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Curiosidades Sensuales de la Pasion de Cristo

6394 palabras

Curiosidades Sensuales de la Pasion de Cristo

Estaba yo en el tianguis de libros usados de la Alameda, en el corazón del DF, con el sol pegando duro y ese olor a tacos de canasta que te hace la boca agua. Tenía ganas de algo diferente, no las novelitas románticas de siempre, sino algo que me removiera el alma. Ahí lo vi, entre pilas de polvorientos tomos religiosos: Curiosidades de la Pasion de Cristo. El título me llamó como un susurro pecaminoso. Lo abrí y las páginas crujieron, oliendo a papel viejo y misterio. Compré el pinche libro por veinte varos y me fui a mi departamentito en la Roma, con el corazón latiéndome más rápido de lo normal.

Llegué sudada, el aire caliente de la ciudad pegado a la piel como un amante pegajoso. Me quité la blusa, quedé en bra y shorts, y me tiré en el sillón con una chela fría. El ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de mi propio aroma. Abrí el libro. No era el típico librito de iglesia. Hablaba de detalles carnales: el sudor de Jesús en el huerto, gotas como sangre resbalando por su piel morena, el roce áspero de la cruz contra su espalda ensangrentada.

¿Y si esa pasión no era solo dolor, sino un fuego que quema desde adentro?
pensé, mientras sentía un cosquilleo entre las piernas. Leí sobre María Magdalena secando los pies del Maestro con su cabello, el olor a perfume y tierra, el tacto suave de la piel contra la suya. Mi mano bajó sola, rozando mi vientre, el calor subiendo como lava.

El teléfono vibró. Era Marco, mi carnal del alma, el wey que me conocía mejor que nadie. ¿Qué onda, reina? ¿Sales hoy? Tecleé rápido: Ven pa'cá, encontré algo chingón que te va a volar la cabeza. Curiosidades de la Pasion de Cristo, pero con un twist caliente. Media hora después, tocó la puerta. Marco entró oliendo a colonia barata y cerveza, con su camiseta ajustada marcando los músculos del gym. Me abrazó fuerte, sus manos grandes en mi cintura, y yo sentí su aliento caliente en el cuello.

—Órale, Ana, ¿qué traes? —dijo, sentándose a mi lado, su muslo rozando el mío.

Le pasé el libro. —Lee esto, pendejo. No es lo que piensas.

Él hojeó las páginas, sus ojos oscuros brillando. Leyó en voz alta sobre el látigo flagelando la carne, el chasquido en el aire húmedo de Jerusalén, el gemido ahogado que se mezcla con placer prohibido. Su voz grave me erizaba la piel. Yo ya estaba mojadita, el short pegándose a mí. Marco levantó la vista, su mirada fija en mis tetas semi-desnudas.

—Neta, esto es heavy. ¿Cómo unas curiosidades de la Pasion de Cristo te ponen así de caliente?

Me reí, juguetona. —Porque la pasión es pasión, wey. Dolor, sudor, entrega total. Imagínate si en vez de cruz, fuera...

No terminé. Él me jaló hacia él, sus labios chocando contra los míos. Sabían a menta y deseo urgente. Nuestras lenguas bailaron, explorando, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el bra con un clic experto. Mis pezones se endurecieron al aire, y él los tomó entre dedos ásperos, pellizcando suave. ¡Ay, cabrón! gemí bajito, el placer punzando como espinas dulces.

Nos movimos al cuarto, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. El olor a sexo ya flotaba, mezclado con el jazmín del balcón. Marco me tumbó en la cama, sus ojos devorándome. —Voy a ser tu Cristo, Ana. Déjame flagelarte con placer.

Me quité el short, quedé en tanga empapada. Él se desvistió lento, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, piel caliente y suave como terciopelo sobre hierro. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho. Bajó la cabeza entre mis piernas, su aliento caliente rozando mi panocha. Lamida primero, lengua plana lamiendo el sudor salado, luego chupando el clítoris con succiones que me arquearon la espalda.

Esto es la verdadera pasion
, pensé, mientras mis caderas se movían solas, follándole la cara. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos roncos, su respiración agitada. Olía a mí, a mujer en celo, almizcle puro. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. —¡Más, Marco, no pares, pendejo!

Él obedeció, acelerando, su boca succionando mientras sus dedos follaban rítmico. El orgasmo subió como una ola del Pacífico, rompiendo con temblores que me sacudieron entera. Grité, clavando uñas en su cabeza, el mundo blanco por segundos.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que corría como las gotas del huerto. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, y sentí su lengua ahí, prohibida y deliciosa, explorando el ano con toques suaves. ¡Qué rico, wey! El placer nuevo me abrió como una flor. Luego, su verga presionó mi entrada, resbaladiza de jugos. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo.

—Eres tan chida, Ana —gruñó, empezando a bombear, piel contra piel chocando con palmadas húmedas.

Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, su verga rozando paredes sensibles. Sudábamos juntos, el cuarto un horno de gemidos y resuellos. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas botando, sus manos guiándome. Le clavé las uñas en el pecho, dejando marcas rojas como llagas. La pasion de cristo en nuestras carnes, se me cruzó en la mente, mientras el ritmo se volvía frenético.

Él se sentó, abrazándome, nuestras frentes pegadas, sudor goteando. Besos salvajes, mordidas en hombros. Sentí su verga hincharse más, y yo apreté alrededor, ordeñándolo. —¡Me vengo, reina! —rugió.

Yo también, el segundo orgasmo explotando, contracciones ordeñando su leche caliente que brotó en chorros dentro de mí. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso con olor a semen y éxtasis.

Después, acostados, el ventilador secando nuestro sudor, Marco tomó el libro de la mesita. —Esas curiosidades de la Pasion de Cristo nos prendieron fuego, ¿eh?

Sonreí, trazando círculos en su pecho. —Sí, carnal. Quién iba a decir que un librito religioso nos haría follar como animales benditos.

Nos quedamos así, en afterglow, con la ciudad zumbando afuera. Esa noche, la pasión no era solo del Cristo, era nuestra, carnal y eterna, marcada en la piel y el alma.

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