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Llanto de Pasion Letra en la Piel

7608 palabras

Llanto de Pasion Letra en la Piel

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y a coco tostado, con ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Tú estabas en el antro La Ola Azul, bebiendo un ron con cola bien fría, cuando la viste. Era una morra de esas que te dejan con la boca seca: curvas que se movían como olas al ritmo de la música, cabello negro suelto hasta la cintura y unos ojos cafés que brillaban bajo las luces neón. Vestía un vestido rojo ajustado que dejaba ver justo lo suficiente para imaginar el resto.

La canción que sonaba era Llanto de Pasión, esa rola ranchera con banda que todos conocen, pero que en sus labios sonaba como un susurro erótico. Ella cantaba bajito, moviendo las caderas, y tú sentiste un cosquilleo en el estómago. ¿Qué pedo, wey? Esta chava está cañón, pensaste, mientras te acercabas al bar. Pediste otra bebida y se la ofreciste, con esa sonrisa pendeja que siempre te funciona.

—Órale, guapa, ¿te late compartir? —le dijiste, y ella giró, riendo con esa risa ronca que te erizó la piel.

—Neta, carnal, sí me late. Soy Laura, ¿y tú?

Hablaron de la rola, de cómo la letra de Llanto de Pasión siempre les ponía la piel chinita. Ella era de Mérida, venía de vacaciones con unas amigas que ya andaban bien pedas en la pista. Tú, Marco, turista de la CDMX buscando desconectarte del jale. La química fluyó como tequila reposado: miradas que duraban segundos de más, roces accidentales que no lo eran. Al rato, sus amigas se despidieron, y ella te miró con ojos que decían vámonos de aquí.

—¿Vamos a caminar por la playa? —propuso ella, y tú asentiste, sintiendo ya el pulso acelerado.

La arena tibia bajo los pies, el sonido de las olas rompiendo suave, el olor a mar y a su perfume de jazmín. Caminaron hasta un hotel boutique, uno de esos con palapas y velitas en la playa privada. Ella sacó una llave y te jaló adentro de su suite, riendo como niña traviesa.

Esto va a estar chingón, pensaste, mientras la puerta se cerraba con un clic que sonó a promesa.

En la habitación, iluminada por luces tenues y el rumor del mar filtrándose por la ventana abierta, ella se acercó despacio. Sus labios rozaron los tuyos, suaves como pétalos húmedos, con sabor a ron dulce y a menta. Tú la abrazaste por la cintura, sintiendo el calor de su piel a través del vestido. Las manos de Laura subieron por tu pecho, desabotonando tu camisa con dedos temblorosos de anticipación.

—Quiero que me sientas, Marco —susurró contra tu boca, y tú la levantaste en brazos, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Le quitaste el vestido despacio, revelando su cuerpo dorado por el sol yucateco. Lencería negra de encaje que apenas contenía sus pechos firmes. Pero lo que te dejó sin aliento fue el tatuaje en su espalda baja: las primeras líneas de la letra de Llanto de Pasión, en cursiva sensual, curvándose como una caricia sobre su piel morena. "En tu llanto de pasión, me pierdo sin control..."

¿Te gusta? —preguntó ella, girando para verte, con una sonrisa pícara.

—Neta, Laura, es lo más chido que he visto. Déjame leerla entera —dijiste, y ella se tendió boca abajo, arqueando la espalda para que trazases cada letra con los dedos.

Tu piel contra la suya era fuego líquido: el roce áspero de tus yemas sobre el tatuaje, el leve temblor de ella, el olor almizclado de su excitación empezando a mezclarse con el salitre del mar. Recitaste bajito:

En tu llanto de pasión
me pierdo sin control
tus gemidos son mi canción
en la noche de mi amor

Ella gimió suave, un sonido que vibró en tu pecho como un tambor. Te inclinaste, besando cada letra, lengua húmeda lamiendo la tinta invisible bajo la piel salada. Laura se volteó, jalándote encima, sus uñas clavándose en tu espalda con esa dulce presión que duele rico. Sus pechos presionaban contra ti, pezones duros como piedras preciosas rozando tu torso desnudo.

El beso se volvió salvaje: lenguas enredadas, dientes mordiendo labios hinchados, saliva dulce compartida. Tus manos exploraron sus muslos suaves, subiendo hasta el encaje húmedo. Ella jadeaba contra tu cuello, mordisqueando la oreja:

—Pinche Marco, no pares... ándale, tócame ahí.

Deslicé los dedos bajo la tela, encontrándola empapada, caliente como miel derretida. Circulabas despacio, sintiendo cómo su clítoris se hinchaba bajo tu toque, sus caderas ondulando al ritmo de tus caricias. El cuarto se llenaba de sus suspiros, del slap suave de piel húmeda, del crujir de las sábanas. Tú estabas duro como piedra, tu verga latiendo contra su muslo, pre-semen mojando su piel.

Pero querías más, querías hacerla llorar de placer como la rola. La volteaste boca abajo otra vez, besando el tatuaje mientras bajabas el tanga. Su culo perfecto se arqueó, invitándote. Lamiste desde la nuca hasta las nalgas, lengua trazando la letra completa, saboreando el sudor salado y el dulzor de su excitación. Ella enterró la cara en la almohada, ahogando gemidos que sonaban a llanto de pasión.

—Marco... chíngame, por favor —suplicó, voz ronca, cuerpo temblando.

Te quitaste el pantalón de un jalón, tu verga saltando libre, venosa y palpitante. Te colocaste detrás, frotándola contra su entrada resbalosa. Ella empujó hacia atrás, guiándote, y entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te apretaban como un puño de terciopelo caliente. Qué rico, wey, está prieta y mojada pa' mí, pensaste, mientras empezabas a bombear suave.

El ritmo creció: sus nalgas chocando contra tu pelvis con un clap clap rítmico, sus pechos balanceándose, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Laura recitaba entre jadeos la letra del tatuaje, voz entrecortada:

Tu llanto de pasión
me quema la razón
en tus brazos me entrego
al fuego de tu amor

Tú aceleraste, manos en sus caderas, sudor goteando de tu frente a su espalda, mezclándose con la tinta imaginaria. Ella gritaba ahora, no de dolor sino de puro éxtasis, lágrimas reales rodando por sus mejillas mientras su cuerpo convulsionaba. Sentiste su orgasmo llegar: paredes contrayéndose, leche caliente salpicando tus bolas, su llanto verdadero mezclándose con la canción en tu mente.

—¡Sí, cabrón, así! —chilló, y eso te llevó al borde.

La volteaste, piernas sobre tus hombros, embistiéndola profundo, viendo sus tetas rebotar, sus ojos vidriosos fijos en los tuyos. El clímax te golpeó como ola gigante: chorros calientes llenándola, su coño ordeñándote hasta la última gota. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas, el mar de fondo como aplauso.

En el afterglow, ella acurrucada en tu pecho, trazando con el dedo tu propio tatuaje improviso en la arena de su piel. El llanto de pasión se había convertido en letra viva, grabada en memorias que durarían más que cualquier tinta. Besaste su frente, oliendo su cabello salado, y supiste que esa noche en Playa del Carmen era el comienzo de algo chingón.

—Neta, Marco, fuiste mi llanto de pasión hecho letra —dijo ella, sonriendo perezosa.

Y tú, con el corazón latiendo aún fuerte, solo pudiste asentir, perdido en el eco de su voz.

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