Pasiones Prohibidas del Elenco de Pasión y Poder
Entré al foro de Televisa con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Yo, Ana López, acababa de ser seleccionada para un papel secundario en el elenco novela Pasión y Poder, esa producción que tenía a medio México pegado a la tele con sus dramas de amoríos millonarios y traiciones sangrientas. El aire olía a café recién hecho mezclado con el perfume dulzón de las maquillistas y el sudor fresco de los reflectores. Mis tacones resonaban en el piso de concreto pulido mientras caminaba hacia el set principal, sintiendo las miradas del equipo sobre mí. Neta, estaba nerviosa, pero también excitada. México City bullía afuera, pero adentro, este mundo era puro fuego.
Allí estaba él, Arturo Ramos, el galán principal, con su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Alto, moreno, con ojos que prometían pecados. Lo había visto en la pantalla, pero en persona era otro pedo: un imán de testosterona que hacía que mis bragas se humedecieran con solo una sonrisa. Me acerqué para presentarme, extendiendo la mano. —Hola, soy Ana, la nueva enfermera de Artemia, dije, tratando de sonar profesional. Él tomó mi mano, su palma cálida y áspera rozando la mía, enviando chispas por mi espina.
—Encantado, mamacita. Bienvenida al circo, respondió con esa voz grave que parecía acariciar mi piel. Sus ojos bajaron un segundo a mi escote, y sentí el calor subir a mis mejillas. El director gritó ¡acción! y empezamos a grabar la escena donde mi personaje lo atiende en la cama del hospital. Sus manos rozaron mis caderas al fingir dolor, y juro que el roce fue eléctrico, como si estuviéramos actuando de verdad. Olía a colonia cara, a hombre limpio y listo para devorar.
Durante el break, nos sentamos en las sillas de plástico bajo el toldo. El sol de mediodía pegaba fuerte, haciendo que el sudor perlase su frente.
¿Por qué carajos me mira así? Como si quisiera comerme viva. Ay, Ana, contrólate, es tu compañero de trabajo, pensé mientras sorbía mi refresco de tamarindo, el dulce ácido bajando por mi garganta. Él se inclinó, su rodilla tocando la mía. —Oye, Ana, ¿has visto lo que pasa detrás de cámaras en este elenco novela Pasión y Poder? Mucha pasión suelta, ¿eh? Su aliento cálido olía a menta, y su pierna presionó más, deliberado.
La tensión creció esa semana. Ensayos interminables donde sus dedos se demoraban en mi cintura, susurrándome líneas al oído con labios casi rozando mi lóbulo. Neta, cada noche en mi depa de Polanco, me tocaba pensando en él, imaginando esa verga dura que se adivinaba bajo sus jeans. El olor de mi propia excitación llenaba la habitación, mis gemidos ahogados contra la almohada. Es un pendejo guapo, pero ¿y si solo juega? me decía, pero el deseo ardía como chile en nogada.
Una noche de locaciones en Xochimilco, después de una escena lluviosa bajo las trajineras, el equipo se fue de fiestón. Nosotros nos quedamos "revisando guion" en su tráiler. El aire estaba cargado de humedad, chinampas flotando con olor a flores de cempasúchil y tierra mojada. Entramos, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. —Ana, no aguanto más, murmuró, empujándome contra la pared. Sus labios capturaron los míos, urgentes, saboreando a tequila y deseo. Mi lengua bailó con la suya, salada y caliente.
Sus manos expertas bajaron mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco del ventilador. —Estás cañón, güey, jadeó, chupando un pezón hasta endurecerlo como piedra. Gemí, el sonido ronco saliendo de mi garganta mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa. Olía a lluvia y a él, ese aroma macho que me volvía loca. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que latían bajo mi palma.
Santo cielo, es enorme, va a partirme en dos y lo quiero todo.
