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Gabriela Pasión de Gavilanes

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Gabriela Pasión de Gavilanes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda Gavilanes, en las afueras de Culiacán, Sinaloa. El aire estaba cargado del aroma terroso de la tierra seca y el dulzor de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Gabriela Elizondo caminaba por el patio central, su vestido ligero de algodón blanco pegándose a su piel sudorosa, delineando las curvas de sus caderas anchas y sus pechos firmes. Llevaba el cabello negro suelto, ondeando como una bandera de seda al viento caliente. Hacía semanas que la hacienda bullía de vida, pero para ella, todo se reducía a él: Franco Reyes, el capataz nuevo, un moreno alto y musculoso con ojos color miel que la miraban como si quisiera devorarla entera.

¿Por qué carajos me pones así, Franco? Cada vez que pasas cerca, siento un cosquilleo en el vientre que no me deja en paz, pensó Gabriela mientras lo veía desde la veranda, clavadito en el ruedo de los caballos. Su camisa abierta dejaba ver el pecho velludo, brillando de sudor, y los jeans ajustados marcaban el bulto prometedor entre sus piernas. Neta, era un hombre hecho para el pecado, con esa sonrisa pícara que prometía noches de desvelo.

La hacienda Gavilanes era su orgullo, heredada de su familia, un paraíso de mangos maduros y jacarandas violetas. Pero desde que Franco llegó, Gabriela sentía la pasión de Gavilanes ardiendo en sus venas como tequila puro. Esa mañana, lo había pillado mirándola mientras se bañaba en el río, el agua fresca lamiendo su piel olivácea. Sus pezones se endurecieron al recordarlo, y un calor húmedo se acumuló entre sus muslos.

—Órale, Gabriela, ¿ya vas a mandar a los muchachos al corral? —dijo Franco acercándose, su voz grave como un trueno lejano, con ese acento norteño que la erizaba.

—Simón, pero tú quédate un rato. Quiero platicar contigo —respondió ella, mordiéndose el labio inferior, el corazón latiéndole como tambor de banda sinaloense.

Él se acercó más, el olor a hombre, a cuero y a caballo invadiendo sus sentidos. Sus manos callosas rozaron su brazo accidentalmente, enviando chispas por su espina dorsal. Gabriela tragó saliva, sintiendo el pulso acelerado en su cuello.

Si me toca ahora, no respondo, wey. Quiero sentir esas manos en todo mi cuerpo, arrancándome la ropa como si no hubiera mañana.

Acto primero: la chispa. Caminaron juntos hacia el establo, el sol filtrándose por las rendijas de madera, pintando rayas doradas en sus cuerpos. Franco hablaba de los animales, pero sus ojos no dejaban los labios carnosos de Gabriela. Ella reía, inclinándose para que él viera el escote profundo, el valle entre sus senos invitándolo. El aire se espesaba con tensión, como antes de una tormenta en mayo.

De repente, un caballo relinchó fuerte, y Franco la jaló hacia sí para apartarla de un salto nervioso. Sus cuerpos chocaron: el pecho duro de él contra sus tetas suaves, su verga semierecta presionando su vientre plano. Gabriela jadeó, el aliento caliente de él en su oreja.

—Perdón, jefa. No quería asustarte —murmuró, sin soltarla del todo.

—No me asustas, Franco. Me encantas —susurró ella, alzando la vista, sus ojos verdes ardiendo de deseo.

Se separaron a regañadientes, pero la semilla estaba plantada. Esa noche, en la cena bajo las estrellas, con mariachis lejanos tocando corridos, Gabriela no podía comer. Cada bocado sabía a él: salado, viril, adictivo.

El medio acto: la escalada. Dos días después, una lluvia torrencial azotó la hacienda. Gabriela corrió al granero buscando refugio, empapada hasta los huesos. Su vestido se volvió transparente, pegado como segunda piel, revelando sus pezones rosados y el triángulo oscuro de su monte de Venus. Franco ya estaba ahí, quitándose la camisa, sus músculos abdominales contrayéndose bajo la luz de un farol.

