Caracteristicas de las Pasiones
La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio chido de la CDMX que te hace sentir que todo es posible. Lucía caminaba por las calles empedradas del barrio, el aire fresco oliendo a jazmín y tacos al pastor de la esquina. Llevaba un vestido rojo ajustado que le marcaba las curvas, sintiéndose poderosa, lista para soltar la tensión del pinche trabajo de oficina. Hacía meses que no salía, que no sentía esa chispa, y esa noche juró que iba a cazarla.
Entró al bar de salsa, el ritmo de los tambores retumbando en su pecho como un corazón acelerado. El sudor de los bailarines flotaba en el aire, mezclado con ron y perfume caro. Se sentó en la barra, pidió un cuba libre, y ahí lo vio: Diego, alto, moreno, con una sonrisa pícara que le iluminaba los ojos cafés. Bailaba solo en la pista, moviéndose con esa gracia mexicana que te hace babear, camisa blanca pegada al torso por el calor.
Órale, qué tipo tan chido, pensó Lucía, mientras sorbía su trago, el hielo chocando contra el vidrio. Él la miró, directo, como si ya supiera sus secretos. Se acercó, oliendo a colonia fresca y hombre.
—
¿Bailamos, preciosa?dijo con voz ronca, extendiendo la mano.
Lucía sonrió, el corazón latiéndole fuerte. —
Neta, me late, respondió, y se dejó llevar a la pista. Sus cuerpos se pegaron al instante, cadera contra cadera, el calor de su piel traspasando la tela. El sudor de él le rozaba el cuello, y ella inhaló profundo, ese olor masculino que despierta lo primal.
La música los envolvió, salsa dura, trompetas chillando. Diego la giraba, sus manos firmes en su cintura, bajando un poquito más de la cuenta, rozando el borde de sus nalgas. Lucía sentía el pulso en su entrepierna, esa humedad traicionera creciendo. Las caracteristicas de las pasiones empezaban a revelarse: ese fuego lento que te quema por dentro, la urgencia de tocar sin pedir permiso, pero con ojos que lo dicen todo.
Después de tres canciones, sudados y jadeantes, se sentaron en una mesa apartada. Diego pidió tequilas, el líquido ámbar quemando la garganta de Lucía como una promesa.
—
¿Qué te trae por aquí, Lucía? No pareces de las que vienen solas, preguntó él, sus dedos rozando los de ella al pasar el shot.
—
Buscando algo real, wey. La vida de oficina me tiene harta. ¿Y tú?
Él se rio, una risa grave que vibró en su pecho. —
Lo mismo. Pero neta, desde que te vi, supe que esta noche iba a ser diferente. Sus ojos bajaron a sus labios, y Lucía sintió un escalofrío, los pezones endureciéndose bajo el vestido.
Hablaron horas, de todo y nada: de la pinche ciudad que no duerme, de sueños locos, de cómo el deseo es como el tequila, te pega de golpe. Diego era arquitecto, con manos callosas de trabajar en obra, y eso la ponía. Imaginaba esas manos explorándola, fuertes pero tiernas.
Estas son las caracteristicas de las pasiones, pensó ella,
esa conexión que no explicas, que te hace mojar con solo una mirada.
La tensión crecía, el aire entre ellos cargado de electricidad. Diego se inclinó, su aliento cálido en su oreja: —
Vámonos de aquí. Mi depa está a dos cuadras.
Lucía no dudó. Salieron tomados de la mano, la noche fresca contrastando con el fuego interno. Caminaron rápido, riendo, besándose en las esquinas, lenguas danzando con sabor a tequila y menta.
El departamento de Diego era moderno, minimalista, con vistas a los luces de la Reforma. Cerró la puerta y la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios eran suaves pero exigentes, la barba incipiente raspando deliciosamente su piel. Lucía gimió, arqueando la espalda, sintiendo su erección dura contra su vientre.
—
Te deseo tanto, Lucía. Dime que sí, murmuró él, deteniéndose para mirarla a los ojos.
—
Sí, pendejo. No pares, respondió ella, jalándolo hacia el sofá.
Se desvistieron despacio, saboreando cada revelación. La camisa de él voló, mostrando un pecho definido, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Lucía se quitó el vestido, quedando en tanga negra y bra, el aire fresco erizando su piel. Diego la miró como si fuera un manjar, sus manos temblando al desabrocharle el sostén.
Sus pechos quedaron libres, pesados, los pezones rosados pidiendo atención. Él los lamió, succionando suave al principio, luego fuerte, mordisqueando lo justo para que ella jadeara. Qué rico, pensó Lucía, el calor subiendo por su espina, sus uñas clavándose en su espalda.
La llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Diego besó su vientre, bajando lento, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Quitó la tanga con los dientes, exponiendo su sexo depilado, húmedo y brillante. —
Estás chingona, tan mojada para mí, dijo, y su lengua la tocó, plana y caliente, lamiendo desde el clítoris hasta la entrada.
Lucía gritó, las caderas elevándose. El placer era olas, su lengua girando, chupando, dos dedos entrando despacio, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Las caracteristicas de las pasiones se desplegaban: el abandono total, el olor a sexo llenando la habitación, el sonido húmedo de su boca devorándola, el sabor salado que él gemía al saborear.
—
No aguanto más. Fóllame, Diego, suplicó ella, la voz ronca.
Él se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza roja goteando precum. Se puso condón rápido, siempre responsable, y se posicionó entre sus piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lucía sintió cada vena, el calor palpitante llenándola.
—
¡Ay, cabrón! Qué grande, jadeó, envolviéndolo con las piernas.
Empezaron lento, mirándose a los ojos, susurros de te sientes tan bien, más adentro. El ritmo creció, caderas chocando con palmadas húmedas, sudor resbalando entre sus cuerpos. Diego la volteó, de perrito, agarrando sus caderas, embistiéndola profundo. Lucía se tocaba el clítoris, el placer acumulándose como tormenta.
El clímax la golpeó primero, un grito ahogado, su coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus muslos. Diego gruñó, acelerando, hasta que se vino con un rugido, temblando dentro de ella.
Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa. Él la abrazó por detrás, besando su cuello, el corazón latiendo al unísono. El cuarto olía a sexo y sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera.
—
Esto fue increíble, murmuró Diego, acariciando su cabello.
Lucía sonrió, satisfecha, el cuerpo lánguido.
Las caracteristicas de las pasiones, reflexionó,
son ese fuego que te consume y te reconstruye, la entrega total que te deja flotando. Se durmieron así, envueltos en el afterglow, sabiendo que la noche había cambiado todo.
Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, Lucía se despertó con su mano en su pecho. Se besaron lento, prometiendo más. Salió del depa con piernas flojas, el recuerdo de él grabado en su piel, lista para perseguir más pasiones en esta loca ciudad.