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Orgullo y Pasion Telenovela Brasilena Desnuda

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Orgullo y Pasion Telenovela Brasilena Desnuda

Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el control remoto en la mano y una cerveza fría en la otra. La noche caía suave sobre la Ciudad de México, y el aire acondicionado zumbaba bajito, manteniendo fresco el ambiente cargado de anticipación. Frente a ella, la pantalla del televisor brillaba con las imágenes vibrantes de Orgullo y Pasion telenovela brasileña, esa producción que tanto les gustaba a ella y a Luis. Las actrices con curvas generosas y los galanes de mandíbula cuadrada desataban pasiones imposibles, llenas de miradas ardientes y roces accidentales que prometían tormentas de placer.

Luis llegó de la cocina con dos platos de tacos al pastor, el olor picante del cilantro y la cebolla envolviéndolos como un abrazo caliente. "Órale, mi reina, no te pierdas el capítulo de hoy. Esa Elizabeth está que arde con el Darcy brasileño", dijo él, sentándose a su lado, su muslo musculoso rozando el de ella. Ana sintió un cosquilleo inmediato, como electricidad estática en la piel. Llevaban tres meses de novios intensos, de esos que se comen con los ojos antes de devorarse de verdad. Él era alto, moreno, con tatuajes que asomaban por las mangas de su camisa ajustada, y un orgullo que lo hacía irresistible.

En la telenovela, la protagonista, con su vestido escotado que dejaba ver el valle entre sus senos, discutía con el hombre de su vida. "¡No soy una cualquiera para que me mandes!", gritaba ella, pero sus ojos decían lo contrario: rómpeme, hazme tuya. Ana se mordió el labio, imaginándose en esa escena. El sudor de la tarde aún perlaba su escote, y el aroma de su perfume de vainilla se mezclaba con el del hombre a su lado. Luis la miró de reojo, su mano grande posándose en su rodilla, subiendo despacio por el muslo desnudo bajo su falda corta.

"¿Ves cómo se miran? Pura orgullo y pasion", murmuró él, su voz grave como un ronroneo. Ana giró la cabeza, encontrando sus ojos oscuros, llenos de hambre. "Sí, pero en la vida real, el orgullo a veces duele más que el placer", respondió ella, juguetona, apartando su mano con fingida molestia. Era su juego: provocarse, elevar la tensión hasta que explotara.

El capítulo avanzaba, y la pareja en pantalla se reconciliaba con un beso que hacía temblar la habitación ficticia. Los labios chocaban húmedos, lenguas danzando visibles en close-up. Ana sintió su centro humedecerse, un pulso caliente entre las piernas. Luis notó su respiración agitada, el subir y bajar de sus pechos bajo la blusa ligera. "¿Ya te pusiste caliente, mamacita?", le susurró al oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y menta. Ella lo empujó suave, riendo. "Pendejo, ni creas que te voy a dar el gusto tan fácil. Tengo mi orgullo, ¿eh?"

La discusión juguetona escaló. Luis se incorporó, fingiendo ofensa. "¿Orgullo? ¿Como esa brazilera de la telenovela? Mira que eres terca, Ana. Pero sabes que al final, caes rendida". Ella se levantó, plantándose frente a él, sus caderas balanceándose con desafío. El espacio entre ellos vibraba, cargado de electricidad. "Pruébalo, carnal. Hazme caer si puedes". Sus palabras eran fuego, y el orgullo mutuo los encendía como yesca seca.

Él la atrapó por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Ana jadeó al sentir su erección presionando contra su vientre, gruesa y lista bajo los jeans. Sus bocas se encontraron en un beso feroz, dientes chocando primero, luego lenguas explorando con urgencia. Saboreó su saliva salada, mezclada con el picor de los tacos, mientras sus manos le arrancaban la blusa, exponiendo sus senos plenos al aire fresco. Los pezones se endurecieron al instante, rosados y suplicantes. "Qué ricos, Ana, siempre tan perfectos", gruñó él, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con fuerza que la hizo arquearse.

El sonido de la telenovela seguía de fondo: gemidos apasionados, música dramática que acompañaba sus propios jadeos. Ana metió las manos en su cabello, tirando suave, guiándolo. "Más, Luis, no pares, chinga". Él la levantó en brazos, llevándola al sillón, depositándola como a una reina conquistada. Le quitó la falda de un tirón, revelando sus bragas empapadas de excitación. El olor almizclado de su arousal llenó el aire, embriagador, haciendo que la verga de Luis palpitara dolorosamente.

Se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, la piel suave y temblorosa. Ana miró hacia abajo, viendo su lengua trazar líneas húmedas, acercándose al centro. "Ay, Dios, tu boca...", pensó, mientras él apartaba la tela y lamía su clítoris hinchado. El placer fue un rayo: chupaba, succionaba, introducía la lengua en su entrada resbaladiza, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella se retorcía, uñas clavándose en sus hombros, el corazón latiéndole en los oídos como tambores. El roce de su barba incipiente raspaba deliciosamente su piel sensible.

"No aguanto más, pendejo. Entra en mí", suplicó Ana, voz ronca de deseo. Luis se puso de pie, desabrochando los jeans con prisa. Su miembro saltó libre, venoso, grueso, la punta brillando de pre-semen. Ella lo tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el calor pulsante, la textura aterciopelada sobre acero. "Qué verga tan chingona, toda para mí". Él gimió, empujándola contra el respaldo, posicionándose en su entrada.

Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola con delicioso ardor. Ana gritó de placer, sus paredes internas apretándolo como un guante caliente y húmedo. "¡Sí, así, cabrón! Más profundo". Él obedeció, embistiendo con ritmo creciente, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Sudor corría por sus cuerpos, mezclándose, oliendo a sexo puro, a pasión desatada. Sus senos rebotaban con cada thrust, y Luis los amasaba, pellizcando pezones mientras la follaba sin piedad.

La tensión crecía, espirales de fuego en su vientre. Ana clavó las piernas en su espalda, urgiéndolo más rápido. "Me vengo, Luis, me vengo!". El orgasmo la golpeó como una ola, contracciones milking su verga, jugos brotando alrededor. Él rugió, sintiendo su propio clímax: chorros calientes llenándola, marca de posesión mutua. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones galopando al unísono.

Minutos después, envueltos en una manta suave, la telenovela llegaba a su fin con promesas de más drama. Ana trazaba círculos en el pecho de Luis, oliendo su sudor mezclado con el suyo. "¿Ves? El orgullo siempre termina en pasión", murmuró ella, besando su cuello salado.

"Como en esa Orgullo y Pasion telenovela brasileña, pero mejor en la vida real, contigo", respondió él, abrazándola fuerte. El afterglow los envolvía tibio, un cierre perfecto a su propia historia de fuego y entrega. Afuera, la ciudad bullía, pero en ese sofá, solo existían ellos, saciados y conectados hasta el alma.

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