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La Pasión de Cristo Resucitado

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La Pasión de Cristo Resucitado

Era Viernes Santo en la plaza principal de Guanajuato, con el aire cargado del olor a incienso y cempasúchil marchito. Las calles empedradas vibraban con el eco de las matracas y los cantos lúgubres de las procesiones. Yo, María, había venido desde la capital pa' buscar un poco de paz en medio de mi vida estancada. Treinta años, soltera por elección después de un par de desmadres amorosos, y con un fuego interno que ni las oraciones apagaban. Vestida con un huipil ligero que rozaba mi piel sudada, observaba la escultura del Cristo yacente siendo cargada por los costaleros. Pero mis ojos se desviaron a él: el hombre que interpretaba al Cristo Resucitado en la procesión del Domingo de Resurrección.

Alto, moreno, con barba espesa y ojos que brillaban como brasas bajo la corona de espinas falsa. Su tunic blanca se pegaba a su pecho musculoso por el sudor, delineando cada curva de sus pectorales. Cuando pasó cerca, su mirada se clavó en la mía. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me hubiera tocado de forma... pecaminosa.

¿Qué carajos me pasa? Esto es Semana Santa, no un antro
, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba, con los pezones endureciéndose contra la tela fina.

La procesión terminó en la catedral, y la multitud se dispersó hacia las posadas con olor a capirotada y atole. Me quedé rezagada, fingiendo admirar las velas parpadeantes. Ahí lo vi de nuevo, quitándose la corona, el pelo revuelto cayéndole sobre la frente. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a sudor varonil mezclado con el jazmín de las flores del altar.

¿Te gustó la función, morra? —dijo con voz ronca, acento guanajuatense puro, extendiendo una mano callosa.

Sí, carnal, la neta estabas cañón como Cristo Resucitado —respondí, riéndome nerviosa, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Se llamaba Javier, actor local de teatro callejero. Hablamos de la tradición, de cómo la pasión de Cristo resucitado siempre le daba un subidón de adrenalina. Sus ojos recorrían mi escote sin disimulo, y yo no apartaba la vista de cómo su tunic se abultaba en las entrepiernas. La tensión creció como la levadura en el pan de Semana Santa. Me invitó a su casa cercana, una casita colonial con patio de buganvilias. Acepté, el deseo latiendo en mis venas como un tamborazo zacatecano.

En el patio, bajo la luz de la luna llena de Pascua, compartimos un mezcal ahumado que quemaba la garganta y avivaba el fuego bajo mi piel. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme el vaso, enviando chispas eléctricas hasta mi entrepierna.

Esto es lo que necesitaba, un resucitar de mi propia pasión
. Nos sentamos en una banca de madera, nuestras rodillas tocándose. Habló de sus viajes por México, de noches locas en la playa de Puerto Vallarta, y yo confesé mi sequía emocional, cómo extrañaba el tacto de un hombre de verdad.

Ven, déjame mostrarte lo que es resucitar de veras —murmuró, jalándome hacia él. Nuestros labios se encontraron en un beso salado por el mezcal, su lengua explorando mi boca con hambre santa. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el huipil con maestría. Quedé en bra topless, mis senos liberados al aire fresco de la noche, pezones duros como piedras de obsidiana.

Él gimió al verlos, lamiendo su labio inferior. —Qué chulas tetas, María, pa' comértelas vivas. Me recargó contra la pared de adobe, aún tibia del sol, y chupó un pezón mientras masajeaba el otro. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con mi jadeo ahogado. Olía a su piel tostada, a tierra mojada después de la lluvia. Mis manos bajaron a su tunic, arrancándola pa' revelar un torso esculpido, vello negro bajando hasta un bulto impresionante bajo el taparrabos ceremonial.

La tensión escalaba. Lo empujé al suelo, sobre una esterita de palma trenzada. Le quité el taparrabos, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando como si de verdad resucitara.

¡Madre santísima, qué vergota! Esto es mi milagro personal
. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. Él gruñó, arqueando la cadera, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado como néctar de agave.

Chúpamela, mi reina, hazme sufrir como en la cruz —suplicó, enredando dedos en mi pelo. La mamé con devoción, garganta profunda, el gluglú de saliva y su gemido ronco llenando el patio. Mi panocha chorreaba, empapando mis calzones. Me quitó todo, dedos hurgando mi clítoris hinchado, frotando círculos que me hacían ver estrellas. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el jazmín.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor de mis nalgas redondas. Su lengua se hundió en mi raja, chupando mi ano y bajando a mi coño empapado. —Estás más rica que mole poblano, güey —rió, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. Grité, el placer como un rayo, caderas moviéndose solas. La noche se llenaba de nuestros jadeos, el croar de ranas lejanas, el viento susurrando en las buganvilias.

El clímax se acercaba como la resurrección al amanecer. Me puso a cuatro patas, su verga rozando mi entrada. —Dime que la quieres, María. —¡Sí, métemela toda, Cristo mío! Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno hasta el fondo, su pubis chocando mis nalgas con un clap clap rítmico. Cada embestida era un latido, su sudor goteando en mi espalda, mis tetas balanceándose.

Esto es la pasión pura, resucitada en carne viva
. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque, sus manos amasando mis caderas. Él de lado, una pierna mía sobre su hombro, penetrando profundo mientras me pellizcaba los pezones. El olor a sexo impregnaba todo, sabores de piel salada en mis labios cuando lo besaba.

La intensidad creció, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija. —Vente conmigo, Javier, resucítame —supliqué. Él aceleró, gruñendo como león, y explotamos juntos. Mi orgasmo fue un terremoto, chorros calientes salpicando su abdomen, él llenándome con chorros espesos y calientes. Gritos ahogados, cuerpos temblando, el mundo disolviéndose en éxtasis.

Caímos exhaustos en la esterita, su brazo alrededor de mi cintura, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El patio olía a jazmín, semen y satisfacción. Besó mi frente, riendo bajito. —¿Ves? La pasión de Cristo resucitado no es solo en la iglesia.

Al amanecer, con el sol tiñendo de oro las tejas, nos despedimos con otro beso profundo. Regresé a mi hotel, piernas flojas, el cuerpo zumbando de vida nueva.

Esto fue mi Semana Santa perfecta, un resurgir carnal que ningún sermón iguala
. Javier me dejó su número, prometiendo más representaciones privadas. Caminé por las callejuelas, sintiendo su esencia aún en mí, lista pa' la próxima pasión resucitada.

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