Carta de Pasión y Lujuria
Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, cuando el cartero tocó la puerta. ¡Órale! pensé, porque no esperaba nada. Abrí y ahí estaba ese sobre amarillento, con letra cursiva que me erizó la piel de inmediato. Lo abrí con manos temblorosas, y las palabras saltaron como fuego: Carta de Pasión y Lujuria. Era de él, de Alejandro, ese moreno alto con ojos que te desnudan sin tocarte. Hacía meses que no sabíamos nada, pero su pluma ardía como siempre.
Mi reina, mi fuego secreto. Cada noche te sueño gimiendo bajo mis besos, tu piel oliendo a vainilla y deseo. Ven esta noche al Hotel Casa Awilix, suite 305. Deja que esta carta de pasión y lujuria te guíe a mis brazos. No me hagas esperar, mamacita.
Me quedé helada, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Neta, ¿cómo se atrevía después de tanto tiempo? Pero mi cuerpo ya respondía: un calorcillo entre las piernas, pezones endureciéndose contra la blusa de algodón. Recordé sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en su taller de arte, explorando mis curvas como si fueran su lienzo favorito. Me miré al espejo: treinta y dos años, morena clara, tetas firmes y un culo que él siempre decía que era para chupar. Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, tanga de encaje rojo. Perfume de ylang-ylang en el cuello y entre los muslos. Si quiere pasión, se la voy a dar con todo, me dije.
El tráfico de la Reforma era un desmadre, cláxones y olor a taquitos de la esquina, pero yo flotaba en anticipación. Llegué al hotel, un rincón mágico en Polanco con fuentes borboteando y jazmines trepando las paredes. Subí al elevador, el espejo reflejando mi rubor, el pulso acelerado en la yugular. Toqué la puerta de la 305, y él abrió, descalzo, en jeans rotos y camisa entreabierta mostrando ese pecho velludo que tanto me gustaba lamer.
—Ven, mi vida —dijo con voz ronca, jalándome adentro.
Su boca cayó sobre la mía como tormenta, lengua invadiendo, saboreando a tequila reposado y menta. Olía a sándalo y sudor fresco, ese aroma macho que me volvía loca. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo gemí contra sus labios, sintiendo su verga ya dura presionando mi vientre.
—Carta de pasión y lujuria hecha realidad —murmuró, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Te extrañé tanto, carnalita.
Nos tropezamos hasta la cama king size, sábanas de satén crujiendo bajo nosotros. Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco de la habitación, iluminada por velas que parpadeaban sombras danzantes. Sus ojos se clavaron en mí, hambrientos.
—Eres una diosa, pendeja mía —rió bajito, chupando un pezón hasta que arqueé la espalda.
Yo no me quedaba atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo, desabrochando sus jeans con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precúm que lamí como miel. ¡Qué rico! Sabía a hombre puro, a deseo acumulado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo.
Pero no era solo carnalidad. En su mirada había algo más profundo, un anhelo que me ablandaba el alma. ¿Por qué nos separamos, idiota? pensé mientras lo montaba, frotando mi concha mojada contra su tronco. El roce era eléctrico, clítoris hinchado rozando piel caliente, jugos mineando sus bolas. Él me volteó, besando mi cuello, bajando por la espina dorsal hasta morderme las nalgas.
—Déjame probarte, reina.
Su lengua se hundió en mí, lamiendo pliegues empapados, chupando mi clítoris con maestría. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, olor a sexo llenando el aire —mío dulce y almizclado, el suyo terroso. Dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose en mi punto G, mientras yo me retorcía, uñas clavadas en las sábanas. ¡No pares, cabrón! El orgasmo me azotó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, chorros calientes en su boca.
Él se incorporó, verga palpitante, ojos negros de lujuria. Me abrió las piernas, frotando la cabeza en mi entrada resbalosa.
—Dime que la quieres, mamacita.
—¡Métemela ya, Alejandro! —supliqué, caderas alzándose.
Entró de un embestida lenta, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, Dios! Lleno, pulsante, tocando lo más hondo. Empezamos a movernos, ritmo pausado al principio, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. Sus bolas golpeaban mi culo, tetas rebotando con cada thrust. Yo lo arañaba, mordía su hombro, saboreando sal.
La tensión crecía, como volcán a punto de estallar. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, él detrás, jalándome el pelo suave, azotando mi culo rojo. ¡Más fuerte! Cada golpe mandaba ondas de placer. Su mano bajó a mi clítoris, frotando círculos, y yo exploté otra vez, paredes contrayéndose alrededor de su verga.
—Me vengo, mi amor —rugió, saliendo para eyacular chorros calientes en mi espalda, marcándome como suyo.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Sus dedos trazaban círculos en mi cadera, besos suaves en la frente.
—Perdóname por irme, chula —susurró—. Esa carta era mi forma de rogarte volver. No quiero perderte otra vez.
Yo sonreí, lamiendo una gota de sudor de su cuello. Neta, el corazón me latía fuerte, no solo de placer, sino de algo más grande. Recordé las noches solas, el vacío que él llenaba. Esta carta de pasión y lujuria no era solo fuego carnal; era el puente que nos unía de nuevo.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando bajito de sueños compartidos, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de un futuro con risas y más noches como esta. Su mano se coló entre mis piernas, dedos juguetones despertando el fuego otra vez, pero suave, tierno. Gemí bajito, arqueándome contra él.
—Otra ronda, ¿mi reina?
—Siempre, mi lujurioso.
El sol tiñó la habitación de oro, y nosotros nos perdimos en un nuevo vaivén, lento y profundo, sellando promesas con cuerpos unidos. Esa carta de pasión y lujuria había cambiado todo: de extraños a amantes eternos, en un torbellino de sensaciones que aún vibra en mi piel.