—Ven, Gabriela, te vas a enfriar —dijo él, envolviéndola en una manta de lana, pero sus manos se demoraron en su cintura, bajando apenas a la curva de sus nalgas.

Ella se giró, presionando su cuerpo contra el suyo. El agua goteaba de su cabello, mezclándose con el sudor de él. Olía a tierra mojada y a macho en celo. Sus labios se rozaron, un beso tentativo que explotó en hambre voraz. Las lenguas danzaron, saboreando ron y menta, mientras las manos de Franco amasaban sus tetas, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir.

¡Ay, Diosito! Su boca es fuego puro. Quiero que me coma viva, pensó ella, arqueando la espalda.

Franco la levantó como si no pesara, sentándola en un fardo de heno fresco. Le subió el vestido, besando su cuello, lamiendo el agua de lluvia de su clavícula. Gabriela abrió las piernas, invitándolo. Sus dedos encontraron su panocha empapada, resbaladiza de jugos.

—Estás chingona de mojada, morra. ¿Todo esto por mí? —gruñó él, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G.

—Sí, pendejo. Por ti me muero. Chúpame, Franco, no aguanto —suplicó ella, tirando de su cabello.

Él se arrodilló, su lengua ávida lamiendo su clítoris hinchado, chupando como si fuera el mango más dulce de la hacienda. Gabriela gritó, el placer como rayos eléctricos recorriéndole las piernas. El sonido de la lluvia en el tejado ahogaba sus gemidos, el olor a heno y sexo llenando el aire. Sus caderas se movían solas, follando su boca, hasta que el orgasmo la sacudió como un terremoto, jugos salpicando su barbilla.

Pero no pararon. Franco se quitó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Gabriela la tomó en mano, sintiendo el calor, el pulso furioso. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, metiéndosela hasta la garganta mientras él gemía ronco.

—Eres una diosa, Gabriela. La pasión de Gavilanes hecha mujer —jadeó él, follándole la boca con cuidado.

La levantó de nuevo, penetrándola de un solo empujón. Su concha lo apretó como guante de terciopelo, estirándose alrededor de su grosor. Se movieron al unísono, piel contra piel chapoteando, el sudor mezclándose. Él la embestía profundo, rozando su cervix, mientras ella clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

¡Más fuerte, cabrón! Rompe mi alma con esa pinga. Soy tuya, toda tuya.

El ritmo se aceleró, sus respiraciones entrecortadas, gruñidos animales. Gabriela sintió la marea subir otra vez, su clítoris frotándose contra su pubis peludo. Él la volteó, cogiéndola a perrito sobre el heno, azotando sus nalgas redondas, el slap-slap resonando. El orgasmo los golpeó juntos: ella convulsionando, ordeñando su leche caliente que la llenó hasta rebosar, goteando por sus muslos temblorosos.

Acto final: el resplandor. Exhaustos, se tumbaron en el heno, cuerpos entrelazados, el corazón de él latiendo contra su oreja. La lluvia amainaba, dejando un fresco bendito. Franco la besó suave, acariciando su cabello revuelto.

—Neta, Gabriela, desde que te vi supe que eras la mujer de mi vida. Esta hacienda, tú, todo es pasión pura.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

—Y yo que pensé que Gavilanes era solo tierra y ganado. Contigo descubrí mi fuego interior, mi Gabriela pasión de Gavilanes.

Se durmieron así, envueltos en el aroma de sexo y tierra mojada, con la promesa de más noches como esa. Al amanecer, el sol los encontró unidos, listos para enfrentar el día con el alma satisfecha. La hacienda Gavilanes nunca había vibrado con tanta vida, tanta lujuria consentida, tanto amor carnal. Y Gabriela, por fin, se sentía completa, empoderada en su deseo, dueña de su placer.

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