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Sinnumero de Pasiones

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Sinnumero de Pasiones

La brisa salada de Puerto Vallarta te acaricia la piel mientras caminas por la playa al atardecer. El sol se hunde en el Pacífico tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos, y el sonido de las olas rompiendo en la orilla se mezcla con la música de mariachis lejanos. Tienes veintiocho años, Valeria, y has venido sola a este paraíso para desconectarte del ajetreo de la Ciudad de México. Llevas un vestido ligero de algodón que se pega a tus curvas por la humedad, y sientes el arena tibia entre los dedos de los pies. Qué chido estar aquí, sin preocupaciones, solo yo y el mar, piensas mientras te acercas a la fiesta en la playa del hotel.

La fogata crepita, lanzando chispas al aire, y el olor a carne asada en la parrillada te hace la boca agua. Hay risas, copas de tequila chocando, y cuerpos bailando al ritmo de cumbia rebajada. Ahí lo ves: un tipo alto, de piel morena bronceada por el sol, con músculos definidos bajo una camisa blanca desabotonada que deja ver su pecho velludo justo lo suficiente para intrigarte. Se llama Diego, te enteras después, y sus ojos cafés te clavan cuando te ofrece un trago.

Órale, este wey está bien bueno, con esa sonrisa de pendejo encantador que te hace derretir.

—Salud, mamacita —dice con voz grave, su acento tapatío puro, extendiendo la copa—. ¿Primera vez en Vallarta?

Te ríes, sintiendo el primer cosquilleo en el estómago. —Neta, vengo a recargar pilas. ¿Y tú, carnal? Pareces de por aquí.

Hablan de todo y nada: del picante de los tacos de mariscos, de cómo el tequila sabe mejor con limón fresco, del calor que sube la noche. Su mano roza la tuya al pasar la sal, y un escalofrío te recorre la espina dorsal. El deseo inicial es como una chispa, sutil pero ardiente, avivada por el humo de la fogata y el ritmo de la música que invita a mover las caderas.

La tensión crece cuando te invita a bailar. Sus manos en tu cintura son firmes pero gentiles, guiándote en un son jarocho improvisado. Sientes el calor de su cuerpo pegado al tuyo, el sudor perlado en su cuello que huele a sal marina y colonia masculina. Tus pechos rozan su torso con cada giro, y el roce de su aliento en tu oreja te eriza la piel.

—Estás cañona, Valeria —murmura, su voz ronca contra tu cabello—. No manches, me traes loco con ese meneo.

Tu corazón late a mil, el pulso acelerado en las sienes. Quiero más, quiero sentirlo todo. La fiesta se desvanece a su alrededor; solo existe este sinnúmero de pasiones despertando en tu interior, como olas que se acumulan antes de romper.

La noche avanza, y sin palabras innecesarias, caminan hacia tu suite en el hotel. El pasillo iluminado por luces tenues huele a jazmín de los jardines, y el clic de la puerta cerrándose es como un suspiro contenido. Diego te acorrala contra la pared con delicadeza, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Sabe a tequila y menta, su lengua explorando la tuya con urgencia controlada. Tus manos suben por su espalda, arañando suavemente la tela de su camisa, sintiendo los músculos tensos debajo.

Se separan un segundo, jadeantes. —¿Estás segura, reina? —pregunta él, ojos brillantes de deseo pero respetuosos.

—Más que nunca, papi —respondes, tirando de su camisa para quitársela. Su piel es caliente, suave como terciopelo sobre acero, y el olor de su excitación te invade, almizclado y embriagador.

Caen en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con el fuego de sus cuerpos. Diego besa tu cuello, lamiendo el hueco de tu clavícula, mientras sus manos desatan el vestido, exponiendo tus senos al aire acondicionado que eriza tus pezones. Gimes bajito cuando su boca los captura, succionando con maestría, la barba incipiente raspando deliciosamente. Tus dedos se enredan en su cabello negro, guiándolo más abajo.

¡Ay, wey, qué rico! Cada lamida es como electricidad directa al clítoris.

Él obedece, bajando por tu vientre, besando la curva de tus caderas. El sonido de tu tanga rasgándose es obsceno y excitante, y cuando su lengua toca tu centro húmedo, arqueas la espalda. Lamidas lentas, círculos precisos en el capuchón, chupando tus labios mayores con avidez. El sabor salado de tu arousal lo enloquece; gruñe contra ti, vibraciones que te hacen temblar. Tus muslos lo aprietan, el olor a sexo llenando la habitación, mezclado con el aroma a coco de tu loción.

Pero quieres más. Lo empujas hacia arriba, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga sale libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La acaricias, sintiendo la piel sedosa sobre la dureza, el precum perlando la punta que pruebas con la lengua: salado, ligeramente dulce. Lo chupas profundo, oyendo sus gemidos roncos, —¡Chin... qué chida boca tienes, Valeria!—, mientras tus mejillas se hunden en el vaivén.

La intensidad sube. Diego te voltea boca abajo, besando tu espinazo, y entra en ti de rodillas, lento al principio. Sientes cada centímetro estirándote, llenándote por completo, el roce de su pubis contra tus nalgas. Empieza a bombear, primero suave, luego más fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores. Tus paredes lo aprietan, orgasmos pequeños construyéndose en espiral. Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando, uñas en su pecho. Él te agarra las caderas, guiando el ritmo, —¡Muévete así, reina, échale ganas!—.

El clímax llega como una ola gigante. Tus músculos se contraen, un grito ahogado escapando mientras el placer explota en fuegos artificiales desde tu núcleo hacia las puntas de los dedos. Diego te sigue segundos después, gruñendo tu nombre, su semen caliente inundándote en pulsos. Colapsan juntos, sudorosos, entrelazados, el corazón de él latiendo contra tu pecho como un tambor.

En el afterglow, la habitación gira lenta. Él acaricia tu cabello húmedo, besando tu frente. —Fue increíble, corazón. Un sinnúmero de pasiones en una noche.

Tú sonríes, piel pegajosa y satisfecha, el sabor de él aún en tus labios. No era solo sexo; era conexión, fuego puro mexicano, del que te deja marcada para siempre. Afuera, el mar susurra promesas de más aventuras, pero por ahora, en sus brazos, encuentras paz y un eco de éxtasis que perdurará.

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