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El Color de la Pasión Capítulo 80 Fuego Bajo la Piel

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El Color de la Pasión Capítulo 80 Fuego Bajo la Piel

La noche en la hacienda de San Gabriel caía como un manto de terciopelo negro, cargado de ese aroma a jazmín y tierra húmeda que tanto me embriagaba. Yo, Valeria, me encontraba en mi recámara, con el corazón latiéndome a mil por hora. Habían pasado semanas desde la última vez que Ricardo y yo nos habíamos visto a solas, pero esta noche todo cambiaría. La luna llena se colaba por las cortinas de encaje, pintando mi piel morena con un brillo plateado que me hacía sentir como una diosa prehispánica lista para el sacrificio más placentero.

¿Será esta la noche en que por fin nos entreguemos sin miedos? El color de la pasión capítulo 80 de nuestra propia telenovela personal, donde el deseo nos consume como un volcán en erupción.

Escuché el crujido suave de la puerta del jardín, ese sonido que me erizaba la piel como si mil plumas me rozaran. Ahí estaba él, mi Ricardo, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en cada curva de sus labios carnosos. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me volvía loca. Sus ojos, negros como el café de olla de mi abuela, me devoraban desde la entrada.

—Valeria, mi reina —susurró con esa voz ronca que olía a tequila reposado y promesas calientes—. No aguanté más. Te necesito como el aire.

Me acerqué despacio, sintiendo cómo mis pechos se endurecían bajo el camisón de seda fina. El roce del tejido contra mis pezones era una tortura deliciosa. Lo tomé de la mano, su palma áspera por el trabajo en los campos de caña, y lo jalé hacia la cama con king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. Nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a mango maduro y urgencia. Su lengua danzaba con la mía, explorando, reclamando, mientras sus manos grandes me ceñían la cintura, apretándome contra su dureza que ya palpitaba contra mi vientre.

Nos separamos un segundo, jadeantes. El aire estaba cargado de nuestro olor, ese almizcle íntimo que precede al éxtasis. —Órale, carnal —le dije riendo bajito, con ese acento morelense que tanto le gustaba—. Vas a hacer que me ponga como lechuga en tu boca.

Acto primero de nuestra noche: la anticipación. Nos miramos, desnudándonos con la vista. Él se quitó la camisa de un tirón, revelando abdominales marcados por el sol y el sudor del día. Yo desaté el lazo de mi camisón, dejándolo caer al piso con un susurro sedoso. Desnuda ante él, sentí el fresco de la brisa nocturna en mi piel caliente, mis curvas mexicanas —caderas anchas, nalgas firmes— expuestas como una ofrenda al dios del placer.

Ricardo gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento por mi monte de Venus. Su aliento caliente me hacía temblar. —Eres chulada, Valeria. Tu concha huele a paraíso prohibido.

La tensión crecía como la marea en Acapulco. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave mientras él lamía mis muslos internos, probando la sal de mi excitación. Gemí, un sonido que salió de lo más hondo, como el lamento de una sirena en el Pacífico.

En el medio de nuestra danza, los recuerdos me invadieron. Habíamos empezado como enemigos: él de la familia rival que disputaba las tierras de la hacienda, yo la hija única del patrón. Pero un día, en la fiesta de las fiestas patronales, nuestras miradas chocaron como rayos. Desde entonces, robábamos momentos: besos en el establo oliendo a heno fresco, caricias en el río con agua cristalina chapoteando a nuestros pies. Hoy, no había barreras. Solo nosotros, adultos sabiendo lo que queríamos.

Neta, este wey me tiene loca. Cada toque es fuego líquido en mis venas. ¿Cuánto más puedo aguantar antes de rogarle que me coja como animal?

Lo empujé a la cama, montándome a horcajadas sobre él. Su verga erecta, gruesa y venosa, rozaba mi entrada húmeda. La froté contra mí, lubricándonos mutuamente con mis jugos que chorreaban como miel de maguey. Él jadeaba, manos amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras de obsidiana. —¡Pinche rica! —masculló, arqueando la cadera para entrar un poquito, solo la punta, torturándome.

El ritmo se aceleraba. Yo bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. Un grito ahogado escapó de mi garganta. El sonido de piel contra piel empezó: slap slap slap, acompañado de nuestros gemidos que rebotaban en las paredes de adobe. Sudor perlando su pecho, yo lamiéndolo, saboreando sal y hombre. Sus caderas subían con fuerza, embistiéndome profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas del desierto.

La intensidad psicológica era brutal. En mi mente, luchaba: ¿Y si nos descubren? ¿Y si esto acaba mal? Pero su mirada, llena de amor y lujuria, disipaba todo. —Te amo, morrita —gruñó entre dientes, volteándome para ponerme de perrito, mi posición favorita. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él. El espejo del tocador reflejaba la escena: mi cara de puta en celo, tetas balanceándose, él sudado y feroz.

Olía a sexo puro: fluidos mezclados, piel caliente, jazmín marchito. Tocábamos el cielo con cada roce, pulsos acelerados latiendo al unísono. Él metía dedos en mi boca, yo chupándolos como si fueran su verga, gimiendo alrededor.

La escalada llegaba al pico. Cambiamos posiciones: yo de espaldas, piernas abiertas, él encima, misionero profundo. Nuestros ojos clavados. —Córrete conmigo, Ricardo. ¡Dame todo!

Él aceleró, bestial pero tierno, sus bolas golpeando mi culo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante desde el estómago hasta la punta de los dedos. —¡Ya, wey! ¡Me vengo!

Explotamos juntos. Mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Chorros calientes llenándome, su semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos. Gritos roncos, mordidas en hombros, uñas clavadas en espaldas. El mundo se disolvió en placer blanco, pulsos retumbando como tambores de danzón.

En el afterglow, colapsamos enredados, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Su cabeza en mis tetas, besándolas suave. El aire fresco secaba nuestro sudor, la luna testigo muda. Me acariciaba el pelo, susurrando promesas.

—Esto es solo el principio, mi vida. Nuestro color de la pasión apenas empieza a brillar.

Yo sonreí, saciada, empoderada. En sus brazos, era invencible. Mañana enfrentaríamos el mundo, pero esta noche, capítulo 80 completado, el fuego bajo nuestra piel ardía eterno.

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