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De Donde Es Pasion Vega

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De Donde Es Pasion Vega

La noche caía pesada sobre la vega fértil del río, en las afueras de un pueblito veracruzano donde el calor se pegaba a la piel como un amante ansioso. Tú habías llegado a la fiesta patronal atraído por el rumor de las rancheras y el eco de risas roncas, el aire espeso con olor a elotes asados, mezcal ahumado y jazmines silvestres que trepaban por las enramadas. Tus pulmones se llenaban de esa humedad tropical que hacía sudar hasta al más pendejo, y el pulso de la banda te latía en las sienes como un tambor chamánico.

Estabas recargado en una mesa de madera áspera, con una cerveza fría sudando en tu mano, cuando la viste. Salió de la penumbra como un relámpago de carne morena y curvas que desafiaban la gravedad: cabello negro azabache cayendo en ondas salvajes, labios carnosos pintados de rojo sangre, y unos ojos oscuros que prometían pecados sin confesión. Vestía un huipil ajustado que marcaba sus chichis firmes y una falda vaporosa que se mecía con cada paso, revelando piernas largas y fuertes, de las que corren por vegas y se enredan en cuerpos calientes.

¿De dónde es Pasión Vega? te preguntaste, mientras un güey a tu lado, con chela en mano, soltaba la misma duda a voz en grito.

"Órale, wey, ¿de dónde es Pasión Vega esa morra? Parece que trae el fuego del mismo infierno en las caderas"
, dijo riendo, y tú asentiste, sintiendo un cosquilleo en la verga que se despertaba como un animal hambriento. Todos la llamaban así, Pasión Vega, por esa forma de menearse que hacía arder la noche, como si naciera de la tierra misma de esta vega brava y fértil.

Te acercaste, el corazón tronándote en el pecho, el sudor resbalando por tu espalda. Acto primero: el encuentro. Ella bailaba sola bajo las luces de bombillas colgantes, el ritmo de la tuba vibrando en tu pecho, y cuando tus ojos se cruzaron, sonrió con dientes blancos y perfectos, un guiño que te erizó la piel. ¿Qué chingados tengo que perder?, pensaste, y la invitaste a bailar con un movimiento de cabeza, tu mano extendida temblando un poquito.

Pasión tomó tu mano, su palma caliente y suave como seda mojada, y te jaló al centro de la pista. Sus caderas chocaron contra las tuyas al primer giro, el roce de su nalga firme contra tu entrepierna enviando chispas por tu espina. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como el sudor fresco de una corrida por el campo. Pinche rica, murmuraste en tu mente, mientras sus tetas se apretaban contra tu pecho con cada vuelta, los pezones endurecidos pinchando a través de la tela delgada. La música aceleraba, y tú sentías su aliento caliente en tu cuello, un jadeo suave que te hacía apretar los dientes.

La llevaste a un lado, a la sombra de un mango enorme, donde el bullicio se oía lejano como un sueño.

"¿De dónde eres tú, que traes tanta pasión vega adentro?",
le dijiste, adaptando el rumor del pueblo, tu voz ronca por el deseo. Ella rio, una carcajada gutural que vibró en tu alma, y se acercó más, su dedo trazando tu mandíbula. Su piel sabe a sal y miel, pensaste al rozar tus labios con los suyos en un beso tentativo, probando el sabor dulce de su boca, tequila y frutas maduras.

Acto segundo: la escalada. La tensión crecía como tormenta en la vega, nubes negras amontonándose en el cielo. La besaste con hambre, tu lengua invadiendo su boca húmeda, explorando cada rincón mientras tus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas redondas y elásticas. Ella gemía bajito, "Ay, cabrón, no pares", sus uñas clavándose en tus hombros, dejando surcos que ardían delicioso. La recargaste contra el tronco rugoso del mango, el olor a tierra húmeda y hojas machacadas mezclándose con el almizcle de su arousal, ese perfume íntimo que te volvía loco.

Le subiste la falda, tus dedos encontrando sus calzones empapados, el calor de su panocha irradiando como un horno. Está chorreando por mí, pensaste triunfante, mientras ella te desabrochaba el cinturón con dedos ansiosos, liberando tu verga tiesa y palpitante. La tocaste despacio al principio, círculos suaves en su clítoris hinchado, escuchando sus jadeos entrecortados que se mezclaban con el croar de las ranas en el río cercano.

"Más fuerte, wey, chíngame con los dedos"
, suplicó, y obedeciste, metiendo dos dedos en su concha apretada y resbalosa, el sonido chapoteante ahogando el mundo.

Pasión se arrodilló entonces, sus ojos fijos en los tuyos, y te mamó la verga con maestría, labios envolviéndote en calor húmedo, lengua girando alrededor del glande sensible. Sentiste el tirón en las bolas, el placer subiendo como lava, su saliva chorreando por tu longitud mientras te chupaba profundo, garganta apretando. No mames, esta morra es una diosa, rugiste en tu cabeza, tus caderas moviéndose instintivo, follando su boca con cuidado, el sabor salado de tu pre-semen en su lengua.

La levantaste, la volteaste contra el árbol, y ella arqueó la espalda, ofreciéndose. Entraste en ella de un empujón lento, su panocha tragándote entero, paredes aterciopeladas ordeñándote con cada centímetro. Qué chingón se siente, el calor envolviéndote, sus jugos lubricando el vaivén frenético. La embestiste fuerte, piel contra piel chapoteando, sus gemidos subiendo de tono "¡Sí, cabrón, así, rompe me la verga!", el sudor goteando de tu frente a su espalda, mezclándose en ríos salados. Sus chichis rebotaban con cada estocada, tus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras.

La intensidad crecía, tus huevos apretados listos para explotar, su concha contrayéndose en espasmos previos al orgasmo. Cambiaron posiciones, ella encima ahora en la hierba suave de la vega, cabalgándote como una amazona, caderas girando en círculos mortales, su cabello azotando tu cara. Olías su sudor almizclado, probabas el salado de su cuello mientras lamías, el sonido de su respiración agitada como olas rompiendo.

Acto tercero: la liberación. El clímax llegó como un trueno, ella gritando "¡Me vengo, pinche amor!", su panocha convulsionando alrededor de tu verga, ordeñándote hasta el fondo. Tú explotaste dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador recorriendo cada nervio, pulsos interminables mientras se mecían juntos, jadeando. Colapsaron en la hierba fresca, cuerpos entrelazados, el corazón tronando al unísono con el río murmurante.

En el afterglow, Pasión se acurrucó contra tu pecho, su piel pegajosa y tibia, el olor a sexo y tierra impregnando el aire. De dónde es Pasión Vega, reflexionaste en silencio, de esta vega misma, de la pasión que brota como el río, eterna y feroz. Ella levantó la vista, besó tu labio inferior.

"Vuelve cuando quieras, mi rey, esta vega siempre arde por ti"
, susurró, y tú supiste que esa noche había cambiado algo profundo, un fuego que no se apaga con el alba.

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