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La Pasión de Cristo de Mel Gibson en Español que Nos Inflamó

7025 palabras

La Pasión de Cristo de Mel Gibson en Español que Nos Inflamó

Era una noche de esas en la Ciudad de México, con la lluvia repiqueteando contra las ventanas del depa en la Condesa como si el cielo se estuviera quejando de algo. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, estaba recargada en el pecho de Marco, mi carnal del alma desde hace dos años. Teníamos el tele prendido, un Netflix chido con todo incluido, y de repente se me antojó ver algo intenso. Órale, le dije, busquemos La Pasión de Cristo de Mel Gibson en español. Él me miró con esa ceja arqueada, como diciendo ¿neta?, pero accedió porque sabe que a mí me gustan las películas que te revuelven el alma.

Apagué las luces, solo quedó el resplandor azulado de la pantalla iluminando nuestra recámara. El olor a café de olla recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el perfume de mi loción de vainilla que tanto le gusta a Marco. Nos acomodamos en la cama king size, con las sábanas frescas y suaves rozando mis piernas desnudas bajo el shortcito de algodón. Él traía solo bóxers, su piel morena y tatuada brillando un poquito por el sudor del día caluroso que habíamos pasado paseando por el centro.

Empezó la película. Los latigazos resonaban como truenos, el sonido crudo y visceral llenando la habitación. Vi a Jesús sufriendo, esa pasión brutal que Mel Gibson capturó tan cabrón. Sentí un escalofrío en la espina, no de miedo, sino de algo más profundo. Mi corazón latía fuerte, y noté cómo el pecho de Marco subía y bajaba rápido contra mi espalda.

¿Por qué carajos esta película me está poniendo así de caliente?
pensé, mientras el aroma metálico de la sangre ficticia parecía colarse en mi nariz, mezclándose con el calor de su cuerpo pegado al mío.

Marco deslizó una mano por mi muslo, casualito al principio, como si nomás estuviera acomodándose. Pero sus dedos trazaron círculos lentos, subiendo poquito a poco. Yo no dije nada, solo suspiré, dejando que el roce de sus yemas ásperas por el trabajo en la construcción me erizara la piel. En la pantalla, los clavos perforando carne, el grito ahogado... y yo sintiendo mi concha humedecerse, un pulso caliente entre las piernas que no podía ignorar. Pendejo, murmuré juguetona, girándome un poco para mirarlo. Sus ojos oscuros brillaban con esa hambre que conozco tan bien. "¿Qué onda, Ana? ¿Te prende esta película?" Su voz grave, con ese acento chilango puro, me vibró en el estómago.

Acto seguido, lo besé. No un besito de buenos noches, sino uno de esos que te chupan el oxígeno. Sus labios gruesos sabían a tequila reposado que nos echamos antes, con un toque salado de su piel. Nuestras lenguas se enredaron, explorando, mientras la lluvia afuera se ponía más intensa, como aplaudiendo nuestro inicio. Él me volteó boca arriba con facilidad, su peso delicioso presionándome contra el colchón. Sentí su verga endureciéndose contra mi cadera, gruesa y caliente a través de la tela delgada. Chingao, qué rico, pensé, arqueando la espalda para restregarme contra él.

La película seguía de fondo, los gemidos de dolor ahora soundtrack de nuestra propia pasión. Marco bajó por mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro húmedo que olía a mi perfume y a su aliento mentolado. Sus manos expertas levantaron mi blusita, exponiendo mis chichis firmes, los pezones ya duros como piedritas. Los lamió despacio, chupando uno mientras pellizcaba el otro, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Gemí bajito, "Sí, cabrón, así", enredando mis dedos en su cabello negro revuelto. El tacto de su lengua áspera era fuego puro, y el sonido de su succión me volvía loca, mezclado con los azotes lejanos de la peli.

Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé juguetona, "Espera, wey, vamos despacio". Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su polla palpitar bajo mis nalgas. Deslicé mis manos por su pecho marcado, palpando los músculos tensos, el vello rizado que me encanta raspar con las uñas. Bajé los bóxers, liberando su verga venosa, roja y lista, con una gotita de precum brillando en la punta. La olí, ese olor almizclado y masculino que me hace agua la boca. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal, mientras él gruñía "Ana, me vas a matar". Lo metí en mi boca, chupando profundo, sintiendo cómo se hinchaba más, las venas latiendo contra mi lengua.

Él no se quedó atrás. Me quitó el short y las tanguitas de un jalón, exponiendo mi concha depiladita, ya empapada y reluciente.

Qué chingón verte así, tan mojada por mí
, dijo con voz ronca, antes de hundir la cara entre mis piernas. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo en círculos rápidos, chupando como si fuera un dulce. Sentí sus dedos gruesos abriéndose paso, dos adentro, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi jugo era obsceno, delicioso, y el olor de mi arousal llenaba el aire, dulce y pecaminoso. Me retorcí, "¡Más, Marco, no pares, pendejo!", jalando sus orejas mientras las olas de placer subían.

La tensión crecía como la película: de la flagelación al vía crucis, nuestro propio calvario de deseo. Él se incorporó, yo lo guíe adentro. Su verga me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo en una embestida lenta. Ay, wey, gemí, sintiendo cada centímetro pulsando contra mis paredes. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo fuerte, mis chichis rebotando, el sudor chorreando por nuestros cuerpos. El slap-slap de piel contra piel competía con la lluvia y los gritos de la peli. Sus manos en mis caderas, guiándome, "Córrele, mi reina, qué rica estás". Yo clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas, mientras el orgasmo se acercaba como un tren.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas se volvieron feroces, el colchón crujiendo, mi clítoris frotándose contra su pubis. Olía a sexo puro: sudor, jugos, esencia nuestra.

Esto es nuestra pasión, no la de la cruz, pero igual de intensa
, pensé fugaz. Él me miró a los ojos, "Te amo, Ana, ven conmigo", y eso me rompió. El clímax explotó, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer sacudiéndome. Él se vino segundos después, caliente y espeso adentro, gruñendo mi nombre.

Colapsamos, jadeantes, la película terminando en la pantalla con la resurrección. La lluvia amainaba, dejando un goteo suave. Marco me abrazó, su semen goteando entre mis piernas, cálido y pegajoso. Besé su frente sudada, saboreando la sal. Qué chido, susurré. En ese afterglow, con el cuerpo plácido y el corazón lleno, supe que La Pasión de Cristo de Mel Gibson en español había sido el detonante perfecto para nuestra propia resurrección carnal. No era pecado, era vida pura, consensual y ardiente, como debe ser el amor entre dos adultos que se comen el mundo.

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