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Pasion de Gavilanes Sara y Franco en Llamas

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Pasion de Gavilanes Sara y Franco en Llamas

Sara se recargaba en la baranda del porche de la hacienda Gavilanes, el sol del mediodía cayendo a plomo sobre las colinas verdes de Jalisco. El aire olía a tierra húmeda y a jazmín silvestre que trepaba por las paredes de adobe. Su blusa de algodón se pegaba a su piel morena, marcada por el sudor que resbalaba entre sus pechos generosos. Hacía meses que no veía a Franco, pero la pasion de gavilanes Sara y Franco era como un fuego que nunca se apagaba del todo. Ese hombre rudo, con sus manos callosas de jinete y su mirada que prometía tormentas, la había marcado para siempre.

Escuchó el relincho de un caballo y el trote firme sobre el empedrado. Ahí venía, montado en su semental negro, la camisa abierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Franco Reyes, el rey de Gavilanes, desmontó con gracia felina, sus botas levantando polvo que danzaba en el aire caliente. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus caderas enfundadas en una falda ligera.

—Sara... —murmuró con esa voz grave que le erizaba la piel—. ¿Qué chingados haces aquí sola, mamacita?

Ella sonrió, sintiendo un cosquilleo en el vientre.

¡Neta, este pendejo aún me pone como moto!
El corazón le latía fuerte, recordando noches pasadas en que sus cuerpos se enredaban como lianas en la selva. Pero había orgullo entre ellos, discusiones por celos tontos, por la vida dura del rancho. Hoy, sin embargo, solo quería sentirlo cerca.

—Esperándote, Franco. Como siempre. Ven, anda.

Él se acercó, el olor a cuero y sudor masculino invadiéndola. Sus dedos ásperos rozaron su mejilla, bajando por el cuello hasta el primer botón de la blusa. Sara jadeó, el toque enviando chispas por su espina dorsal.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Entraron a la casa, la puerta cerrándose con un clac que sonó a promesa. La sala era fresca, con muebles de madera oscura y cortinas que filtraban la luz en rayos dorados. Sara lo empujó contra la pared, sus labios chocando en un beso hambriento. Sabían a tequila y a deseo reprimido, lenguas danzando con urgencia.

Franco gruñó, sus manos grandes amasando sus nalgas, levantándola contra él. Ella sintió la dureza de su verga presionando su monte de Venus a través de la tela. ¡Qué chingón se siente! El roce era eléctrico, haciendo que su panocha se humedeciera al instante.

—Te extrañé, Sara. No sabes cuánto —confesó él, mordisqueando su oreja, el aliento caliente provocándole escalofríos.

La llevó en brazos al cuarto, tirándola sobre la cama de sábanas blancas que crujieron bajo su peso. Se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando de sudor: pectorales firmes, abdomen marcado, y esa verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un gavilán listo para cazar. Sara se lamió los labios, el sabor salado de su propia anticipación en la boca.

Se quitó la blusa, los pechos saltando libres, pezones oscuros endurecidos por el aire y la vista de él. Franco se abalanzó, succionando uno con avidez, la lengua girando mientras su mano se colaba bajo la falda, dedos gruesos frotando su clítoris hinchado a través de las bragas empapadas.

—¡Ay, Franco! ¡No mames, qué rico! —gimió ella, arqueando la espalda, las uñas clavándose en sus hombros anchos.

El sonido de sus jadeos llenaba la habitación, mezclado con el zumbido de moscas afuera y el viento susurrando en las ventanas. Olía a sexo incipiente, a almizcle femenino y masculino, a piel caliente.

Acto dos: la escalada. Franco le arrancó las bragas, exponiendo su concha rosada y jugosa, los labios mayores hinchados de necesidad. Se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo su aroma embriagador, como miel y sal. Su lengua plana lamió desde el perineo hasta el capuchón, saboreando el néctar que brotaba.

Sara se retorcía, las sábanas enredándose en sus puños.

¡Este cabrón me come como si fuera su última cena! Nunca nadie me ha hecho sentir tan viva.
Pensaba en las veces que lo había echado, en las peleas por su terquedad, pero ahora todo eso se disolvía en placer puro. Sus caderas se movían solas, follando su boca, el sonido húmedo de chupadas y lamidas resonando obsceno.

—¡Más, wey! ¡Métemela toda! —suplicó, el orgasmo construyéndose como ola en la playa.

Él obedeció, dos dedos hundiéndose en su interior apretado, curvándose para golpear ese punto que la volvía loca. Sara gritó, el clímax explotando en temblores violentos, chorros de jugo salpicando su barbilla. Franco lamió todo, sonriendo con labios brillantes.

Ahora era su turno. Ella lo empujó boca arriba, montándose a horcajadas. Su verga palpitaba, la cabeza morada goteando precum que ella recogió con la lengua, saboreando su sabor amargo y salado. ¡Qué verga tan culera de rica! La engulló hasta la garganta, las arcadas controladas, saliva resbalando por las bolas pesadas.

Franco gemía, manos enredadas en su cabello negro. —¡Sara, eres la mejor, pinche diosa! No pares, carnala.

La tensión psicológica se entretejía: recuerdos de su pasión de gavilanes Sara y Franco, esa historia que todos en el pueblo cuchicheaban, pero que les importaba un carajo. Eran libres, adultos, dueños de sus cuerpos. Ella se posicionó, frotando la punta en su entrada resbaladiza, bajando lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo.

—¡Chingado, qué prieta estás! —rugió él, caderas embistiendo arriba.

Cabalgó como amazona, pechos rebotando, sudor volando. El slap-slap de carne contra carne, sus alaridos mezclados: "¡Más duro!", "¡Sí, así, mamacita!". El olor a sexo era espeso, el cuarto un horno de lujuria. Internamente, Sara luchaba con el miedo a enamorarse de nuevo, pero el placer lo ahogaba todo. Pequeñas resoluciones: Esta vez no lo dejo ir tan fácil.

Cambiaron posiciones, él de rodillas detrás, penetrándola profundo en perrito. Sus bolas golpeaban su clítoris, manos pellizcando pezones. Ella se corrió otra vez, visión nublada, cuerpo convulsionando. Franco aceleró, gruñendo como bestia, hasta que se vació dentro, chorros calientes pintando sus paredes internas.

Colapsaron juntos, el afterglow envolviéndolos como manta suave. Acto tres: el cierre. Franco la abrazó por detrás, su verga aún semidura contra sus nalgas, besos tiernos en la nuca. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, el aire fresco entrando por la ventana abierta con olor a tierra mojada de lluvia lejana.

—No te vayas esta vez, Sara. Quédate en Gavilanes conmigo —susurró él, voz ronca de emoción.

Ella giró, mirándolo a los ojos, dedos trazando su mandíbula barbuda.

Esta pasión no es solo fuego; es hogar, es neta vida.
Sintió paz, el pulso calmándose, pieles pegajosas enfriándose. Besos lentos, saboreando el sudor mutuo, promesas tácitas en caricias perezosas.

Se quedaron así, enredados, escuchando el canto de grillos y el viento en los gavilanes volando alto. La hacienda Gavilanes era testigo de su unión renovada, una historia de deseo que ardía eterno, sin cadenas ni arrepentimientos. Solo ellos, completos, satisfechos, listos para lo que viniera.

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