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Mazda Pasion Polanco

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Mazda Pasion Polanco

Las luces de Polanco brillaban como diamantes en la noche, reflejándose en los cristales de los edificios de lujo. Yo, Ana, acababa de salir de un bar en Masaryk, con el cuerpo vibrando de esa energía que solo la Ciudad de México sabe darte en sus zonas más chidas. El aire olía a jazmín mezclado con el escape de los coches caros, y mis tacones resonaban contra la banqueta impecable. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, ceñido a mis curvas, con el escote justo para volver loco a cualquiera.

Entonces lo vi. Un Mazda rojo intenso, reluciente bajo las farolas, estacionado con esa elegancia agresiva que solo los deportivos tienen. El tipo al volante era puro fuego: moreno, con barba recortada, camisa blanca desabotonada lo suficiente para mostrar un pecho tatuado. Me miró a través del vidrio polarizado, y sus ojos oscuros me clavaron en el sitio. Sonrió, esa sonrisa pícara que grita trouble, y bajó la ventanilla.

¿Qué carajos, Ana? ¿Subirte con un desconocido en Polanco? Pero mira ese Mazda, pura pasión sobre ruedas. Y él... ay, güey, me está comiendo con la mirada.

Órale, preciosa, dijo con voz grave, como ronroneo de motor. ¿Te llevo? Este Mazda pasión Polanco necesita una copiloto como tú.

Me reí, coqueta, y sin pensarlo dos veces abrí la puerta. El interior olía a cuero nuevo y a su colonia amaderada, algo entre sándalo y deseo puro. Me acomodé en el asiento de piel suave, que se pegó a mis muslos desnudos. —Soy Ana —le dije, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poco—. Y tú, ¿qué onda con llamar a tu carro Mazda pasión Polanco?

—Soy Diego —respondió, arrancando con un rugido que me erizó la piel—. Porque aquí en Polanco, este pinche Mazda es sinónimo de pasión. ¿A dónde te llevo, reina?

El motor vibraba bajo nosotros, un pulso constante que se colaba por mi cuerpo. Salimos rodando por Avenida Presidente Masaryk, con las boutiques de lujo desfielando a nuestro lado. Hablamos de todo y nada: de la vida nocturna en la Roma, de tacos al pastor en la Condesa, de cómo Polanco siempre huele a dinero y tentación. Su mano rozó mi rodilla accidentalmente —o no—, y sentí un chispazo eléctrico subir por mi pierna.

Minutos después, giramos hacia un mirador discreto cerca del Parque Lincoln, donde las luces de la ciudad se extendían como un mar de estrellas caídas. Apagó el motor, pero el calor entre nosotros seguía encendido. —Eres una chulada, Ana —murmuró, girándose hacia mí. Su aliento cálido rozó mi cuello, oliendo a tequila reposado y menta.

Me acerqué, nuestros labios a milímetros. Esto es loco, pero qué rico loco, pensé. Nuestras bocas se encontraron en un beso lento, explorador. Sus labios eran firmes, su lengua juguetona, saboreando mi gloss de vainilla. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, apretando la carne suave bajo el vestido. El cuero del asiento crujió bajo mi peso mientras me movía hacia él.

Su toque quema, cabrón. Quiero más, que me coma entera.

¿Quieres que pare? preguntó, voz ronca, ojos fijos en los míos. Negué con la cabeza, empoderada, tomando su mano y guiándola más arriba. —No pares, pendejo, le susurré, riendo. Esto es lo que quiero.

Las ventanas empezaron a empañarse con nuestro aliento agitado. Le desabotoné la camisa, revelando ese pecho moreno, duro como roca, con un tatuaje de águila extendiendo alas. Mis uñas arañaron suave su piel, oliendo a sudor fresco y hombre. Él bajó el vestido de mis hombros, exponiendo mis senos libres bajo la tela. Sus labios bajaron a mi cuello, chupando, mordisqueando, dejando un rastro húmedo que me hizo arquear la espalda.

El Mazda pasión Polanco se convirtió en nuestro mundo privado. Sus dedos encontraron mi tanga, frotando el encaje húmedo contra mi clítoris hinchado. Jadeé, el sonido ahogado por el tráfico lejano. —Estás chingón de mojada, mi amor —gruñó, metiendo un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Mi panocha palpitaba, chorreando jugos que manchaban el cuero lujoso.

Le bajé el zipper, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La piel era aterciopelada, caliente como hierro forjado. La apreté, masturbándolo lento mientras él me fingeraba con maestría. Nuestros gemidos se mezclaban con el zumbido de la ciudad, el olor a sexo impregnando el aire confinado: almizcle femenino, precum salado, cuero caliente.

La tensión crecía como tormenta. Me subí a horcajadas sobre él, el volante presionando mi espalda. Su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. —Cójeme, Diego, le rogué, voz quebrada. Bajé despacio, empalándome centímetro a centímetro. Dios, qué llena me siento, estirada al límite, pero qué chido.

Empecé a moverme, rebotando en su regazo, el Mazda meciéndose sutilmente. Sus manos amasaban mis nalgas, guiando el ritmo. Chupé sus tetas, mordí su hombro, saboreando sal y piel. Él embestía desde abajo, golpeando mi punto G con cada thrust. El slap-slap de carne contra carne, mis senos saltando, sus bolas chocando contra mi culo —todo era sinfonía erótica.

No aguanto, me vengo... ya mero...

Vente conmigo, reina, jadeó, pellizcando mis pezones duros. El orgasmo me golpeó como ola gigante: mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros calientes empapándonos. Él rugió, llenándome de leche espesa, pulsos calientes que me hicieron temblar. Colapsamos, sudorosos, pegajosos, respirando entrecortado.

Nos quedamos así un rato, abrazados en el asiento reclinado. El Mazda pasión Polanco aún olía a nosotros, a clímax compartido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. —Eres increíble, Ana —dijo, acariciando mi cabello revuelto.

Salimos del coche después, caminando de la mano por las calles frescas de Polanco. La noche nos envolvía, satisfecha, con promesa de más. Ese Mazda no era solo un carro; era el catalizador de una pasión que Polanco bendijo con su brillo eterno. Y yo, me sentía viva, empoderada, lista para lo que viniera.

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