Pasion y Poder Capitulo 122 El Abrazo Ardiente
En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, mi penthouse se erige como un trono de cristal y acero. Soy Isabella Vargas, la reina indiscutible del imperio inmobiliario que devora competidores como un jaguar hambriento. Esta noche, pasion y poder capitulo 122 se escribe en mi piel, porque Alejandro Ruiz, ese pendejo arrogante que dirige mi división de finanzas, ha cruzado la línea. No con números falsos, no, sino con esa mirada que me quema desde la junta de la mañana. Él cree que puede desafiarme, pero yo le enseñaré que el poder verdadero late entre mis muslos.
Entro al salón principal, el aire cargado con el aroma de jazmines frescos de Xochimilco que mi asistente dejó en el jarrón de cristal tallado. Mis tacones Louboutin repiquetean contra el mármol negro pulido, un eco que anuncia mi llegada. Alejandro ya está ahí, recargado en la barra de granito, con una copa de tequila reposado en la mano. Su camisa blanca desabotonada deja ver el vello oscuro en su pecho, bronceado por tardes en Acapulco. Órale, qué chulo se ve el cabrón, pienso, mientras mi pulso se acelera. Él me mira de arriba abajo, devorando mi vestido rojo ceñido que abraza mis curvas como una segunda piel.
—Vargas —dice con esa voz ronca que me eriza la nuca—, ¿lista para cerrar el trato de esta noche?
Me acerco despacio, mis caderas balanceándose con la gracia de una danzarina de Jarabe Tapatío. El calor de su cuerpo me envuelve antes de tocarlo, un olor a colonia masculina mezclada con el humo sutil de su puro cubano. Tomo la copa de su mano, rozo sus dedos deliberadamente, y bebo un sorbo. El tequila quema mi garganta, dulce y ahumado, como el deseo que bulle en mi vientre.
—El trato, Ruiz, es que tú te rindes a mí —susurro, presionando mi cuerpo contra el suyo. Siento su dureza crecer contra mi abdomen, un pulso firme que me hace morder el labio. Sus manos suben por mi espalda, fuertes, posesivas, pero yo las guío, porque aquí mando yo.
¿Cuánto poder tiene un hombre cuando una mujer como yo decide entregarse? Esta noche, lo descubrirá. Pasion y poder, capitulo 122, donde la reina reclama su trono.
Lo empujo hacia el sofá de cuero italiano, suave como la seda bajo mis palmas. Caemos juntos, yo encima, mis rodillas a horcajadas sobre sus caderas. Sus ojos, negros como el obsidiana de Taxco, brillan con desafío. Me inclino, mi cabello cayendo como una cascada oscura sobre su rostro, y lo beso. Nuestras lenguas chocan en una batalla húmeda, salada por el tequila, con sabor a menta de su chicle y a mi labial cherry. Gime bajito, un sonido gutural que vibra en mi pecho, y sus manos aprietan mis nalgas, amasándolas con urgencia.
—Mamacita —murmura contra mi boca—, eres fuego puro.
Rompo el beso, jadeante, y me enderezo. Deslizo las tiras de mi vestido por mis hombros, revelando mis senos llenos, pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada hambrienta. El roce de la tela contra mi piel es eléctrico, un cosquilleo que baja directo a mi centro. Él se incorpora, boca abierta, y yo lo detengo con un dedo en sus labios carnosos.
—Desnúdate, wey. Muéstrame qué traes.
Sus dedos tiemblan un poco mientras desabrocha su camisa, quitándosela con un movimiento fluido. Su torso es un mapa de músculos tensos, sudor perlado brillando bajo la luz tenue de los apliques dorados. Baja el zipper de sus pantalones, y su verga salta libre, gruesa, venosa, palpitando con necesidad. Neta, qué pinga tan chingona, pienso, mi boca haciéndose agua. Me lamo los labios, saboreando el residuo de nuestro beso.
Me pongo de rodillas entre sus piernas, el suelo alfombrado amortiguando mis rodillas. El olor almizclado de su excitación me invade, terroso y adictivo. Tomo su miembro en mi mano, piel caliente y sedosa sobre acero duro. Él gruñe, caderas alzándose, pero yo controlo el ritmo, lento al principio, mi lengua trazando círculos en la punta, probando la gota salada de pre-semen. Chupo más profundo, mi boca envolviéndolo, succionando con fuerza mientras mis manos masajean sus bolas pesadas. Sus gemidos llenan la habitación, roncos, desesperados, mezclados con el zumbido lejano del tráfico en Reforma.
—Isabella... carajo, no pares —suplica, dedos enredados en mi pelo.
Lo suelto con un pop húmedo, sonriendo ante su frustración. Esta es la danza del poder: dar y quitar. Me levanto, dejo caer el vestido al suelo, quedando en tanga de encaje negro. Mi piel hormiguea bajo su escrutinio, pezones duros como balas. Me subo de nuevo a él, frotando mi humedad contra su longitud, el encaje raspando deliciosamente.
El calor sube, mis jugos empapando la tela. Rompo la tanga con un tirón, exponiendo mi panocha hinchada, labios rosados brillando. Guío su verga a mi entrada, bajando despacio, centímetro a centímetro. Ay, Diosito, lo siento estirarme, llenarme hasta el fondo. Un gemido escapa de mi garganta, profundo, animal. Empiezo a moverme, caderas girando en círculos lentos, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Sus manos en mis caderas, guiándome pero sin dominar, porque yo marco el paso.
Esto es pasion y poder, puro y crudo. Su fuerza bajo mí, mi placer dictando el ritmo. Capitulo 122: la rendición total.
La intensidad crece. Acelero, mis senos rebotando con cada embestida, slap-slap de piel contra piel resonando como tambores aztecas. Sudor nos une, salado en mi lengua cuando lamo su cuello. Él se incorpora, chupando un pezón, dientes rozando justo al borde del dolor, enviando chispas a mi clítoris. Giro, dándole la espalda, cabalgándolo en reversa. Sus manos abarcan mi culo, dedos hundiéndose mientras yo reboto, profundo, salvaje. El placer se acumula, una ola en mi vientre, pulsos en mi centro.
—Más fuerte, pendejo —ordeno, y él obedece, embistiendo desde abajo con fuerza brutal.
El clímax me golpea como un terremoto en el Popocatépetl. Grito, mi cuerpo convulsionando, paredes apretando su verga en espasmos. Olas de éxtasis me recorren, visión borrosa, oídos zumbando con mi propio pulso. Él ruge, caliente chorro llenándome, su liberación mezclándose con la mía. Colapso sobre él, jadeos entrecortados, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
Nos quedamos así, enredados, el aire espeso con olor a sexo y jazmines marchitos. Su mano acaricia mi espalda, suave ahora, sin desafío. Levanto la cabeza, beso su mandíbula barbuda.
—Esto no cambia nada en la oficina, Ruiz. Sigues siendo mío.
Él ríe bajito, vibrando en mi pecho.
—Claro, jefa. Pero la próxima junta, trae ese vestido rojo.
Me incorporo, piernas temblorosas, y camino desnuda hacia la terraza. La ciudad se extiende a mis pies, luces infinitas. El poder no es solo contratos firmados; es esto, el dominio del cuerpo y el alma. Pasion y poder capitulo 122 termina con victoria, pero el siguiente... ay, el siguiente promete más fuego.