Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad El Mante Pasión Tequila Precio El Mante Pasión Tequila Precio

El Mante Pasión Tequila Precio

8572 palabras

El Mante Pasión Tequila Precio

El sol de mediodía caía como un beso ardiente sobre las calles empedradas de El Mante, y yo, con el corazón latiendo al ritmo de la aventura, entré en esa tiendita familiar al borde de la plaza principal. Olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina, mezclado con el dulce aroma de vainilla y agave que salía de las botellas alineadas en los estantes. Mis ojos se posaron en ella de inmediato: El Mante Pasión Tequila, una edición especial con etiqueta roja como labios hinchados de deseo, y su precio... ay, ese precio tan tentador, apenas unos pesos que prometían noches de fuego.

Me llamo Carla, una chilanga harta de la rutina del DF, que había huido al noreste en busca de algo salvaje, algo que me hiciera sentir viva. Tomé la botella, sintiendo el vidrio fresco contra mi palma sudorosa, y pagué sin pensarlo dos veces. El tendero, un hombre maduro con bigote espeso y sonrisa pícara, me guiñó el ojo. "Échale, mija, este tequila es puro vicio. Te va a prender como mecha", dijo con ese acento tamaulipeco grueso, arrastrando las erres como caricias.

¿Y si esta noche lo pruebo con alguien que sepa cómo avivarlo?, pensé, mientras salía con la bolsa colgando de mi hombro. Mi piel erizándose solo de imaginarlo.

La plaza bullía de vida: vendedores de elotes asados lanzando humo fragante, niños correteando con risas que rebotaban en las fachadas coloridas, y en el centro, la fuente escupiendo agua cristalina que refrescaba el aire caliente. Me senté en una banca de metal, aún tibia del sol, y destapé la botella. El primer trago fue como un latigazo: el tequila bajando ardiente por mi garganta, dulce al principio con notas de caramelo, luego picante, despertando cada nervio de mi cuerpo. Me lamió los labios, dejando un regusto salado que pedía más.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con camisa de guayabera abierta hasta el pecho, revelando un torso bronceado y musculoso que brillaba bajo el sol. Se llamaba Javier, lo supe después, pero en ese momento era solo él, el wey que se acercaba con paso confiado, oliendo a jabón fresco y a hombre de campo. "¿Qué hace una belleza como tú sola con ese El Mante Pasión Tequila Precio de ganga? Déjame acompañarte, no sea que te lo acabes todo y te quedes con las ganas", dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso, pero con una mirada que me hizo mojar las bragas al instante.

Su rodilla rozó la mía, un toque casual que envió chispas por mi espina. Le ofrecí la botella, y cuando sus labios tocaron donde los míos habían estado, sentí un tirón en el vientre. Bebió despacio, sus ojos clavados en los míos, oscuros como pozos de miel quemada. "Neta, Carla, este tequila sabe mejor compartido. ¿Vienes de lejos?" preguntó, su voz ronca como grava bajo botas.

Hablamos de tonterías al principio: del calor que nos derretía la piel, de cómo El Mante era un secreto para los que buscaban pasión auténtica. Pero el tequila fluía, y con él, la tensión crecía. Su mano grande posada en mi muslo, subiendo centímetro a centímetro, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y rosa. El aire se llenaba del sonido de mariachis lejanos, guitarras llorando rancheras que hablaban de amores imposibles.

Quiero que me bese ya, carajo. Que me coma con la boca como se come este tequila, pensé, apretando las piernas para contener el pulso que latía entre ellas.

Acto primero cerrado, nos levantamos. Javier me tomó de la mano, su palma áspera contra mi piel suave, y me llevó a su casa al final de la calle, una casona con patio interior lleno de buganvillas rojas goteando pétalos como sangre. Adentro, el fresco del adobe nos envolvió, y el olor a madera vieja se mezcló con nuestro sudor incipiente. Sacó vasos de cristal tallado, heredados quién sabe de quién, y sirvió dos rondas más de El Mante Pasión Tequila. El precio que pagué por esa botella ahora parecía una ganga comparado con el tesoro que se avecinaba.