Lo empujé al colchón improvisado, montándome encima. Mis caderas rodaron lentas, frotando mi panocha mojada contra su dureza a través de la tanga. El roce era fuego puro, mi clítoris hinchado rogando atención. —Fóllame, Arturo, hazme tuya, le supliqué, voz entrecortada. Él rasgó la tela con un gruñido animal, su dedo grueso hundiéndose en mí, curvándose para golpear ese punto que me hacía ver estrellas. El jugo chorreaba por mis muslos, pegajoso y caliente.
Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío como manta pesada. Sentí la punta de su verga presionando mi entrada, resbalosa de excitación. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. —Qué apretadita estás, pinche delicia, rugió, embistiendo profundo. Cada thrust era un estruendo de carne contra carne, slap-slap resonando en el tráiler. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras sus bolas chocaban contra mi culo.
La intensidad subió. Sus manos en mis caderas, tirando de mí hacia él, clavándose como anclas. Más fuerte, cabrón, rómpeme, grité, perdida en el placer. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, mi crema íntima mezclada con su precum. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, mi cuerpo convulsionando, chillidos escapando mientras lo bañaba en mis jugos. Él no paró, prolongando mi éxtasis hasta que cedí, temblando.
Se volteó, poniéndome encima de nuevo. Cabalgué como reina, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Sus ojos fijos en los míos, puros fuego. —Córrete dentro, lléname, le ordené, sintiendo su verga hincharse. Con un bramido, explotó, chorros calientes inundándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, pieles pegajosas unidas, respiraciones jadeantes sincronizadas. El tráiler olía a nosotros, a pasión consumada.
Después, en la quietud, su mano acarició mi cabello revuelto. —Esto no fue solo actuación, Ana. Eres fuego puro, susurró. Yo sonreí, besando su hombro salado.
En el elenco novela Pasión y Poder, las pasiones no son solo guion. Y yo quiero más de esto, de él, de nosotros. Afuera, las trajineras seguían flotando, pero nuestro mundo era perfecto, saciado, listo para el siguiente round.
Los días siguientes en el set fueron eléctricos. Robábamos besos en pasillos oscuros, sus dedos colándose bajo mi falda durante tomas. El elenco murmuraba, pero ¿a quién le importaba? Habíamos encontrado nuestro propio poder en la pasión, lejos de cámaras. Cada noche, en su penthouse con vista al Ángel, repetíamos el ritual: duchas calientes donde su lengua exploraba cada pliegue, saboreando mi esencia dulce; camas king donde me ataba con corbatas de seda, azotando mi culo hasta enrojecerlo, luego follándome lento hasta el amanecer.
Una vez, en el baño de productores, me levantó sobre el lavabo, piernas abiertas. Su boca devoró mi panocha, lengua plana lamiendo de culo a clítoris, succionando hasta que squirté en su cara, él bebiendo ávido. —Sabes a miel de maguey, putita mía, gruñó, antes de penetrarme de pie, espejos reflejando nuestro frenesí. El vapor empañaba todo, pero veíamos el sudor correr por nuestras pieles, oíamos los gemidos rebotar en azulejos.
La química trascendió la pantalla. En una escena de cama falsa, el director cortó porque "se veía demasiado real". Reímos, sabiendo el secreto. Mi cuerpo respondía solo a él: pezones endureciéndose con su voz, panocha palpitando ante su mirada. Él confesó que desde el primer día soñaba con mis curvas, con enterrarse en mí hasta el fondo.
Al final de la temporada, en la fiesta de cierre en un roof top de Reforma, bailamos salsa pegados, sus manos posesivas en mi cintura baja. El skyline brillaba, mariachis tocaban al fondo, tequila fluía. Terminamos en su auto, yo en el asiento trasero, él devorándome con dedos y lengua mientras conducía de noche. Llegamos a su casa exhaustos, pero el deseo renació. Esa noche fue tierna: misionero lento, besos profundos, susurrando promesas. —Te amo, Ana, quédate conmigo. Córrele adentro otra vez, cálido y eterno.
Ahora, meses después, somos el secreto mejor guardado del elenco novela Pasión y Poder. La pasión no se apaga; crece, como buen mezcal. Y cada roce, cada mirada, me recuerda: el poder está en rendirnos al deseo, sin guiones, solo nosotros.