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Diario de una Pasión Cinepolis

6349 palabras

Diario de una Pasión Cinepolis

Querido diario, hoy decidí escaparme al Cinépolis del centro para ver esa película romántica que tanto anuncian, La Pasión Prohibida. No sé por qué, pero sentía un vacío en el pecho, como si mi cuerpo pidiera algo más que palomitas y refresco. Llegué temprano, el lobby olía a esa mezcla irresistible de mantequilla derretida y perfume barato de las chavas que venden boletos. Me puse mi falda corta negra, la que me hace sentir chida y sexy, y una blusa escotada que deja ver justo lo suficiente para volver loco a cualquier pendejo con ojos.

Entré a la sala, casi vacía, perfecto para perderme en la oscuridad. Elegí un asiento en la última fila, donde nadie molesta. Las luces bajaron, el sonido de los trailers retumbaba en mis oídos como un latido acelerado. De repente, él apareció. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que prometían más de lo que mostraban. Se sentó a mi lado, casual, pero sus ojos se clavaron en mí como si ya supiera mi secreto. "¿Está ocupado?" murmuró con voz grave, oliendo a colonia fresca y algo salvaje debajo. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Neta, no", respondí, y ahí empezó todo.

Sus manos rozaron mi brazo al acomodarse. Piel contra piel, cálida, eléctrica. Pensé: ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien...

La película empezó, pero yo ya no veía la pantalla. Su pierna presionaba la mía, deliberado, invitador. El aire de la sala estaba fresco, pero mi cuerpo ardía. Olía su aroma masculino mezclándose con el mío, ese perfume dulce de mujer en calor. "Me llamo Alex", susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. "Sofía", contesté, mordiéndome el labio. Nuestras manos se encontraron en el apoyabrazos, dedos entrelazados, explorando. Sentí sus callos, fuertes, de alguien que trabaja con las manos, y eso me encendió más.

Acto uno del deseo: la tensión crece lento, como el volumen de la banda sonora. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano, subiendo despacio por mi antebrazo. Mi piel erizada, pezones endureciéndose bajo la blusa. Miré de reojo, su mandíbula tensa, ojos fijos en mí a pesar de la luz parpadeante de la pantalla. "¿Vienes mucho aquí?" preguntó, voz ronca. "Solo cuando busco pasión", dije juguetona, y reí bajito. Él sonrió, esa sonrisa pícara de güey que sabe lo que quiere.

El corazón me latía a mil, como tambores en una fiesta de pueblo. Su mano subió a mi muslo, debajo de la falda, suave, preguntando permiso con cada centímetro. Asentí, abriendo las piernas un poquito, invitándolo. Tacto de sus dedos en mi piel desnuda, áspero y tierno a la vez. El olor a excitación empezó a flotar, ese almizcle íntimo que traiciona al cuerpo. La película avanzaba, besos en pantalla, pero los nuestros eran mentales, promesas mudas.

Quiero que me toque más, que me haga suya aquí mismo en este Cinépolis. ¿Estoy loca? Neta, sí, pero qué rico se siente el riesgo.

La mitad de la peli, y ya no aguantábamos. Me giré hacia él, nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Su lengua invadió mi boca, sabor a chicle de menta y deseo puro. Gemí bajito, vibrando contra su pecho. Sus manos expertas subieron por mis muslos, rozando mis bragas ya húmedas. "Estás mojada, Sofía", gruñó, y yo solo pude asentir, perdida en el vértigo. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, sintiendo su verga dura saltar libre, gruesa, caliente en mi palma. La apreté, masturbándolo lento, oyendo su respiración entrecortada mezclada con los diálogos de la cinta.

Escalada brutal: me subió a su regazo, falda arremangada, bragas a un lado. Su punta rozó mi entrada, resbaladiza de jugos. "¿Quieres?" preguntó, ojos en llamas. "¡Sí, carajo, métemela!", supliqué en susurro. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sensación de plenitud, estirada, palpitante. El cuero del asiento crujía bajo nosotros, sudor perlando su frente, goteando en mi escote. Olía a sexo crudo, a piel sudada, a pasión Cinepolis en su máxima expresión.

Cabalgaba sutil, moviéndome al ritmo de la música de la peli, conteniendo gemidos. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome, fuerte pero cariñoso. Mis uñas en su cuello, dejando marcas rojas. El roce interno, su verga golpeando mi punto G, oleadas de placer subiendo por mi espina. "Eres una diosa", jadeó, mordiendo mi hombro. Yo respondí acelerando, clímax acercándose como tormenta en el desierto sonorense.

Esto es mi diario de una pasión Cinepolis, páginas que arden, que no se borran. Su cuerpo contra el mío, perfecto encaje, como si nos conociéramos de siempre.

La intensidad creció, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él me sujetó firme, embistiendo desde abajo, profundo, animal. El sonido húmedo de carne contra carne, ahogado por explosiones en pantalla. Sudor chorreando entre mis pechos, su lengua lamiéndolo, salado, delicioso. Gemí su nombre, "Alex, me vengo", y exploté, temblores sacudiéndome entera, jugos empapándonos. Él gruñó, tenso, y se corrió dentro, chorros calientes inundándome, marcado como suyo.

Quedamos jadeantes, abrazados en la penumbra. La película terminaba, créditos rodando, pero nosotros en afterglow eterno. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. Besos suaves ahora, tiernos, olor a semen y satisfacción flotando. "Esto fue chingón", murmuró, riendo bajito. "La mejor noche en Cinépolis", agregué, acariciando su cabello revuelto.

Salimos juntos, manos entrelazadas, el lobby ahora lleno de gente ajena a nuestro secreto. Afuera, aire fresco de la noche mexicana, estrellas sobre el antro de placeres. Me dio su número, promesa de más. Caminé a casa con piernas flojas, coño aún latiendo, sonrisa boba.

Querido diario, esta es la entrada que cambia todo. Una pasión Cinepolis que no olvidaré. Mañana, ¿repetimos? Neta, que sí.

Y así termina mi noche, pero el fuego sigue encendido, esperando la secuela.

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