Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Ardiente de los Religiosos Pasionistas Pasión Ardiente de los Religiosos Pasionistas

Pasión Ardiente de los Religiosos Pasionistas

7067 palabras

Pasión Ardiente de los Religiosos Pasionistas

En el corazón de las montañas de Puebla, el convento de los Religiosos Pasionistas se erguía como un bastión de fe y silencio. Yo, Sor Elena, había ingresado hacía cinco años, huyendo de un mundo que me ahogaba con sus ruidos y tentaciones. Pero ahí, entre rezos y penitencias, algo se removía en mi interior, un fuego que las plegarias no apagaban. Cada mañana, el tañido de la campana me despertaba, y el aroma a incienso y pan recién horneado llenaba el aire fresco. Mis hábitos negros rozaban mi piel con una aspereza que ya no notaba, hasta que ella llegó.

Sor Lucía, una religiosa pasionista de ojos verdes como el jade de Taxco, se unió a nuestra comunidad procedente de la Ciudad de México. Alta, de curvas suaves bajo el velo, su voz era un susurro ronco que hacía vibrar el aire durante las oraciones. La primera vez que la vi en el refectorio, su mirada se cruzó con la mía, y sentí un cosquilleo en el vientre, como si el Espíritu Santo me hubiera tocado de forma... pecaminosa. "Buenos días, hermana", me dijo, y su aliento olía a menta fresca. "Bendícenos Dios", respondí, pero mi pulso se aceleró, traicionero.

Los días se volvieron un tormento dulce. Durante las horas de meditación en el jardín, donde las bugambilias rojas sangraban pétalos al suelo, la observaba de reojo. Su piel morena brillaba bajo el sol filtrado por los naranjos, y el sudor perlaba su cuello, invitándome a imaginar su sabor salado. En mis noches solitarias, en la celda austera con su catre duro y la cruz de madera, mis pensamientos se desviaban.

¿Por qué me hace esto, Señor? ¿Es una prueba?
Me tocaba disimuladamente bajo las sábanas ásperas, sintiendo el calor húmedo entre mis muslos, pero paraba, jadeante, culpándome por mi debilidad carnal.

Una tarde de lluvia torrencial, el trueno retumbó como un rugido divino. Estábamos solas en la capilla, limpiando los candelabros dorados. El agua azotaba los vitrales, tiñendo el piso de rojos y azules danzantes. Lucía se acercó para alcanzarme un trapo, y su mano rozó la mía. Eléctrica, como un rayo. Nuestros ojos se encontraron, y el aire se espesó con el olor a tierra mojada y algo más: nuestro deseo reprimido.

"Hermana Elena, ¿sientes esto también?", murmuró, su voz temblorosa. Su aliento cálido en mi oreja me erizó la piel. Asentí, muda, mientras su dedo trazaba mi muñeca. "Es pecado, pero... neta que no aguanto más", confesó, y su risa nerviosa fue como un suspiro liberador. La tomé de la mano, arrastrándola al confesionario oscuro, donde el eco de nuestras respiraciones rebotaba en las paredes de madera.

Ahí, en la penumbra perfumada a cera de vela, nos arrodillamos frente a frente. Sus labios, carnosos y rosados, se entreabrieron. La besé con hambre contenida, saboreando el dulzor de su boca, mezclado con el leve amargor del café matutino. Sus manos, callosas por las labores, se colaron bajo mi hábito, acariciando mi espalda desnuda. "¡Órale, qué suave eres!", jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Gemí bajito, el sonido ahogado por el golpeteo de la lluvia afuera.

El roce de su cuerpo contra el mío era fuego puro. Quité su velo con delicadeza, liberando su cabellera negra y ondulada que cayó como una cascada sobre sus hombros. Olía a jazmín y a mujer, un aroma embriagador que me mareaba. Mis dedos exploraron sus pechos plenos, endurecidos los pezones bajo la tela fina. Ella arqueó la espalda, gimiendo "Ay, Diosito... no pares", mientras sus uñas se clavaban en mis caderas, enviando ondas de placer a mi centro palpitante.

Nos recostamos en el suelo alfombrado de oraciones, el frío de las losas contrastando con el calor de nuestra piel. Le subí el hábito hasta la cintura, revelando muslos firmes y un triángulo oscuro de vello que me invitaba. Mi lengua trazó un camino desde su ombligo hasta ahí, saboreando la sal de su sudor. Ella se retorcía, sus muslos temblando, y el sabor almizclado de su excitación me inundó la boca. "¡Chin... qué rico, Elena! Come más", suplicó, enredando sus dedos en mi pelo.

Mi propia humedad chorreaba, empapando mis enaguas. Lucía me volteó con fuerza juguetona, separando mis piernas. Su aliento caliente sobre mi sexo me hizo convulsionar antes de tocarme. Cuando su lengua me lamió, lenta y profunda, vi estrellas. El placer era un latido ensordecedor, mi clítoris hinchado rogando más. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, el punto que me hacía gritar en silencio. El sonido de su chupeteo húmedo, mezclado con mis gemidos ahogados, llenaba el confesionario como una sinfonía profana.

Esto no es pecado, es redención. Somos religiosas pasionistas, nacidas para sufrir y gozar la Pasión
, pensé, mientras el orgasmo me barría como una ola del Pacífico. Me corrí con un espasmo violento, mi jugo salpicando su barbilla, y ella bebió ávidamente, riendo con malicia santa.

Pero no paramos. Ella se sentó a horcajadas sobre mí, frotando su sexo empapado contra el mío. Nuestros clítoris se rozaban, resbaladizos, en un vaivén frenético. El slap-slap de piel contra piel era obsceno, delicioso. Sus pechos rebotaban libres, y los chupé, mordiendo los pezones oscuros hasta que gritó "¡Sí, pendeja santa, así!". El olor a sexo nos envolvía, espeso y animal, mientras el sudor nos unía como pegamento.

La tensión crecía, mis caderas empujando contra las suyas. Sentía cada vena de su pulso en mi piel, cada contracción interna. "Vente conmigo, Lucía. Vamos al cielo juntas", le rogué, y ella aceleró, sus ojos enloquecidos de lujuria. El clímax nos golpeó simultáneo: un estallido de luz blanca, cuerpos convulsionando, jugos mezclándose en un charco caliente bajo nosotras. Grité su nombre, ella el mío, y el eco resonó como un amén profano.

Agotadas, nos abrazamos en el suelo, el corazón martilleando al unísono. El aroma a nuestro amor llenaba el aire, mezclado con la lluvia que amainaba. Sus dedos jugaban perezosos en mi cabello, y yo besaba su frente perlada de sudor. "Esto nos cambia todo, hermana", susurró. Sonreí, sabiendo que los religiosos pasionistas llevamos la Pasión en la carne, no solo en el alma.

Desde esa noche, nuestras miradas en el coro eran promesas silenciosas. En la celda compartida que pedimos por "razones espirituales", explorábamos más: dedos profundos, lenguas expertas, cuerpos entrelazados hasta el alba. El convento seguía en pie, pero nosotras habíamos encontrado nuestra propia Pasión, consensual y ardiente, un secreto que alimentaba nuestra fe en lugar de destruirla.

Ahora, al rezar, siento su esencia en mí, un recordatorio táctil de que el deseo no es enemiga de Dios, sino su eco en la piel. Y en las noches, cuando el viento susurra entre los cipreses, nos perdemos de nuevo, en éxtasis eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.