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Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Según San Lucas en Carne Viva

7479 palabras

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Según San Lucas en Carne Viva

Era Viernes Santo en la casa colonial de mi familia en Puebla, con el aire cargado del olor a incienso y flores de bugambilia que mi mamá había puesto por todos lados. Yo, Lucía, de veintiocho años, estaba sola en mi cuarto, recostada en la cama con mi Biblia abierta en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas. Las palabras saltaban de las páginas como fuego líquido: el sudor de sangre, los clavos en la carne, el abandono en Getsemaní. Pero en mi mente pecadora, no era solo sufrimiento lo que veía. Era pasión pura, cruda, la que hace que el cuerpo tiemble y el corazón lata como tambor de fiesta.

¿Por qué carajos me excita tanto esto? —pensé, mientras mis dedos rozaban distraídamente el borde de mi blusa—. Es el dolor mezclado con entrega total, como cuando un hombre te toma sin piedad pero con amor que quema.

El sol se colaba por las cortinas de encaje, calentando mi piel morena. Me quité la blusa despacio, sintiendo el roce fresco de la tela contra mis pezones que ya se endurecían solos. Afuera, se oían las procesiones lejanas, el lamento de las saetas y el redoble de tambores. Pero aquí dentro, mi propia procesión empezaba. Recordé a Mateo, mi carnal secreto, ese güey alto y moreno que trabajaba en la hacienda vecina. Hacía semanas que no lo veía, pero su olor a tierra y sudor me perseguía en sueños.

De repente, un ruido en la ventana. Salté de la cama y ahí estaba él, sonriendo con esa picardía que me deshace. —Órale, Lucía, ¿interrumpo tu rezo? —dijo bajito, trepando con agilidad de gato montés.

Lo jalé adentro, cerrando la ventana rápido pa' que no nos cacharan. Su cuerpo duro chocó contra el mío, y olí su esencia: mezcal viejo, tabaco y hombre puro. —Eres un pendejo por venir hoy —le susurré, pero mis manos ya le desabrochaban la camisa—. Viernes Santo, wey.

—Por eso vengo, mi reina. Pa' hacer nuestra propia pasión —respondió, besándome el cuello con labios calientes que sabían a chile y deseo.

Nos dejamos caer en la cama, la Biblia aún abierta al lado. Leí en voz alta un verso de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas: "Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz" —mi voz salió ronca, temblorosa. Mateo rio bajito, su mano grande bajando por mi vientre. —Pero no lo pasaste, ¿verdad? Aguantaste todo por amor. Así te quiero yo, aguantando mis besos hasta que grites.

Acto primero de nuestra ceremonia: exploración lenta. Sus dedos trazaban mi piel como si fuera un mapa sagrado, deteniéndose en mis senos. Sentí el pulgar rozando el pezón, un cosquilleo que bajaba directo al ombligo y más allá. Olía a mi propia humedad mezclada con su sudor fresco. Lo besé con hambre, mordiendo su labio inferior, probando el salado de su boca. —Quítame todo, Mateo. Hazme tuya como él en la cruz.

Me desnudó con calma, admirando cada curva. —Estás bendita, Lucía. Mira cómo brilla tu piel con este sol. Yo le bajé los pantalones, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como resorte. La tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, las venas latiendo bajo mi palma. Neta, es perfecta —pensé—, gruesa y lista pa' partirme en dos.

Nos recostamos lado a lado, piel con piel. El roce de su pecho peludo contra mis tetas suaves era eléctrico, como chispas de tormenta. Le lamí el cuello, bajando al pecho, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Él gemía bajito, "Ay, wey, qué rica eres", mientras sus manos masajeaban mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona.

La tensión crecía como marea en la costa veracruzana. Lo empujé boca arriba y me subí encima, rozando mi concha húmeda contra su verga sin entrar aún. Sentía el glande mojado por mis jugos, resbaloso, rozando mi clítoris hinchado. —Siente cómo te quiero, cabrón —le dije, moviéndome lento, torturándolo. Él gruñía, manos en mis caderas, "Chíngame ya, Lucía, no seas mala."

Esto es el purgatorio del deseo —me dije—, donde cada roce duele de lo rico que es.

El cuarto olía a sexo naciente, a feromonas y velas de parafina que ardían en el altar familiar. Afuera, las campanas doblaban lúgubres, pero nosotros hacíamos nuestra sinfonía: jadeos, roces húmedos, la cama crujiendo bajito.

Pasamos al acto segundo, la escalada. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. ¡Madre santa! —grité en mi mente—. Es como clavos de placer, estirándome, pulsando dentro. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis tetas rebotando con cada embestida. Él las tomaba, chupando un pezón con lengua experta, succionando hasta que vi estrellas.

Cambié de posición: él encima ahora, misionero profundo. Sus caderas chocaban contra las mías con ritmo de cumbia brava, piel palmoteando piel. Olía su axila cerca, ese aroma macho que me volvía loca. —Más fuerte, Mateo, dame todo —le rogaba, uñas clavadas en su espalda ancha. Él aceleraba, sudando sobre mí, gotas cayendo en mi boca abierta. Las lamí, saladas y calientes.

En mi cabeza, fragmentos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas se mezclaban: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." Y yo pensaba: En tus manos, Mateo, encomiendo mi concha. Fóllame hasta el cielo. La intensidad subía, mis paredes internas apretándolo, ordeñándolo. Él gemía "¡Te voy a llenar, mi amor!" pero aguantábamos, prolongando el éxtasis.

Lo volteamos de lado, cucharita ardiente. Su mano adelante, frotando mi botoncito hinchado mientras me penetraba lento y profundo. Cada roce era fuego: el vello de su pubis raspando mi culo, su aliento caliente en mi oreja. —Estás empapada, Lucía, neta que eres una diosa —susurraba. Yo respondía con gemidos ahogados, mordiendo la almohada pa' no gritar y alertar a la casa.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. Cambiamos a perrito: yo de rodillas, él detrás, jalándome el pelo suave como riendas. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, cada una golpeando mi punto G hasta que vi relámpagos. Sentía su verga hincharse más, lista para explotar. —¡Ven conmigo, wey! —grité bajito.

Acto tercero, la liberación. El orgasmo me azotó como rayo: ondas de placer desde el clítoris hasta la nuca, mi concha contrayéndose en espasmos, ordeñando su leche. Él rugió, "¡Ahhh, Lucía!", y sentí el chorro caliente inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Él me besaba la frente, "Eres mi pasión eterna, mi Santa Lucía." Yo reí bajito, oliendo nuestro olor mezclado, saboreando el beso salado final. La Biblia seguía abierta, testigo muda de nuestra herejía santa.

La verdadera pasión no está solo en las páginas —reflexioné—, sino en la carne que se entrega sin reservas. Mañana será otro día, pero este Viernes Santo quedará grabado en mi alma... y en mi cuerpo.

Afuera, las procesiones seguían, pero nosotros habíamos encontrado nuestra redención en el pecado consensuado, en el amor que quema y sana.

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