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Pasión Prohibida Capítulo 75

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Pasión Prohibida Capítulo 75

El elevador del hotel en Paseo de la Reforma subía lento, como si supiera que mi corazón iba a reventar de pura ansiedad. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mis caderas anchas y mis chichis firmes, me miré en el espejo pulido. Olía a jazmín de mi perfume caro, ese que sólo uso para él. Hacía meses que éramos amantes, Diego y yo, en esta pasión prohibida que nos consumía como tequila puro en las venas. Capítulo 75 de nuestra historia secreta, pensé, sonriendo con picardía mientras el ding del piso 15 anunciaba mi destino.

Salí al pasillo alfombrado, mis tacones repiqueteando suaves contra el suelo. El aire acondicionado me erizaba la piel, pero el calor entre mis piernas ya ardía. Diego me esperaba en la suite, como siempre. Era el cuñado de mi esposo, el pendejo de Ricardo que nunca me tocaba como merecía. Pero Diego, ay Diego, con su cuerpo de gym ratón y esa mirada de lobo hambriento, me hacía sentir viva, deseada, como una diosa mexica en ofrenda.

La puerta se abrió antes de que tocara. Ahí estaba él, en pants de algodón gris que no escondían su verga semi-dura, y una playera blanca que se pegaba a sus pectorales sudados. ¡Chingado! olía a hombre, a sudor fresco mezclado con su colonia de sándalo. Me jaló adentro de un tirón, cerrando la puerta con el pie.

—Ven pa'cá, mamacita —susurró ronco, su aliento caliente contra mi oreja—. Te extrañé todo el pinche día.

Sus manos grandes me recorrieron la espalda, bajando hasta mi culo redondo que él tanto amaba apretar. Yo gemí bajito, presionando mis tetas contra su pecho duro. El beso fue fuego puro: lenguas enredadas, sabor a menta de su chicle y a mi gloss de cereza. Me devoraba la boca mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando el encaje de mis calzones ya mojados.

Esto es lo que necesito, pensé, mientras él me cargaba como si no pesara nada y me echaba en la cama king size. Las sábanas de algodón egipcio crujieron bajo mi peso, frescas contra mi piel arrebolada. La habitación olía a velas de vainilla que él había encendido, y la ciudad brillaba allá afuera por el ventanal, indiferente a nuestro pecado delicioso.

Diego se quitó la playera de un jalón, mostrando ese six pack que me volvía loca. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mis muslos desde las rodillas hasta arriba. Cada roce de sus labios ásperos mandaba chispas por mi espinazo. ¡No pares, cabrón! quería gritar, pero solo jadeaba, mordiéndome el labio hasta saborear sangre salada.

—Estás chingona hoy —dijo, su voz grave vibrando contra mi piel—. Ese vestido me la pone dura desde que te vi entrar.

Yo reí bajito, arqueando la espalda para que me quitara el vestido. Deslizó la cremallera lenta, como torturándome, exponiendo mi brasier de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron de deseo puro mientras lamía el valle entre mis chichis. El sonido de su saliva chupando mi piel, húmedo y obsceno, me hizo apretar las sábanas con los puños.

En el fondo de mi mente, Ricardo cruzó como un fantasma. Que se joda, me dije. Esta pasión prohibida, capítulo 75, era mía, nuestra. Diego no era como mi marido, tieso y rutinario; él me hacía sentir empoderada, dueña de mi placer. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado a través del encaje, frotando círculos lentos que me tenían al borde ya.

—Quítamelos —le ordené, mi voz ronca de pura necesidad.

Obedeció, arrancando mis calzones con un gruñido animal. El aire fresco besó mi concha depilada, chorreante de jugos. Él se hundió entre mis piernas, su lengua plana lamiéndome desde el ano hasta el clítoris en una pasada larga. ¡Ay, Virgen de Guadalupe! El placer explotó como cohete en fiesta patronal. Saboreaba mi miel salada-dulce, chupando fuerte mientras metía dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en mi punto G.

Yo me retorcía, mis uñas clavadas en su cabello negro revuelto. Los gemidos salían solos, altos y sin vergüenza: ¡Sí, así, chíngame con la lengua! El sonido de mi coño chapoteando contra su boca, húmedo y sucio, llenaba la habitación. Olía a sexo, a feromonas mexicanas crudas, a deseo acumulado de semanas robadas.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé suave, sentándome para bajarle los pants. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. Qué chulada de pito, pensé, lamiendo la punta para probar su sabor salado-musgoso.

Diego gruñó, echando la cabeza atrás. Yo lo mamaba despacio al principio, succionando la cabeza mientras mi lengua jugaba en la frenillo. Luego más hondo, hasta que me ahogaba un poco, saliva chorreando por mi barbilla. Él me sujetaba el pelo, follando mi boca con embestidas controladas. Me encanta cuando me usa así, admití en silencio, empoderada por su rendición a mi boca experta.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Nos mirábamos a los ojos, comunicando sin palabras: Te necesito adentro, ya. Él se puso condón —siempre responsable, mi Diego—, y me volteó boca abajo, poniéndome en cuatro. Su pecho peludo se pegó a mi espalda, una mano en mi cadera, la otra guiando su verga a mi entrada resbalosa.

Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Puta madre, qué grande! Llenaba cada rincón, rozando paredes sensibles. Empezó a bombear, primero suave, el sonido de piel contra piel slap-slap resonando. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje.

—¡Más fuerte, pinche semental! —le grité, perdida en el éxtasis.

Aceleró, sus huevos peludos golpeando mi clítoris con cada estocada. Sudábamos a chorros, el olor almizclado invadiendo todo. Mis tetas rebotaban, pezones duros rozando las sábanas ásperas. Sentía su aliento jadeante en mi nuca, mordiscos suaves en el hombro que dolían rico.

El clímax se acercaba, coiling en mi vientre como serpiente de cascabel. Él metió una mano debajo, pellizcando mi clítoris hinchado. Eso fue todo. Exploté gritando, mi coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos violentos. Olas de placer me barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Diego no tardó, rugiendo como toro mientras se vaciaba dentro del condón, su cuerpo temblando contra el mío.

Colapsamos juntos, enredados en sábanas empapadas. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón galopando al ritmo del mío. Besos perezosos en mi cuello, risas ahogadas.

—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.

Yo sonreí, trazando círculos en su espalda sudada. Capítulo 75 completado, pensé, con afterglow calentito envolviéndonos. Mañana volvería a mi vida de casada, pero esta pasión prohibida era mi secreto, mi poder. Rico y adictivo como un tamal de mole en día de fiesta. Y ya anhelaba el 76.

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