Pasión Capítulos Completos
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan como estrellas traviesas sobre las banquetas elegantes, entré al bar La Cantina Chic. El aire olía a tequila añejo mezclado con el perfume dulce de las flores de cempasúchil que adornaban las mesas. La música de banda sonaba fuerte, con trompetas que vibraban en el pecho y un ritmo que invitaba a mover las caderas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, buscaba algo más que un trago. Hacía meses que no sentía esa chispa, esa pasión que te hace olvidar el mundo.
¿Cuánto tiempo sin un hombre que me mire como si fuera la única en el universo?pensé mientras pedía un margarita helado, el vaso frío condensando gotas que resbalaban como caricias sobre mis dedos.
Entonces lo vi. Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chido por todos lados. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho bronceado por el sol de Acapulco, de donde decía venir. Nuestras miradas se cruzaron como rayos en una tormenta. Se acercó, su colonia fresca invadiendo mi espacio personal de la mejor manera.
—Órale, mamacita, ¿vienes sola o te hago compañía? —dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel de los brazos.
Reí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Neta, sola, pero ya no. Soy Ana. ¿Y tú, guapo?
Charlamos entre sorbos y risas. Habló de sus viajes por la costa, de surfear olas gigantes, y yo le conté de mi trabajo en una galería de arte en Reforma, donde cada cuadro era una historia de deseo reprimido. La tensión crecía con cada roce accidental: su rodilla contra la mía bajo la mesa, su mano rozando mi espalda al pasarme el salero. El sonido de sus risas profundas se mezclaba con el latido acelerado de mi corazón. Olía a mar y a hombre, un aroma que me humedecía las bragas sin piedad.
La pista de baile nos llamó. Bailamos pegados, cuerpos sudados rozándose al ritmo de un sonidero que retumbaba. Sus manos en mi cintura, fuertes, seguras, me guiaban. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y en lugar de alejarme, presioné más, simón, queriendo sentirlo todo.
—Vamos a otro lado, carnal —susurró en mi oído, su aliento caliente como fuego.
Asentí, el deseo ardiendo en mi vientre como chile habanero.
Capítulo Uno de Nuestra Pasión: Llegamos a su departamento en una torre reluciente de la colonia, con vistas al Ángel de la Independencia iluminado. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Nos besamos como hambrientos, lenguas enredándose, saboreando tequila y sal de sus labios. Sus manos exploraban mi cuerpo, bajando el zipper de mi vestido con lentitud tortuosa. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de su piel contra la mía.
Me quitó el vestido, quedé en lencería negra de encaje, mis pechos subiendo y bajando con cada jadeo. Él se desvistió rápido, revelando un torso marcado, músculos que olían a sudor limpio y deseo puro. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente.
—Eres una diosa, Ana —murmuró, besando mi cuello, bajando por mi clavícula. Su boca en mis senos, chupando pezones duros como piedras preciosas, enviando descargas eléctricas directo a mi chochito palpitante.
¡Ay, Dios! Esto es pasión capítulos completos, cada beso un capítulo que no quiero que termine.
Acto Dos: La Escalada. Sus dedos bajaron por mi vientre plano, trazando círculos en mi ombligo antes de llegar a mis bragas empapadas. Las deslizó con delicadeza, exponiendo mi intimidad depilada, húmeda y lista. Olía a mi excitación almizclada, y él inhaló profundo, ojos oscuros brillando de hambre.
—Qué rico hueles, nena —dijo antes de enterrar la cara entre mis muslos. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, círculos lentos que me arquearon la espalda. Gemí alto, manos enredadas en su cabello negro ondulado, tirando suave. El sonido de su succión chupando mis jugos era obsceno, delicioso, como música prohibida. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto G que me hacía ver estrellas. Mi cuerpo temblaba, pulsos acelerados latiendo en mis sienes, en mi sexo.
Lo empujé hacia arriba, queriendo corresponder. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre su pecho. Su verga erecta, venosa, gruesa como mi muñeca, apuntaba al techo. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la cabeza bulbosa, saboreando su precum salado. Él gruñó, pendejo sexy, caderas elevándose. La chupé profunda, garganta relajada, saliva resbalando por sus bolas pesadas. Sus manos en mi cabeza guiaban sin forzar, puro placer mutuo.
—Ya no aguanto, Ana. Quiero cogerte —jadeó, voz quebrada.
Me posicioné sobre él, frotando mi entrada húmeda contra su punta. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Qué chingón! Grité al sentirlo todo adentro, mi pared vaginal apretándolo como guante. Cabalgamos lento al principio, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. El slap slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando la habitación.
Aceleramos. Lo volteé a misionero, piernas en sus hombros, penetrándome profundo, golpeando mi cervix con cada embestida. Sus ojos en los míos, conexión más allá de lo físico.
—Eres increíble, wey. No pares —supliqué, uñas clavándose en su espalda.
Inner struggle: Por un segundo dudé, recordando ex novios que solo tomaban. Pero Javier era diferente, me hacía sentir poderosa, deseada. Esa validación emocional avivó el fuego.
Cambié a perrito, él detrás, jalando mi cabello suave, nalgadas juguetones que ardían delicioso. Su mano bajó a frotar mi clítoris mientras me taladraba. El orgasmo me golpeó como ola en Puerto Vallarta: cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo, hasta explotar dentro, semen caliente inundándome, pulsos interminables.
Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones sincronizadas. El afterglow era paz pura, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse.
—Pasión capítulos completos, Ana. Esto fue solo el comienzo —dijo besando mi sien.
Me reí suave, acariciando su mejilla áspera de barba incipiente. Miramos las luces de la ciudad por la ventana, DF brillando como testigo de nuestra noche.
Finalmente, alguien que entiende que la pasión no es un ratito, sino capítulos enteros de entrega mutua.Reflexioné, sabiendo que esto no acababa aquí. Mañana, quién sabe, pero esta noche fue perfecta, empoderadora, mexicana hasta los huesos: tequila, sudor y amor carnal sin límites.