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Diablo La Pasión de Cristo

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Diablo La Pasión de Cristo

Las campanas de la iglesia de Taxco repicaban con fuerza, anunciando el Viércoles Santo. El aire estaba cargado de incienso y el olor dulce de las flores de cempasúchil que adornaban las calles empedradas. Yo, Ana, caminaba entre la multitud con mi rebozo negro sobre los hombros, sintiendo el calor pegajoso del sol de Guerrero colándose por debajo de mi falda larga. Tenía veintiocho años, soltera por elección, pero con un fuego interno que las misas no apagaban. Era maestra en la secundaria local, y cada año participaba en la representación de La Pasión de Cristo, ese drama callejero que atraía turistas de todo el mundo.

Este año, el nuevo diablo era él. Carlos. Lo vi por primera vez en los ensayos, con su piel morena brillando bajo el sudor, cuernos postizos y una capa roja que se le pegaba al cuerpo musculoso. Sus ojos negros me taladraron como si supiera todos mis secretos.

¿Qué carajos me pasa? Es solo un actor, un pendejo guapo que viene de la capital a hacer su numerito.
Pero cuando ensayó su escena de tentación, su voz grave retumbó: "¡Ven, mortal, prueba el fruto prohibido!" y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

Después del ensayo, nos cruzamos en la plaza. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre. "Órale, Ana, ¿ya te conquisté en el escenario?", me dijo con una sonrisa pícara, ofreciéndome un elote asado. Su aliento olía a chile y limón, fresco, tentador. Reí, nerviosa, sintiendo el maíz caliente quemándome los dedos. "Ni lo sueñes, diablo. Yo soy de las que resisten." Pero mi voz salió ronca, traicionándome. Charlamos horas, de la vida en México City contra la tranquilidad de Taxco, de cómo él amaba el teatro erótico underground. Neta, cada palabra suya era como una caricia en la nuca.

La tensión creció esa noche en mi pequeño departamento en la colonia Alta Vista, con vistas a las minas de plata. No era lujo, pero limpio y acogedor, con velas de cera de abeja encendidas y el aroma de mi té de manzanilla flotando. Carlos me había invitado a una cena improvisada. Llegó con una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, su camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho. "Para celebrar Diablo La Pasión de Cristo, mi papel favorito", dijo guiñándome. Nos sentamos en el balcón, el viento nocturno trayendo ecos de mariachis lejanos. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, soltando mis inhibiciones.

Es el diablo en persona, pero qué chingón se ve. Quiero sentir esas manos en mi piel, romper este ayuno de placer que me he impuesto.

Sus rodillas se rozaron con las mías bajo la mesa. "¿Sabes, Ana? En la obra, el diablo no tienta para dañar, sino para liberar. ¿Qué te ata a ti?" Su dedo trazó mi antebrazo, enviando chispas eléctricas. Me mordí el labio, el sabor salado de mi propia anticipación en la boca. "La culpa, carnal. La iglesia, la familia, todo eso que dice que el deseo es pecado." Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja. "Pues déjame ser tu liberación." Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, luego hambrientos. Sabía a humo de leña y deseo puro. Sus manos en mi cintura me levantaron como si no pesara nada, llevándome adentro.

En el cuarto, la luz de la luna se filtraba por las cortinas de algodón, bañándonos en plata. Me quitó el rebozo despacio, besando mi cuello mientras lo dejaba caer. Su piel contra la mía, áspera y caliente, como arena del Pacífico en verano. "Eres preciosa, neta", murmuró, desabotonando mi blusa. Mis pechos se liberaron, los pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada. Los lamió con la lengua experta, un gemido escapó de mi garganta, ronco y animal. El sonido de su succión, húmeda y rítmica, se mezcló con mi respiración agitada. Olía a su sudor masculino, almizclado, mezclado con mi aroma de jazmín del jabón.

Lo empujé a la cama, mi cama de sábanas de hilo egipcio que crujieron bajo su peso. Le arranqué la camisa, arañando levemente su espalda. "Muéstrame tu pasión, diablo", le dije, montándome a horcajadas. Su verga ya dura presionaba contra mis muslos a través del pantalón. La desabroché, liberándola: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor vivo, el pulso acelerado como un corazón desbocado. Él gruñó, "¡Chingada madre, Ana, qué rica!" mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ligeramente dulce.

Pero no quería apresurar. La tensión había construido semanas de miradas en ensayos, roces accidentales. Ahora, rodamos en la cama, él encima, besando mi vientre, bajando a mi concha ya empapada. Sus dedos separaron mis labios, el aire fresco tocando mi clítoris hinchado. "Mírate, tan mojada por mí", dijo, y metió la lengua, chupando con avidez. Sentí olas de placer, mis caderas arqueándose, el sonido de mis jugos siendo devorados.

¡Ay, Dios, o diablo, lo que sea! Esto es vida, no pecado.
Grité su nombre, mis uñas clavadas en su cabello negro.

Él se incorporó, ojos brillando como brasas. "¿Estás lista para la pasión completa?" Asentí, abriendo las piernas. Su verga rozó mi entrada, lubricada y ansiosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se convirtió en éxtasis puro cuando me llenó por completo. Nuestros cuerpos chocaron, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos altos, sus gruñidos bajos. "¡Más fuerte, Carlos, dame todo!" Olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas en calor.

Cambié posiciones, él de rodillas detrás, mis tetas balanceándose mientras me embestía. Su mano en mi clítoris, frotando en círculos. La presión creció, interna, como una tormenta en el Pacífico. Siento su verga palpitar dentro, mis paredes contrayéndose, el orgasmo acercándose como un tren. "¡Ven conmigo, mi diablo!", grité. Él aceleró, su aliento jadeante en mi espalda. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, chorros de placer escapando, él llenándome con su leche caliente, profunda. Rugió como el diablo en la obra, pero tierno, mío.

Colapsamos, entrelazados, el corazón latiendo al unísono. Su semen goteaba entre mis muslos, cálido y pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue Diablo La Pasión de Cristo en carne viva", susurró riendo. Yo sonreí, acariciando su rostro.

Ya no hay culpa. Solo libertad, placer compartido. Esto es mi nueva fe.

Al amanecer, el sol entró tiñendo la habitación de oro. Preparamos café de olla en la cocina, el aroma de canela y piloncillo llenando el aire. Hablamos del futuro, de más noches así, de integrar su rol de diablo con mi devoción renovada. Caminamos de la mano por Taxco, la gente mirándonos con envidia. La Semana Santa continuaba, pero yo ya había vivido mi propia pasión. El diablo no me tentó; yo lo invité. Y qué chido fue.

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