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Pasión Capítulo 24 Llamas del Alma

7880 palabras

Pasión Capítulo 24 Llamas del Alma

El sol se ponía sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo todo de un naranja ardiente que me hacía sentir como si mi piel estuviera en llamas. Yo, Ana, había llegado esa tarde desde la Ciudad de México, con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía semanas que no veía a Marco, mi amor secreto, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Neta, cada vez que pensaba en él, un calorcillo me subía por el vientre, recordándome las noches en que sus manos expertas exploraban cada rincón de mi cuerpo.

Me acomodé en el balcón de la hacienda boutique donde nos habíamos citado, oliendo el jazmín fresco del jardín y el humo lejano de algún asador. Llevaba un vestido rojo ceñido que dejaba poco a la imaginación, el escote profundo mostrando el nacimiento de mis pechos, y unas sandalias altas que realzaban mis piernas morenas. Me miré en el espejo: labios pintados de rojo pasión, ojos ahumados, pelo suelto cayendo en ondas salvajes.

¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si por fin nos dejamos llevar sin miedos?
pensé, mientras el viento jugaba con mi falda, rozándome los muslos como una caricia prometedora.

De repente, oí el motor de su camioneta. Bajé las escaleras corriendo, el corazón en la garganta. Ahí estaba él, saliendo con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado, jeans ajustados marcando su paquete de manera descarada. "¡Órale, mi reina!", gritó con esa voz ronca que me derretía. Nos abrazamos fuerte, su cuerpo duro contra el mío, su olor a colonia masculina mezclada con sudor fresco invadiéndome los sentidos. "Te extrañé, pendejo", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo juguetona.

Entramos a la hacienda, donde la dueña nos sirvió mezcales artesanales en copas de cristal. Brindamos por Pasión Capítulo 24, como si estuviéramos escribiendo nuestra propia novela erótica, capítulo tras capítulo de deseo acumulado. "Este capítulo va a ser el mejor, carnal", dijo él, sus ojos clavados en mis tetas mientras lamía el borde de su copa, lento, provocador. Cenamos en el patio iluminado por velas: tacos de arrachera jugosos, guacamole cremoso que chorreaba, y esa salsa picante que ardía en la lengua como preludio de lo que vendría.

La tensión crecía con cada bocado. Su pie rozaba el mío bajo la mesa, subiendo despacio por mi pantorrilla, enviando chispas eléctricas por mi espina. Me late tanto este wey, pensé, sintiendo mi clítoris hincharse solo con su proximidad. Hablamos de todo y nada: de la vida loca en el DF, de cómo el trabajo nos había separado, de sueños compartidos. Pero sus manos no paraban quietas; una se posó en mi rodilla, apretando suave, mientras la otra jugaba con el borde de mi copa. "Estás cañona esta noche, Ana", murmuró, su aliento cálido en mi cuello.

Después de la cena, el aire se sentía pesado, cargado de promesas. Caminamos hacia nuestra suite, tomados de la mano, el pasillo alfombrado amortiguando nuestros pasos. Al entrar, cerró la puerta con llave y me empujó contra ella, besándome con hambre. Sus labios carnosos devoraban los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal y deseo puro. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro, tirando para acercarlo más. "Te quiero ya, Marco", jadeé, mientras él lamía mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tiró suave sobre el colchón, el cuerpo rebotando un poquito, y se quitó la camisa de un jalón, mostrando esos abdominales marcados por horas en el gym.

¡Qué chingón está este hombre! Cada músculo gritando sexo
, pensé, mientras él se arrodillaba entre mis piernas abiertas, subiendo mi vestido hasta la cintura. No traía calzones, la neta, y al verme expuesta, gruñó como animal: "Estás empapada, mi amor". Sus dedos gruesos rozaron mis labios vaginales, resbalosos de jugos, separándolos para exponer mi clítoris rosado e hinchado.

El build-up fue delicioso, torturante. Empezó lamiendo mis muslos internos, la barba incipiente raspando mi piel suave, enviando ondas de placer. Olía mi aroma almizclado de excitación, inhalando profundo: "Hueles a pecado, Ana". Luego, su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, saboreando cada gota, chupando mi clítoris con succiones rítmicas que me tenían arqueando la espalda. Mis pezones duros como piedras se marcaban bajo el vestido, rogando atención. Metí mano y me pellizqué uno, gimiendo alto, mientras él introducía dos dedos en mi coño apretado, curvándolos para tocar ese punto G que me volvía loca.

"¡Más, pendejo, no pares!", le supliqué, las caderas moviéndose solas contra su boca. Sudaba, el cuarto lleno del sonido chapoteante de sus dedos follándome, mis jadeos mezclados con sus gruñidos hambrientos. Me quitó el vestido de un tirón, quedando desnuda ante él, pechos medianos firmes con areolas oscuras, vientre plano temblando. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precum. Quiero esa madre adentro ya, pensé, lamiéndome los labios.

Pero él jugó más. Se recostó y me jaló encima, en 69 perfecto. Su polla palpitante frente a mi cara, oliendo a macho puro. La chupé ansiosa, lengua girando en la cabeza sensible, tragándomela hasta la garganta mientras él devoraba mi panocha como si fuera el último banquete. Sentía su pulso en mi boca, el sabor salado mezclándose con mi saliva. Mis bolas se contraían contra mi barbilla, y gemí alrededor de su carne, vibrando todo. La intensidad subía: mis orgasmos previos me dejaban temblando, chorros calientes salpicando su cara, pero él no paraba, lamiendo todo.

Por fin, no aguanté más. Me giré, montándolo a horcajadas, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué rica se siente!", grité, clavándole las uñas en el pecho. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel resonando. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano juguetón, prometiendo más. Sudor perlando nuestros cuerpos, mezclándose, el olor a sexo impregnando el aire.

Cambié posiciones: él encima, misionero profundo, besándonos mientras me taladraba. Cada embestida golpeaba mi cervix, placer-pain exquisito. "Te amo, Ana, eres mía", jadeaba, acelerando. Yo envolví piernas alrededor de su cintura, clavándolo más hondo. El clímax nos alcanzó juntos: mis paredes contrayéndose como vicio alrededor de su polla, ordeñándolo, mientras él rugía y llenaba mi útero de semen caliente, chorro tras chorro. Explosiones blancas detrás de mis ojos, cuerpo convulsionando, grito ahogado en su hombro.

Colapsamos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su peso sobre mí era reconfortante, corazón latiendo contra el mío. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas. "Este Pasión Capítulo 24 fue épico, ¿verdad?", murmuró, acariciándome el pelo. Reí bajito, piel erizada aún por las réplicas.

Qué chido es esto, puro fuego del alma, sin dramas ni complicaciones. Solo nosotros, conectados
.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo sobre cuerpos marcados por mordidas y arañazos amorosos. Jabón espumoso en sus manos masajeando mis curvas, risas compartidas. Secos, nos metimos a la cama, desnudos bajo las cobijas. Mañana sería otro día, pero esta noche, en San Miguel, éramos reyes del deseo. El deseo satisfecho deja un glow eterno, un lazo invisible que nos unía más fuerte. Cerré los ojos, oliendo su piel a mi lado, sabiendo que el próximo capítulo sería aún más ardiente.

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