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Ranek Pasión por el Cacao

7506 palabras

Ranek Pasión por el Cacao

El sol de Tabasco caía a plomo sobre la hacienda, tiñendo de oro las hojas anchas de los cacaotales que se extendían como un mar verde hasta donde alcanzaba la vista. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México, buscando un respiro de la rutina asfixiante. Había oído hablar de Ranek Pasión por el Cacao, esa marca artesanal que prometía no solo chocolate puro, sino una experiencia que despertaba los sentidos. Reservé un tour privado sin pensarlo dos veces, atraída por las reseñas que hablaban de un tal Ranek, el dueño, un tipo que convertía el cacao en poesía viva.

Al bajar del taxi, el aire húmedo me envolvió como un abrazo cálido, cargado del aroma terroso y dulce de la fermentación. Mis sandalias crujieron sobre la grava fina del camino principal, flanqueado por palmeras que susurraban con la brisa. Ahí estaba él, esperándome junto a la entrada de la casona colonial: Ranek, alto, moreno, con ojos negros como el cacao puro y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Llevaba una guayabera blanca pegada al torso por el sudor, delineando músculos forjados en el trabajo diario.

¡Órale, qué hombre!, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que nada tenía que ver con el hambre.

—Bienvenida, Ana —dijo con voz grave, ronca como el trueno lejano—. Soy Ranek. Ranek Pasión por el Cacao es mi vida. Ven, te voy a mostrar por qué este fruto es el más sensual de la tierra.

Me tomó del brazo con gentileza, su piel áspera rozando la mía, enviando chispas directas a mi centro. Caminamos entre los árboles, donde las mazorcas maduras colgaban pesadas, listas para ser cosechadas. Me explicó el proceso con pasión: la fermentación en hojas de plátano, el tueste lento que liberaba notas florales y ahumadas. Cada palabra suya era un caricia verbal, y yo no podía evitar imaginar esas manos expertas en mi cuerpo.

Entramos a un cobertizo sombreado, donde el olor intenso del cacao molido me golpeó como una ola. Sacó una bandeja con muestras: nibs crujientes, pasta espesa, chocolate fundido. Me invitó a probar, sus dedos rozando mis labios al ofrecerme un trozo.

—Saborea, mamacita —murmuró—. Deja que te invada.

El sabor explotó en mi lengua: amargo al principio, luego dulce, cremoso, con un regusto a vainilla y chile que me hizo gemir bajito. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de electricidad. Él se lamió los labios, y supe que el tour acababa de volverse personal.

La tarde avanzaba, y Ranek me llevó a su taller privado, un rincón apartado con mesas de madera pulida y velas encendidas que parpadeaban sombras danzantes. El aire estaba espeso, perfumado con cacao caliente y un leve almizcle que emanaba de su piel sudorosa. Me sirvió una taza humeante, nuestras manos se demoraron en el contacto.

—Aquí es donde nace mi pasión por el cacao —confesó, sentándose cerca, su muslo rozando el mío—. No es solo negocio, Ana. Es deseo puro. Como el que siento ahora por ti.

Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las costillas.

¿Estoy loca? Vine por chocolate, no por esto. Pero ¡qué chido se siente este calor!
Le sonreí, juguetona, y acerqué mi mano a su pecho, sintiendo el latido bajo la tela húmeda.

—Muéstrame más, Ranek. Enséñame tu pasión de verdad.

Se levantó, atrayéndome con él. Sus labios capturaron los míos en un beso lento, profundo, saboreando a cacao y hombre. Gemí contra su boca, mis manos explorando su espalda ancha, arañando suavemente la guayabera hasta quitársela. Su piel era caliente, salada, con el olor terroso del campo mezclado al dulce cacao que aún nos manchaba los dedos.

Ranek me recostó sobre la mesa, sus manos expertas desabotonando mi blusa con deliberada lentitud. El roce de sus callos contra mis pezones endurecidos me arrancó un jadeo. Bajó la cabeza, lamiendo un camino desde mi cuello hasta mi vientre, dejando huellas húmedas que se enfriaban al aire.

—Eres más dulce que mi mejor chocolate —gruñó, mientras sus dedos desabrochaban mis jeans, deslizándolos por mis caderas con mi ayuda ansiosa.

Yo arqueé la espalda, exponiéndome, vulnerable y poderosa a la vez. El sonido de su cremallera bajando fue como un trueno en la quietud, seguido del roce de su miembro duro contra mi muslo. Lo guié con la mano, sintiendo su grosor, su calor pulsante. Nos frotamos mutuamente, explorando, el cacao derretido que él untó en mi piel convirtiéndose en lubricante resbaladizo.

Pendejo delicioso, pensé, riendo por dentro mientras él pintaba espirales de chocolate en mis senos, lamiéndolas con lengua ávida. Cada lamida era fuego, cada succión un tirón directo a mi clítoris hinchado. Mis uñas se clavaron en su cabello, guiándolo más abajo, donde el aroma de mi excitación se mezclaba al cacao.

¡Ay, cabrón, no pares! —supliqué, mis caderas ondulando contra su boca.

Él obedeció, devorándome con hambre, su lengua danzando en círculos perfectos hasta que el orgasmo me sacudió como un terremoto, olas de placer que me dejaron temblando, gritando su nombre.

Pero no habíamos terminado. Ranek se incorporó, sus ojos brillando con triunfo y deseo renovado. Me volteó con facilidad, colocándome de rodillas sobre la mesa, mi trasero expuesto al aire fresco. Sentí su glande presionando mi entrada húmeda, resbaladiza por el cacao y mis jugos.

—Dime si quieres, corazón —preguntó, voz tensa por el control.

¡Sí, métemela ya, güey! —respondí, empujando contra él.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel húmeda llenó el taller, mezclado a nuestros gemidos roncos. Sus manos agarraron mis caderas, embistiendo con ritmo creciente, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sudor nos unía, goteando, el olor almizclado de sexo y cacao envolviéndonos como niebla.

Me alcé sobre los codos, girando para besarlo, nuestras lenguas enredándose mientras él aceleraba. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro de mí, cada contracción de mis paredes apretándolo más. La tensión crecía, un nudo apretado en mi bajo vientre listo para estallar.

—Voy a venirme, Ana... contigo —jadeó contra mi oído.

Lo apreté fuerte, y explotamos juntos: él llenándome con chorros calientes, yo convulsionando en éxtasis, un grito ahogado escapando de mi garganta. Colapsamos sobre la mesa, su peso reconfortante sobre mí, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Nos quedamos así un rato, piel pegajosa, corazones calmándose. Ranek me besó la nuca, suave, tierno.

—Esto es Ranek Pasión por el Cacao en su máxima expresión —susurró, riendo bajito—. Contigo, es perfecto.

Me giré en sus brazos, acurrucándome contra su pecho. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se colaban por la ventana. Afuera, los grillos empezaban su coro nocturno, y el aroma del cacao persistía, ahora mezclado al nuestro.

Regresaré, pensé, saboreando el regusto en mis labios. Esta pasión no era solo por el cacao; era por él, por esta conexión salvaje y dulce que acababa de nacer en medio de los cacaotales. Y mientras nos vestíamos entre risas y caricias robadas, supe que Tabasco guardaría este secreto nuestro, tan intenso como el fruto que lo inspiró.

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