Cañaveral de Pasiones Capitulo 89 Fuego Entre las Cañas
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, tiñendo las hojas verdes de un brillo casi cegador. Julia caminaba entre las altas cañas, sintiendo cómo el aire húmedo se pegaba a su piel morena, impregnado del dulce aroma de la tierra fértil y el sudor fresco de los cortadores. Llevaba un vestido ligero de algodón, floreado, que se adhería a sus curvas con cada brisa juguetona. Hacía semanas que no veía a Pablo, su amor secreto, el capataz que la volvía loca con solo una mirada. ¿Dónde andaría el pendejo? pensó, mientras su corazón latía con esa ansiedad que le erizaba la piel.
El cañaveral de pasiones capitulo 89 de su vida se escribía en ese momento, como si el destino hubiera decidido avivar las llamas. Julia era la hija del dueño de la hacienda, pero su alma pertenecía a esos campos salvajes, donde los secretos se ocultaban entre las sombras alargadas. Pablo, con su cuerpo fuerte forjado por el machete y el sol, era el hombre que la hacía sentir viva, deseada, mujer en todo su esplendor. Habían empezado como un juego de miradas robadas, pero ahora era puro fuego contenido.
De repente, oyó el crujido de las cañas partiéndose. Se giró, y ahí estaba él, emergiendo como un dios pagano, camisa abierta dejando ver el pecho velludo y brillante de sudor. Sus ojos negros la devoraron al instante. Órale, qué chula estás, mi reina, murmuró con esa voz ronca que le aceleraba el pulso.
—Pablo... —susurró ella, avanzando hacia él con las piernas temblorosas—. Te extrañé tanto, carnal. No sabes las noches que pasé pensando en ti.
Él la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. El olor a hombre, a tierra y a cañamelar la invadió, haciendo que su boca se secara de deseo. Sus labios se rozaron primero, suaves, tentadores, como el roce de las hojas contra la piel. Luego, el beso se profundizó, lenguas danzando con urgencia, saboreando el salado del sudor y el dulce de la anticipación. Julia sintió sus pezones endurecerse bajo el vestido, rozando el pecho de él, enviando chispas directas a su entrepierna.
Esto es lo que necesitaba, su fuerza, su calor. Que me haga suya aquí mismo, en medio de este paraíso verde.
Las manos de Pablo bajaron por su espalda, amasando sus nalgas con posesión juguetona. —Estás mojada ya, ¿verdad, mi amor? —le dijo al oído, su aliento caliente provocándole escalofríos—. Siento cómo tiemblas.
Julia asintió, jadeando, mientras él levantaba su vestido, exponiendo sus muslos suaves al aire cálido. El sonido del viento susurrando entre las cañas era su única música, un ritmo hipnótico que aceleraba sus pulsos. Pablo se arrodilló, besando su vientre, bajando hasta el borde de sus bragas de encaje. Ella lo miró, el deseo ardiendo en sus ojos cafés.
—Quítamelas, Pablo. Quiero sentirte todo.
Él obedeció, deslizando la tela húmeda por sus piernas, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada. Su lengua trazó un camino lento por el interior de sus muslos, saboreando la sal de su piel, hasta llegar a su centro palpitante. Julia gimió alto, agarrando las cañas para no caer, mientras él lamía con devoción, chupando su clítoris hinchado, introduciendo un dedo grueso que la llenaba justo como ella necesitaba. Qué rico, no pares, pendejo delicioso, pensó, arqueando la espalda.
El sol filtrándose entre las hojas moteaba sus cuerpos en oro líquido. Pablo se puso de pie, desabrochando su pantalón con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Julia la tomó en su mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos de placer, gimiendo su nombre.
—Te quiero adentro, ya —suplicó ella, guiándolo hacia su entrada resbaladiza.
Pero Pablo, juguetón como siempre, la giró contra una caña gruesa, presionando su pecho contra la rugosa corteza. Le besó la nuca, mordisqueando la piel sensible. —Paciencia, mi vida. Vamos a disfrutarlo poquito a poquito.
Acto primero del deseo: la anticipación. Sus dedos exploraron de nuevo, dos ahora, abriéndola, preparándola, mientras su otra mano pellizcaba sus pezones duros como piedras. Julia empujaba hacia atrás, frotando su culo contra su erección, sintiendo la humedad de su pre-semen untándose en ella. El olor a sexo crudo se mezclaba con el dulzor de las cañas maduras, embriagador. Sus respiraciones se sincronizaban, rápidas, entrecortadas por gemidos bajos para no alertar a los trabajadores lejanos.
El conflicto interno de Julia bullía: Soy la hija del patrón, pero aquí soy solo suya. Que me folle como si no hubiera mañana. Pablo retiró los dedos y colocó la punta de su verga en su coño empapado, rozando sin entrar. Ella suplicó, moviéndose para tomarlo, pero él la sujetó firme, controlando el ritmo.
—Dime cuánto me quieres, Julia.
—Te quiero hasta el alma, cabrón. ¡Métemela toda!
Con un gruñido, Pablo embistió, llenándola de golpe. El estiramiento delicioso la hizo gritar de placer, ondas de éxtasis recorriendo su espina. Se movieron juntos, él saliendo casi todo para volver a hundirse profundo, golpeando ese punto que la volvía loca. El slap-slap de piel contra piel resonaba como un tambor primitivo, mezclado con sus jadeos y el susurro del viento.
En el medio del acto, la intensidad escaló. Pablo la giró de frente, levantándola contra su cuerpo, sus piernas envolviéndolo. La penetró de nuevo, caminando unos pasos hasta apoyarla en un tronco caído. Ahora mirándose a los ojos, besos fieros, lenguas batallando mientras él la follaba con ritmo creciente. Julia clavó las uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino, probando el sal en su cuello. Sus tetas rebotaban con cada estocada, pezones rozando su pecho.
No mames, qué chingón es esto, pensó ella, mientras el orgasmo se acercaba como una ola imparable. Pablo aceleró, sus bolas golpeando su culo, gruñendo palabras sucias en su oído: —Tu coñito me aprieta tan rico, mi reina. Córrete para mí.
Julia explotó primero, su cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus unidos sexos. Gritó su nombre, visión nublada por estrellas. Pablo la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes de semen, su verga latiendo dentro de ella. Se quedaron así, pegados, respirando agitados, mientras el mundo giraba lento.
En el afterglow, se deslizaron al suelo blando de hojas secas. Pablo la acunó, besando su frente sudorosa. —Eres lo mejor que me ha pasado, Julia. En este cañaveral de pasiones, tú eres mi todo.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Capítulo 89 completado, pero quiero más capítulos contigo, reflexionó, sintiendo su semen escurrir entre sus muslos, marca de su unión. El sol bajaba, tiñendo el cielo de rojos apasionados, como su piel enrojecida por el roce. Se vistieron despacio, robándose besos perezosos, sabiendo que el deseo renacería pronto.
Julia caminó de regreso a la hacienda con piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción. Pablo la vio irse, prometiendo en silencio más fuegos en las cañas. En ese cañaveral de pasiones capitulo 89, habían encontrado su paraíso privado, consensual y ardiente, donde el amor y el sexo se entrelazaban como las raíces profundas de la tierra mexicana.