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Pumas Pasion Infinita

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Pumas Pasion Infinita

El estadio Olímpico Universitario rugía como un volcán en erupción. El olor a chela derramada, sudor fresco y el humo de los elotes asados flotaba en el aire caliente de la Ciudad de México. Yo, Ana, una puma de hueso colorado, con la camiseta azul y oro pegada al cuerpo por el bochorno, gritaba hasta quedarme ronca. "¡Pumas! ¡Pumas!" Mi corazón latía al ritmo de los tambores, y cada gol era como un orgasmo colectivo. Neta, nada me pone más caliente que un partido de mis Pumas.

Ahí lo vi, en la grada de al lado. Alto, moreno, con el torso marcado bajo la playera ajustada y unos ojos cafés que brillaban con la misma fiebre que la mía. Llevaba un gorro de Pumas y tatuajes que asomaban por las mangas. Cuando nuestro equipo metió el segundo gol, él saltó y chocamos pechos. Su mano rozó mi cintura accidentalmente, pero el toque fue eléctrico. Olía a hombre de verdad: colonia barata mezclada con testosterona pura.

¿Quién es este güey? Piensa, Ana, no seas pendeja. Pero joder, qué rico se ve sudado y gritando como loco.

Me sonrió, con esa dentadura perfecta y un guiño que me hizo apretar las piernas. "¡Pumas pasión infinita, carnala!", gritó por encima del ruido, y alcé mi chela para chocar con la suya. "¡Infinita, neta!", respondí, sintiendo ya el calor subiendo por mi entrepierna. Se llamaba Marco, un chilango como yo, fanático hasta la médula desde chavo. Hablamos a gritos del partido, pero sus ojos se clavaban en mis tetas, que se marcaban chingonas bajo la tela húmeda.

El silbatazo final llegó con victoria. Los Pumas arrasaron, y la euforia nos invadió. "Vamos a celebrar, ¿no?", me dijo Marco, su voz ronca por los gritos. Asentí, mordiéndome el labio. Salimos del estadio tomados de la mano, el bullicio de la avenida Insurgentes nos rodeaba: cláxones, risas, vendedores ambulantes. Caminamos hasta su depa cerca de CU, un lugar modesto pero chido, con posters de los Pumas por todos lados.

Adentro, el aire estaba fresco del ventilador, pero el calor entre nosotros ardía. Me ofreció una chela fría, y nos sentamos en el sofá raído. "Eres la fan más guapa que he visto hoy", murmuró, acercándose. Su aliento olía a cerveza y churros del estadio. Mi piel erizó cuando su dedo trazó mi brazo.

Órale, Ana, ve despacio. Pero carajo, quiero que me coma ya.

Lo besé primero, con hambre. Sus labios eran suaves pero firmes, su lengua invadió mi boca como un delantero rompiendo la defensa. Gemí bajito, sintiendo su verga endurecerse contra mi muslo. "Qué chingón besas", jadeó él, manoseándome las nalgas por encima del jean. Le quité la playera, admirando su pecho velludo y sudoroso, oliendo a macho puro. Lamí una gota de sudor de su cuello, salada y adictiva.

Nos desnudamos a tirones, riendo como pendejos. Su cuerpo era puro músculo de gimnasio y canchas de fut, con un tatuaje de un puma en el pectoral que me volvió loca. "Tócame aquí", le pedí, guiando su mano a mi panocha ya empapada. Sus dedos gruesos me abrieron, frotando el clítoris con maestría. "Estás chorreando, mamacita", gruñó, y metí la mano en su calzón para agarrar esa verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a excitación, a sexo inminente.

Lo empujé al sofá y me subí encima, restregándome contra él. El roce de su pija en mi raja era tortura deliciosa, resbalosa por mis jugos. "Fóllame ya, Marco", supliqué, mi voz temblorosa. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, y sentí la punta presionando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. Ay, cabrón, qué rico llenaba. El slap de sus huevos contra mi culo resonaba, mezclado con nuestros jadeos.

Pero no era solo cogida salvaje. Entre embestidas, nos mirábamos a los ojos, sudados, con esa conexión de almas pumas. "Tu pasión es infinita, Ana", murmuró, mordiéndome el hombro. Aceleró, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Yo arqueaba la espalda, sintiendo el orgasmo crecer como una ola en el estadio. El olor a sexo nos envolvía: almizcle, sudor, mi crema íntima mezclada con su precum.

Neta, esto es mejor que cualquier gol. Siente cómo me palpita adentro, cómo me hace suya sin pedos.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mi clítoris rozando su pubis peludo. "¡Más duro, güey!", grité, cabalgando furiosa. Él se incorporó, chupándome las tetas, lamiendo aureolas sensibles. El clímax me golpeó primero: un estallido de placer que me hizo convulsionar, chorros calientes empapándolo todo. "¡Sí, carajo!", aullé, arañándole la espalda.

Marco no tardó. Con un rugido gutural, se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome. Colapsamos, pegajosos, respirando agitados. Su semen goteaba por mis muslos, cálido y pegajoso. Me besó la frente, tierno ahora. "Eso fue Pumas pasión infinita, ¿verdad?", rio bajito. Yo asentí, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón galopar aún.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no la memoria. Sus manos jabonosas recorrieron mi cuerpo, reviviendo chispas. "Otra ronda?", preguntó pícaro. Reí, salpicándolo. "Mañana en el próximo partido, carnal". Salí de su depa con las piernas flojas, el estadio aún vibrando en mi sangre.

Desde esa noche, cada grito de "¡Pumas!" me trae su sabor en la boca, su tacto en la piel. Nuestra pasión, como la de nuestro equipo, es infinita. Y neta, qué chido ser puma en todos los sentidos.

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