Pasion y Poder Miguel
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Sofia, había llegado a esa gala de empresarios con un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una reina entre lobos. El salón del hotel bullía de risas falsas y copas tintineando, pero mis ojos se clavaron en él desde el primer momento. Miguel. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían tormentas. Vestía un traje negro impecable, y se movía con la seguridad de quien sabe que el mundo gira a su alrededor.
¿Quién es ese wey? pensé, mientras sorbía mi margarita, el limón fresco explotando en mi lengua y el tequila quemándome la garganta. Él charlaba con un grupo de inversionistas, su voz grave retumbando como un trueno lejano. Cada gesto suyo exudaba poder, ese tipo de poder que no grita, sino que susurra y te hace temblar. Me pilló mirándolo y sonrió, una curva lenta en sus labios que me erizó la piel. Caminó hacia mí, apartando a la gente sin esfuerzo, como si el espacio se doblara ante él.
—Buenas noches, reina —dijo, su voz ronca envolviéndome como humo de tabaco caro—. Soy Miguel. ¿Y tú eres...?
—Sofía —respondí, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello—. La que te estaba comiendo con los ojos.
Se rio, un sonido profundo que vibró en mi pecho. Olía a sándalo y cuero nuevo, un aroma que me mareaba. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de cómo el tequila mexicano es el mejor afrodisíaco, de sueños locos que uno no le cuenta a cualquiera. Pero debajo de las palabras, había fuego. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis pechos que subían y bajaban con cada respiración. Yo sentía el calor entre mis piernas crecer, una humedad traicionera que me hacía cruzar las piernas.
—Ven conmigo —me dijo al rato, extendiendo la mano—. Quiero mostrarte algo que te vuele la cabeza.
No lo pensé dos veces. Su penthouse estaba en la torre más alta, con vistas al DF iluminado como un mar de estrellas. Entramos y el aire acondicionado nos golpeó como una caricia fría, contrastando con el bochorno de la calle. Me sirvió un mezcal ahumado, el cristal frío en mi palma, y pusimos música: cumbia rebajada, ese ritmo sensual que te hace mover las caderas sin querer.
Esta noche no hay reglas, Sofia. Solo tú, yo y lo que pinche cuerpo pida.
Bailemos, dijo, y sus manos en mi cintura fueron electricidad pura. Sentí sus dedos fuertes apretando mi carne, guiándome contra su cuerpo duro. Su verga ya se notaba tiesa contra mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Lo miré a los ojos, esos pozos de pasión y poder Miguel, y supe que no había vuelta atrás. Me besó entonces, un beso hambriento que sabía a mezcal y deseo puro. Su lengua invadió mi boca, explorando, dominando sin agresividad, solo con esa seguridad que me hacía derretir.
—Eres una chingona, Sofia —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible—. Me tienes loco con ese culazo.
Reí bajito, arqueándome contra él. Mis manos bajaron a su camisa, desabotonándola con dedos temblorosos. Su pecho era un mapa de músculos tensos, piel morena salpicada de vello oscuro que olía a hombre sudado por el calor de la noche. Lo empujé al sofá de piel blanca, montándome a horcajadas. Sentí su poder debajo de mí, pero era mutuo; yo lo cabalgaba con mis caderas, frotándome contra esa dureza que pedía entrar.
Nos desnudamos entre jadeos. Su boca en mis tetas fue un incendio: chupaba mis pezones duros como piedras, lamiéndolos con la lengua plana, succionando hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las ventanas panorámicas. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que llena el aire cuando estás empapada. Bajé la mano a su pantalón, liberando su verga: gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La apreté, sintiendo el pulso furioso bajo la piel aterciopelada.
—Qué rica verga tienes, Miguel —susurré, lamiendo la punta, saboreando esa sal salada que me volvió loca.
Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo. —Chúpamela, mi amor. Muéstrame cuánto la quieres.
Lo hice, tragándomela hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. El sonido obsceno de mi boca succionando, sus gemidos roncos, el slap de mis labios contra su piel... todo era puro vicio. Pero quería más. Me levanté, quitándome las bragas empapadas, y me abrí para él. Mi panocha chorreaba, los labios hinchados y rosados, el clítoris palpitando como un corazón expuesto.
Miguel me miró con hambre animal. —Estás hecha para mí, Sofia. Ven, siéntate en esta verga.
Me penetró de un solo empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Órale, qué chingón! Grité al sentirlo llenarme hasta el fondo, su grosor rozando cada nervio. Empecé a cabalgar, mis nalgas chocando contra sus muslos con un clap clap rítmico. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mezclado con su colonia. Sus manos amasaban mi culo, azotándolo suave, enviando ondas de placer doloroso.
—Más fuerte, pendejo —le pedí, clavando las uñas en su pecho—. Fóllame como si fuera tuya.
Me volteó sin esfuerzo, poniéndome a cuatro patas en el sofá. Entró de nuevo, profundo, su vientre golpeando mis nalgas. Cada embestida era poder puro, pero consensuado, yo empujando hacia atrás para encontrarlo. Sentía su verga hincharse, rozando mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados. Gemía sin control, palabras sueltas: cógeme, sí, así, cabrón...
El clímax llegó como un terremoto. Primero el mío: mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros de placer mojando sus bolas. Grité su nombre, el cuerpo temblando, el sudor chorreando por mi espalda. Él se corrió segundos después, gruñendo como bestia, llenándome con jetas calientes que se sentían como lava. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones latiendo al unísono.
Después, en la cama king size con sábanas de hilo egipcio, nos quedamos abrazados. El DF parpadeaba afuera, indiferente a nuestro mundo privado. Acaricié su rostro, aún jadeantes.
—Esa pasión y poder Miguel tuyo... me conquistó —dije, besando su hombro salado.
Él sonrió, trazando círculos en mi vientre. —Y tú, mi reina, me tienes enganchado. Esto no termina aquí.
Me dormí con su aroma en la piel, el sabor de él en mis labios, sabiendo que esa noche había cambiado todo. No era solo sexo; era un choque de almas, de deseos que se reconocen al instante. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, supe que volvería por más. Porque en el juego de la pasión y poder, Miguel era el rey... y yo, su igual.