Pasion Prohibida Capitulo 28 Parte 2 El Susurro Ardiente
En la penumbra de la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia, Ana sentía el corazón latiéndole como un tambor de mariachi en plena fiesta. Era medianoche, y el silencio de la noche mexicana solo se rompía por el canto lejano de los grillos y el susurro del viento entre las buganvillas. Pasion Prohibida Capitulo 28 Parte 2, pensó ella, mientras se escabullía por el pasillo empedrado, recordando cómo este capítulo de su vida secreta se había vuelto adictivo, como un tequila añejo que quema la garganta pero invita a más.
Ana, con su piel morena brillando bajo la luz de la luna que se colaba por las rejas del jardín, llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una caricia prohibida. Tenía treinta años, casada con un hombre que la respetaba pero no la encendía, un contador de oficina que prefería las series en Netflix a las noches de pasión. Pero Diego... ay, Diego, su cuñado, el hermano menor de su esposo, ese pendejo guapo con ojos color café y manos callosas de trabajar en el rancho familiar. Era prohibido, neta, porque la familia era todo en Jalisco: honor, tradiciones, y un escándalo así rompería todo en pedazos. Pero el deseo era más fuerte que cualquier misa dominical.
Él la esperaba en el establo, donde el olor a heno fresco y cuero viejo se mezclaba con el aroma terroso de los caballos. Diego se giró al oír sus pasos, su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando músculos tensos por el trabajo del día.
"Ven acá, mamacita", murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel, "no aguanto más verte de lejos en las comidas familiares".Ana se acercó, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo, como si el aire entre ellos chispeara. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su sudor y el dulzor de la fruta que había comido antes. Las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con urgencia contenida, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro y revuelto.
El beso se profundizó, lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido, y Ana sintió un pulso ardiente entre sus piernas, esa humedad traicionera que la hacía jadear. ¿Por qué tiene que ser tan chingón besando?, se preguntó en su mente, mientras él la empujaba contra una pila de heno suave. El roce áspero del material contra su piel desnuda –había olvidado ropa interior en casa– la hizo arquearse. Diego olfateó su cuello, inhalando su perfume de vainilla mezclado con el almizcle de su excitación. "Hueles a pecado, Ana", gruñó, mordisqueando su oreja, enviando ondas de placer que le endurecían los pezones bajo la tela delgada.
En el medio de esta pasion prohibida, el conflicto interno de Ana rugía como un volcán. Si mi marido se entera, se arma la bronca gorda. Pero neta, Diego me hace sentir viva, no como una muñeca en exhibición. Él deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo sus senos plenos al aire fresco de la noche. Sus labios capturaron un pezón, chupando con succiones lentas y profundas que la hicieron gemir bajito, temiendo que los peones del rancho oyeran. El sonido húmedo de su boca, el roce de su barba incipiente contra su piel sensible, todo era una sinfonía de sensaciones que la volvía loca.
Diego se arrodilló, besando su vientre suave, bajando hasta el triángulo oscuro de su pubis. Ana separó las piernas temblorosas, apoyándose en el poste de madera rugosa. Su lengua exploró primero los muslos internos, lamiendo la sal de su piel, hasta llegar al centro pulsante. ¡Órale, qué rico! pensó ella cuando su lengua rozó su clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían apretar los puños en su cabello. El olor almizclado de su arousal llenaba el establo, mezclado con el dulce del heno. Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras succionaba con maestría. Ana mordió su labio para no gritar, pero un "¡Ay, wey!" se le escapó, ronco y desesperado.
La tensión subía como la marea en Puerto Vallarta. Diego se puso de pie, desabrochando sus jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor satinado, el pulso acelerado bajo la piel. La acarició de arriba abajo, saboreando la gota perlada en la punta con su lengua, salada y ligeramente amarga. Él gruñó,
"Me vas a matar, corazón".La levantó con facilidad, sus fuertes brazos rodeándola, y la penetró de un solo movimiento fluido. Ana jadeó al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente, el roce interno enviando chispas por su espina.
Se movieron en ritmo sincronizado, él embistiendo profundo mientras ella se aferraba a su cuello, uñas clavándose en su espalda. El slap-slap de sus cuerpos chocando resonaba en el establo, mezclado con sus respiraciones agitadas y gemidos ahogados. Sudor perlaba sus pieles, goteando entre sus senos, y Diego lamía cada gota, saboreando su esencia. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes sensibles, construyendo un orgasmo que se avecinaba como tormenta de verano. No pares, chíngame más fuerte, suplicaba en silencio, mientras él aceleraba, sus bolas golpeando su trasero con palmadas húmedas.
El clímax la golpeó primero, un estallido de placer que la hizo convulsionar, contrayendo alrededor de él en oleadas. "¡Sí, Diego, ya!" gritó, rompiendo el silencio, mientras lágrimas de éxtasis rodaban por sus mejillas. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre como una oración, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo. Se quedaron unidos, jadeando, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, Diego la bajó con gentileza, envolviéndola en una manta de lana del rancho. Se tumbaron en el heno, cuerpos entrelazados, escuchando el viento que mecía las palmeras afuera. Ana trazaba círculos en su pecho con el dedo, sintiendo la paz post-orgásmica.
"Esto no puede seguir así, carnal", susurró ella, "pero no quiero que pare".Él besó su frente, oliendo a hombre satisfecho. "Mientras late este fuego, aquí estaré, Ana. Nuestra pasion prohibida es más fuerte que cualquier chisme familiar".
Se despidieron con un beso lento, prometiendo discreción hasta el próximo encuentro. Ana regresó a la casa principal, las piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles: el calor de su piel, el sabor de su boca, el eco de sus gemidos. En su cama, junto a su esposo dormido, sonrió en la oscuridad. Capitulo 28 Parte 2 completado, pensó, sabiendo que el próximo sería aún más intenso. La noche mexicana guardaba sus secretos, y su corazón ardía con la promesa de más.