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Pasion Oculta Desatada

6633 palabras

Pasion Oculta Desatada

En el corazón de Polanco, donde las luces de la ciudad parpadean como estrellas caídas, vivo yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos que trabaja en una galería de arte. Mi departamento es un refugio chic, con ventanales que dan a la avenida Reforma y un balcón donde el aroma de las jacarandas se cuela en primavera. Pero esa noche de verano, el calor pegajoso del DF me tenía inquieta, como si el aire mismo me susurrara secretos. Javier, mi carnal de la uni, el wey que siempre ha estado ahí con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que parecen leer el alma, vino a verme después de una expo. "Neta, Ana, tus pinturas me vuelven loco", me dijo al entrar, con una cerveza en la mano y el cuello de la camisa desabotonado, dejando ver un pedacito de piel bronceada.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, el ventilador zumbando perezoso arriba, moviendo el aire cargado de su colonia amaderada mezclada con el sudor fresco de la calle. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de la última serie en Netflix, de cómo la vida nos había separado en chambas y novios fallidos. Pero debajo de las risas, sentía esa pasion oculta que siempre había bullido entre nosotros, como un volcán dormido bajo la amistad. Sus rodillas rozaban las mías accidentalmente, y cada roce enviaba chispas por mi piel, haciendo que mi pulso se acelerara.

¿Por qué carajos nunca hemos cruzado esa línea, wey? ¿Miedo a joder lo que tenemos?
pensé, mientras sorbía mi chela helada, el líquido bajando fresco por mi garganta reseca.

La plática se puso más íntima cuando saqué el tequila reposado de la alacena, ese que huele a vainilla y tierra mojada. "Brindemos por las pasiones que no se dicen", propuse, y él me miró fijo, como si leyera mi mente. Nuestros vasos chocaron con un tintineo suave, y al inclinarme para servir más, mi blusa se abrió un poco, dejando ver el encaje negro de mi brasier. Javier tragó saliva, sus ojos bajando un segundo, y supe que el fuego se encendía. "Ana, siempre has sido la más chingona, pero neta, hay algo en ti que me quema por dentro", murmuró, su voz ronca como el rugido lejano de un trueno en el Popo.

El calor del tequila me soltó la lengua. Me acerqué, mi mano en su muslo firme, sintiendo el músculo tenso bajo el pantalón de mezclilla. "Tú tampoco eres cualquier pendejo, Javier. Esa pasion oculta que traemos... ¿por qué la hemos escondido tanto tiempo?" Sus labios se curvaron en una sonrisa lobuna, y sin decir nada, su mano subió por mi brazo, dejando un rastro de fuego. El beso llegó como una tormenta: sus labios suaves pero urgentes contra los míos, sabor a tequila y menta, su lengua explorando con hambre contenida. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca, mientras mis dedos se enredaban en su cabello negro revuelto.

Nos levantamos del sofá como imanes, tropezando un poco con la mesita, riendo entre besos. Lo jalé al cuarto, donde la luz de la luna se colaba por las cortinas sheer, pintando sombras plateadas en las sábanas de algodón egipcio. El aire olía a mi perfume de jazmín y a su excitación masculina, ese almizcle que me ponía la piel de gallina. Me quitó la blusa despacio, sus dedos temblando un poquito de anticipación, besando cada centímetro de mi clavícula, bajando al valle entre mis pechos. Qué delicia sentir su aliento caliente, pensé, arqueándome contra él. "Eres una diosa, Ana", gruñó, mientras desabrochaba mi brasier, liberando mis tetas con un suspiro de alivio mutuo.

Su boca se cerró en un pezón, chupando suave al principio, luego más fuerte, enviando descargas directas a mi entrepierna. Yo no me quedé atrás: le arranqué la camisa, arañando su espalda ancha con las uñas, sintiendo la sal de su sudor en la lengua cuando lamí su pecho. Bajé la mano a su bragueta, palpando la verga dura como piedra, latiendo bajo la tela. "¡Órale, wey, estás listo para mí!", le dije juguetona, y él rio, un sonido gutural que me mojó más. Nos desvestimos a tirones, piel contra piel por fin, su cuerpo duro y cálido envolviéndome. El olor de nuestra arousal llenaba el cuarto: dulce, salado, primitivo.

Caímos en la cama, él encima, besándome el cuello mientras sus caderas se mecían contra las mías. Sentí su verga rozando mi clítoris hinchado, lubricado por mis jugos, y jadeé alto, mis uñas clavándose en sus nalgas.

Esto es lo que necesitaba, esta conexion que ardía en secreto tanto tiempo
. "Te quiero adentro, Javier, no aguanto más", le supliqué, y él obedeció, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el placer-pena haciendo que mis ojos se cerraran. "¡Ay, cabrón, qué grande!", grité, y él se hundió hasta el fondo con un gemido ronco, nuestras pelvis chocando con un slap húmedo.

El ritmo empezó lento, sensual, sus embestidas profundas rozando ese punto dentro de mí que me volvía loca. El sonido de nuestra piel: slap-slap-slap, mezclado con jadeos y "sí, así, más fuerte". Sudábamos a chorros, el calor del DF amplificado por nuestros cuerpos en llamas. Lo volteé, montándolo como amazona, mis tetas rebotando con cada vaivén, sus manos en mis caderas guiándome. Miré sus ojos, vidriosos de placer, y sentí la pasion oculta explotar en algo eterno. "Eres mía, Ana, siempre lo has sido", murmuró, y eso me llevó al borde. Aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis, el orgasmo construyéndose como ola gigante.

Exploté primero, un grito ahogado rompiendo el silencio, mi coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos interminables, jugos chorreando por sus bolas. Él no tardó: con un rugido animal, se corrió dentro de mí, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos, enredados, el corazón latiéndonos a mil, el aroma de sexo impregnando las sábanas. Besos suaves post-or-gasmo, lenguas perezosas, manos acariciando espaldas sudorosas.

Después, acostados con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón calmarse, hablamos en susurros. "Esa pasion oculta era demasiado fuerte para ignorarla más, ¿verdad?", dije, trazando círculos en su piel. Él me besó la frente, oliendo a nosotros. "Neta, Ana, esto es el principio. No la vamos a esconder nunca más". El amanecer tiñó el cielo de rosa, y supe que nuestra amistad había renacido en algo más profundo, más ardiente. En el DF caótico, habíamos encontrado nuestro oasis de placer mutuo, consensual y liberador. Y mientras el sol subía, me dormí con una sonrisa, sabiendo que la vida acababa de ponérsenos chingona.

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