoteo de la alberca invitando. Marco la jaló adentro, cerrando la puerta con un beso que la dejó sin aire. Sus labios eran firmes, hambrientos, saboreando a margarita y sal. Elisa gimió bajito, enredando dedos en su cabello negro revuelto. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me coma viva.

Las manos de él exploraron, bajando el cierre del vestido con dedos temblorosos de anticipación. La tela cayó como cascada roja, dejando sus tetas al aire, grandes y firmes, pezones oscuros pidiendo atención. Marco gruñó, Pinche madre, qué mamacita, y chupó uno, lengua girando como remolino, dientes rozando lo justo para erizarla toda. Elisa jadeó, el sonido ecoando en la habitación perfumada a lavanda y sexo inminente. Sus uñas arañaron la espalda de él, sintiendo músculos contraerse bajo piel salada.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Elisa lo desvistió con urgencia, arrancando la camisa para lamer su pecho tatuado, saboreando sal y sudor. El pantalón cayó, revelando su verga dura, gruesa, venosa, apuntando al techo como bandera de rendición.

¡Qué pedazo de pito, wey! Me va a partir en dos y lo voy a amar
, pensó ella, mientras lo tomaba en mano, piel suave sobre acero palpitante.

Marco la volteó boca abajo, besando su nuca, bajando por la espina dorsal hasta las nalgas redondas. Sus dedos separaron los labios húmedos, oliendo a excitación almizclada, y metió la lengua, lamiendo clítoris hinchado con maestría. Elisa se arqueó, gritando ¡Ay, cabrón, no pares! El placer era olas, crashing contra ella, jugos chorreando por muslos temblorosos. Él chupaba, sorbía, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

La tensión crecía, su cuerpo un volcán a punto de estallar. Elisa se giró, montándolo a horcajadas, ojos en los suyos. Te quiero adentro, Marco, ya. Él asintió, guiando su verga a la entrada resbalosa. Bajó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Pinche abismo de pasión, aquí estoy cayendo, pensó, mientras lo sentía llenarla por completo, paredes vaginales apretando como guante caliente.

Cabalgó con furia, tetas rebotando, sudor goteando entre ellos. El slap-slap de carne contra carne mezclado con gemidos guturales, el olor a sexo saturando el aire. Marco agarraba sus caderas, embistiendo arriba, ¡Qué chingón te sientes, Elisa! ¡Muévete así, nena! Ella aceleró, clítoris frotando contra su pubis, placer acumulándose como tormenta.

Cambiaron: él encima, misionero profundo, piernas de ella en sus hombros, penetrando hasta el fondo. Cada thrust era un trueno, su verga golpeando cervix con dulzor doloroso. Elisa clavaba uñas en su culo, urgiéndolo ¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! El ritmo se volvió salvaje, cama crujiendo, respiraciones entrecortadas. Él bajó a besar su boca, lenguas batallando mientras cuerpos se fundían.

La orgasmos llegó como avalancha. Elisa gritó primero, paredes convulsionando alrededor de él, jugos salpicando. ¡Sí, carajo, esto es el abismo! Marco la siguió, gruñendo como bestia, semen caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron, pegajosos, jadeantes, corazones martillando al unísono.

En el afterglow, yacían enredados, pieles enfriándose con brisa de ventana abierta. Marco trazaba círculos en su vientre, besando su hombro. —Eres fuego puro, Elisa. ¿Volveremos a esto?

Ella sonrió, girando para mirarlo, el sabor de él aún en labios hinchados.

En este abismo de pasión, no hay vuelta atrás. Esto es solo el principio
. —Órale, guapo. Pero la próxima, tú vienes a mi terreno.

La luna entró por la ventana, bañándolos en plata, mientras el eco de sus suspiros se perdía en la noche mexicana. Elisa se sentía renacida, dueña de su deseo, lista para más caídas deliciosas.

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