Nos sentamos en el sofá de piel gastada, tan cerca que sentía su calor irradiando como horno. Sus dedos trazaron mi brazo, erizando cada vello. "Eres fuego, Carla. Me traes loco desde la plaza", murmuró, inclinándose. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio: el suyo suave al principio, probando el tequila en mi lengua, luego feroz, chupando, mordiendo. Sabía a él, a sal y a deseo puro. Mis manos se enredaron en su cabello negro, tirando suave, mientras su boca bajaba a mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula.

El mundo se redujo a sensaciones: el roce de su barba incipiente raspando mi piel sensible, el sonido de nuestras respiraciones agitadas, el sabor agrio-dulce del tequila en su saliva. Me quitó la blusa con manos temblorosas de anticipación, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron más. "Qué chingonas tetas, wey... déjame mamarlas", gruñó, y se lanzó, succionando un pezón endurecido mientras su mano masajeaba el otro. Gemí alto, arqueándome, el placer como rayos bajando directo a mi centro húmedo.

Yo no me quedé atrás. Desabroché su guayabera, besando su pecho firme, lamiendo el surco entre sus pectorales, bajando hasta el ombligo. Olía a hombre limpio, a trabajo honesto y a feromonas que me volvían loca. Mis uñas arañaron su espalda mientras él me cargaba al cuarto, tirándome en la cama king size con sábanas de algodón crudo que olían a sol y lavanda.

Ahí, en el medio del acto, la intensidad subió. Javier se desvistió, revelando un cuerpo esculpido por el rancho: abdomen marcado, verga gruesa y tiesa apuntando al techo como estandarte. "Te quiero dentro, Javier. Chingame ya", le rogué, quitándome el short con urgencia. Estaba empapada, mis labios hinchados rogando atención. Él se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo. "Hueles a puta en calor, Carla. Deliciosa", dijo, y hundió la lengua en mi coño, lamiendo lento, chupando mi clítoris como si fuera el mejor tequila del mundo.

El placer me dobló: oleadas de calor subiendo por mis muslos, mis caderas moviéndose solas contra su boca experta. Gritaba su nombre, "¡Sí, wey, así! ¡No pares!", mientras él metía dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jugos cubriendo su barbilla. Tomé la botella de tequila de la mesita, vertí un chorrito sobre mi vientre, y él lo lamió todo, bajando de nuevo a mi sexo, mezclando sabores en una sinfonía erótica.

Esto es el verdadero precio de la pasión, pensé entre jadeos. El Mante Pasión Tequila Precio valió cada centavo.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cabalgué duro, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo mientras gruñía "¡Puro fuego, carnala! ¡Avienta!". El sudor nos unía, piel resbaladiza chocando con palmadas rítmicas. Sentía cada vena de su pija pulsando dentro, rozando mis paredes sensibles. El clímax se acercaba: mi vientre contrayéndose, respiración entrecortada.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo, lento al principio para torturarme, luego bestial. "Vente conmigo, Carla. Dame todo", ordenó, y obedecí. El orgasmo me rompió en mil pedazos: luces explotando detrás de mis ojos cerrados, coño apretando su verga como tenaza, gritando hasta quedarme ronca. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como toro, su semen llenándome en chorros calientes.

Quedamos jadeando, enredados, el aire pesado con olor a sexo y tequila derramado. Javier me besó la frente, suave ahora. "Qué noche, ¿verdad? Ese tequila nos prendió cañón".

Nos duchamos juntos después, agua tibia lavando nuestros cuerpos exhaustos, manos explorando perezosas las curvas restantes. En la cama, con la botella vacía como testigo, hablamos de nada y de todo: de volver a vernos, de cómo El Mante ahora era mi rincón favorito. Me dormí en su pecho, oyendo su corazón calmarse, sintiendo el afterglow como manta tibia.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que el verdadero precio de esa pasión había sido cero. Solo entrega mutua, risas compartidas y un tequila que sabía a eternidad.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.