El Color de la Pasión de Lucía
El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el patio de mi casa en la colonia Providencia, tiñendo todo de un naranja ardiente que me hacía sudar la gota gorda. Yo, Lucía, de veintiocho pirulos, estaba parada frente a mi caballete, pincel en mano, tratando de capturar algo que me traía loca: el color de la pasión. Había mezclado rojos furiosos con naranjas calientes, pero nada cuadraba. Olía a trementina y a jazmín del jardín vecino, y el zumbido de las chicharras me taladraba los oídos. Neta, estaba hasta la madre de no poder pintarlo.
Entonces lo vi. Diego, el carnal que se había mudado al lado hacía unas semanas, salió a su terraza con una cerveza en la mano. Alto, moreno, con tatuajes que le trepaban por los brazos como enredaderas salvajes. Me cachó mirándolo y sonrió con esa dentadura chueca que lo hacía ver como un pinche galán de telenovela. "¿Qué onda, vecina? ¿Ya te cansaste de pelear con esos óleos?" gritó, su voz grave retumbando como trueno lejano.
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "¡Órale, Diego! Ven pa'cá, ayúdame a encontrar el color de la pasión, Lucía", le dije juguetona, sin pensar dos veces. Él saltó la barda baja como si nada, aterrizando con gracia felina. Olía a jabón fresco y a sudor varonil, un olor que me erizó la piel. Se acercó, su camiseta pegada al pecho musculoso por el calor, y miró el lienzo.
"Puta madre, Lucía, esto está chido, pero le falta fuego", murmuró, tan cerca que sentí su aliento cálido en mi cuello. Mi corazón empezó a latir como tamborazo zacatecano. "¿Fuego? Enséñame", le retoqué, girándome para quedar frente a frente. Nuestras miradas se engancharon, y el aire se cargó de electricidad. Sus ojos cafés eran pozos profundos, prometiendo tormentas.
¿Qué chingados estoy haciendo? Este wey es puro problema, pero neta quiero que me toque.
Acto primero: la chispa. Diego tomó el pincel de mi mano, sus dedos ásperos rozando los míos, enviando chispas por mi espina. Mojó el pincel en rojo bermellón y trazó una curva salvaje en el lienzo. "Así, Lucía. La pasión no es un color quieto, es movimiento puro". Su voz era ronca, como grava bajo botas. Me quedé viendo cómo sus músculos se flexionaban, el sudor perlando su frente. Extendí la mano y limpié una gota de su sien con el pulgar, probando sal en mi lengua al lamerlo disimuladamente. Él gruñó bajito, "Pinche provocadora".
El sol se hundía, tiñendo el cielo de púrpura, y el aroma de las flores se mezclaba con el nuestro, cada vez más intenso. Nos sentamos en el piso de baldosa fresca, cervezas frías en mano, platicando pendejadas. Me contó de sus tatuajes, cada uno una historia de amores locos y desmadres en la Feria de Octubre. Yo le hablé de mis pinturas, de cómo Guadalajara me había comido viva con su vibra eterna. Nuestras rodillas se rozaban, y cada roce era fuego lento. "Quiero verte pintar de verdad", dijo, su mano subiendo por mi muslo desnudo bajo la falda ligera. Tragué saliva, el pulso retumbándome en las sienes.
La tensión crecía como tormenta de verano. Me paré, lo jalé de la mano hacia mi taller. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Adentro, luz tenue de focos amarillos, olor a óleo y madera vieja. Lo empujé contra la mesa, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y menta. Gemí contra él, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre. "Lucía, ¿neta quieres esto?", jadeó, deteniéndose para mirarme a los ojos.
"Sí, cabrón, chíngame con todo", respondí, empoderada, arrancándole la camiseta. Su pecho era un mapa de tinta y músculos duros, piel caliente bajo mis palmas. Él me alzó en brazos como si no pesara nada, sentándome en la mesa llena de tubos de pintura. Sus manos expertas subieron por mis muslos, quitándome las chonas con lentitud tortuosa. El aire fresco besó mi concha húmeda, y él se arrodilló, inhalando profundo.
¡Ay, Diosito! Su aliento ahí abajo es puro paraíso.
Acto segundo: la escalada. Diego separó mis piernas, su barba raspando el interior de mis muslos como lija suave. Lamida a lamida, su lengua exploraba mi clítoris hinchado, chupando con maestría. Saboreaba mi jugo como si fuera el mejor mezcal, gruñendo de placer. "Estás rica, Lucía, como tamal en fiesta", murmuró entre lengüetazos. Yo arqueaba la espalda, uñas clavadas en su nuca, el sonido de mis gemidos rebotando en las paredes. Olía a sexo crudo, a mi excitación mezclada con su sudor. Mis tetas se apretaban contra la blusa, pezones duros pidiendo atención.
Lo jalé arriba, desesperada. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado como el mío. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se nublaban. "Qué chingona eres", jadeó, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, probando su sabor salado y almizclado. Él me levantó, volteándome contra la mesa. Su pecho pegado a mi espalda, manos amasando mis tetas, pellizcando pezones hasta hacerme gritar. Entró en mí de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo.
¡Puta madre, qué rico! Cada embestida era un latigazo de placer, su verga rozando mi punto G con precisión. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos entremezclados, el olor a pasión desatada. "Más fuerte, Diego, no pares", le rogaba, empujando el culo contra él. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el sillón viejo del taller. Sus manos en mis caderas, guiándome, mientras yo rebotaba, sintiendo cada centímetro estirándome. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Miré el lienzo: ahora veía el color de la pasión, Lucía, un rojo vivo, pulsante como mi orgasmo acercándose.
La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él me volteó de nuevo, misionero en el piso, piernas en sus hombros. Besos feroces, lenguas batallando. "Vente conmigo, mi amor", gruñó, acelerando. El clímax me golpeó como rayo: olas de placer convulsionándome, gritando su nombre, jugos chorreando. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
Acto tercero: el resplandor. Quedamos tirados en el piso, respiraciones agitadas calmándose como lluvia después de tormenta. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y pintura fresca. Besó mi frente, suave. "Eso fue el verdadero color, Lucía", susurró.
Sí, lo era. Rojo pasión, con destellos de oro. Ahora lo pintaré perfecto.
Nos levantamos lento, riendo pendejadas sobre el desmadre en el taller. Me ayudó a limpiar, sus caricias ahora tiernas, prometiendo más noches. Afuera, la noche guadalajareña cantaba con grillos y mariachis lejanos. Me miré en el espejo roto: ojos brillantes, labios hinchados, piel marcada por sus dientes. Empoderada, viva. Diego se fue con un beso largo, "Mañana seguimos, vecina". Cerré la puerta, pincel en mano. El lienzo esperaba, y ahora sabía: el color de la pasión de Lucía era fuego vivo, eterno como esta ciudad loca.