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Mirar Diario de una Pasión

7396 palabras

Mirar Diario de una Pasión

Entré a mi departamento en la Condesa, ese rincón chido de la Ciudad de México donde el aire huele a café recién molido y pan dulce de la esquina. Era viernes por la noche, y el bullicio de los carros en Avenida Ámsterdam se colaba por la ventana entreabierta. Mi nombre es Javier, treinta y tantos, soltero empedernido que trabaja en una agencia de publicidad, rodeado de pantallas todo el día. Pero esa noche, algo cambió cuando vi la puerta del departamento de al lado entrebajada.

Sofía, mi vecina, esa morra de ojos cafés intensos y curvas que te hacen tragar saliva cada vez que la ves en el elevador, siempre andaba de prisa con sus libros de diseño gráfico bajo el brazo. Su puerta estaba abierta apenas un centímetro, y en el pasillo, tirado como si nada, un cuaderno de tapa dura negra. Lo recogí por instinto, pensando en devolvérselo, pero al hojearlo vi las palabras garabateadas en la primera página: Diario de una Pasión. Mi pulso se aceleró. ¿Qué pendejada estoy haciendo? me dije, pero la curiosidad era más fuerte que cualquier remordimiento. Me metí a mi depa, cerré la puerta y me senté en el sillón de cuero, con el olor a madera del mueble mezclándose con el aroma a tequila reposado que acababa de servirme.

Hoy lo vi otra vez en el elevador. Javier, con esa camisa ajustada que marca sus hombros anchos. Neta, me mojo nomás de pensarlo. Imagino sus manos grandes recorriendo mi piel, bajando por mi espalda hasta mi culo. Quiero que me bese el cuello, que me diga cosas sucias al oído mientras me abre las piernas. ¡Dios, qué ganas de que me coja duro contra la pared!

Leí en voz baja, y un calor me subió desde el estómago hasta la entrepierna. El papel era áspero bajo mis dedos, olía a perfume de vainilla y algo más, como sudor dulce. Mi verga empezó a endurecerse, presionando contra el pantalón. Mirar diario de una pasión así, a escondidas, era como espiar sus pensamientos más culeros, sus deseos crudos. Sofía, la vecina seria que siempre me saluda con una sonrisa tímida, soñaba conmigo follándola. Seguí leyendo, el corazón latiéndome como tambor en las costillas.

La segunda entrada era del martes pasado.

Me masturbé pensando en él. Me quité la blusa frente al espejo, pellizcando mis chichis hasta que los pezones se pusieron duros como piedras. Deslicé la mano dentro de mis calzones, tocando mi panocha ya empapada. Imaginé su lengua ahí, lamiéndome lento, saboreando mis jugos. "Sofía, estás tan rica", le oí decir en mi cabeza mientras me metía dos dedos, gimiendo su nombre. Quiero que me penetre de una vez, que me haga suya.

El sonido de mi respiración agitada llenaba la habitación. Me desabroché el cinturón, saqué la verga palpitante y la apreté con la mano, sintiendo la piel caliente y venosa. El precum brotaba, lubricando cada caricia mientras visualizaba sus palabras. Olía a mi propia excitación, ese almizcle masculino que se mezclaba con el tequila en el aire. Pero no bastaba. Quería más, quería verla a ella, tocarla de verdad. Dejé el diario sobre la mesa y crucé el pasillo en dos zancadas, con la verga aún medio tiesa metida a duras penas en el pantalón.

La puerta de Sofía estaba cerrada ahora. Toqué suave, el corazón en la garganta. Pasos adentro, el clic de la cerradura. Abrió vestida con un baby doll negro transparente, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros desnudos. Sus ojos se abrieron grandes al verme con el diario en la mano.

Órale, Javier... ¿cómo? —balbuceó, pero no sonaba enojada. Sonrojada, sí, con los labios entreabiertos.

—Lo encontré en el pasillo. Lo estuve mirando, Sofía. Tu diario de una pasión. Neta, me voló la cabeza —dije, mi voz ronca, entregándoselo.

Ella lo tomó, pero en vez de cerrarme la puerta, me jaló adentro. El departamento olía a incienso de lavanda y a ella, ese perfume vainilloso del diario. Cerró la puerta con el pie y me miró de arriba abajo, mordiéndose el labio.

—¿Y qué pensaste? ¿Te gustó lo que leíste? —preguntó, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo.

—Me puso como nunca. Quiero hacer realidad cada pinche palabra —respondí, y la besé.

Sus labios eran suaves, calientes, con sabor a menta fresca. Se pegó a mí, sus tetas presionando mi pecho, las manos enredándose en mi pelo. La cargué hasta el sillón, tumbándola con cuidado. Le subí el baby doll, exponiendo su piel morena, suave como terciopelo. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando hasta sus chichis. Los pezones rosados se irguieron cuando los chupé, succionando fuerte mientras ella gemía bajito, "Ay, sí, Javier, así".

Mi mano bajó por su vientre plano, sintiendo los músculos contraerse. Llegué a su monte de Venus, depilado, húmedo. Deslicé los dedos entre sus labios hinchados, empapados de miel. Está chorreando por mí, pensé, mientras ella arqueaba la espalda. La penetré con dos dedos, curvándolos para rozar ese punto que la hizo gritar.

¡No pares, cabrón! Me vas a hacer venir —jadeó, clavándome las uñas en los hombros.

La miré a los ojos, esos pozos cafés llenos de lujuria. Saqué los dedos brillantes y me los llevé a la boca, probando su sabor dulce y salado. —Estás deliciosa, Sofía. Ahora quiero mi verga adentro.

Me quité la ropa rápido, la verga saltando libre, gruesa y lista. Ella se arrodilló, mirándola con hambre. La tomó con la mano, masturbándome lento mientras lamía la cabeza, sorbiendo el precum. Su lengua era mágica, caliente y húmeda, bajando por el tronco hasta mis huevos, que lamió con devoción. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes.

La puse de pie, la volteé contra la pared. Le separé las nalgas, admirando su culo redondo, perfecto. Escupí en mi mano, lubricando la verga, y la empujé despacio. Entró apretada, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada centímetro de fricción deliciosa. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos roncos, el olor a sexo llenando el aire.

Más duro, pendejo, cógeme como en mi diario —suplicó.

Aceleré, agarrándola del pelo, jalando suave mientras la taladraba. Su panocha chorreaba, lubricando todo, goteando por mis muslos. Sentí sus paredes contraerse, ordeñándome. Cambiamos: la tiré al sillón, piernas abiertas, y me hundí de nuevo, mirándola a los ojos mientras la follaba profundo. Sus tetas rebotaban, sudor perlando su piel.

Me vengo, Javier, ¡ah! —gritó, temblando, sus jugos inundándome.

Eso me llevó al límite. Me salí, ella se arrodilló y me la jaló rápido, abriendo la boca. Eyaculé chorros calientes en su lengua, en su cara, ella tragando lo que pudo con una sonrisa pícara.

Caímos exhaustos al sillón, jadeando. Su cabeza en mi pecho, el corazón latiendo al unísono. El aire olía a semen, sudor y vainilla. La besé la frente.

—Neta, tu diario fue lo mejor que pude mirar en mi vida —dije riendo.

—Y esto apenas empieza, wey. Hay más páginas por escribir —respondió, trazando círculos en mi piel con el dedo.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, sabiendo que esa pasión del diario ahora era nuestra realidad compartida.

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