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La Pasion de Cristo la Ultima Cena Carnal

5968 palabras

La Pasion de Cristo la Ultima Cena Carnal

Tú estás en tu depa en la Condesa, las luces bajas, velitas parpadeando sobre la mesa larga que armaste con drama para simular la ultima cena. El aire huele a pan recién horneado, mezclado con el vino tinto que abriste, un malbec argentino que te hace salivar. Has visto La Pasion de Cristo mil veces, esa película que te revuelve las tripas con tanto sufrimiento y entrega, pero esta noche lo ves diferente. No es el dolor lo que te prende, es la intensidad, la carne expuesta, el sudor resbalando por el cuerpo de ese Jesús que tanto te imaginas. Tu carnal, Alex, llega en chinga, con esa sonrisa pícara que te hace mojar de solo verla.

Órale, wey, esta noche va a ser la buena, piensas mientras lo ves entrar, alto, moreno, con la camisa blanca desabotonada que deja ver el vello en su pecho. Él te mira de arriba abajo, tu vestido rojo ceñido que apenas tapa tus chichis y deja las piernas al aire. "¿Qué pedo, mi reina? ¿Armaste la pasion de cristo la ultima cena o qué?" dice riendo, pero sus ojos ya están encendidos, recorriendo tu cuerpo como si ya te estuviera comiendo.

Te acercas, el tacón resonando en el piso de madera, y lo besas lento, saboreando el tequila en su lengua. Sus manos grandes te aprietan la cintura, bajan a tus nalgas, amasándolas con fuerza. "Neta, te ves como Magdalena, lista para redimirme", murmura contra tu boca. Ríen, pero el calor ya sube, tus pezones se endurecen contra la tela delgada. Lo sientas a la cabecera de la mesa, como el rey, el Cristo de tu fantasía, y sirves el vino en copas altas. El líquido rojo brilla bajo las velas, gotea un poco en su labio inferior, y tú lo lames despacio, sintiendo el pulso acelerado en su cuello.

La cena empieza juguetona. Le das de comer uvas con los dedos, él chupa tu piel, mordisquea juguetón. "Ay, pendejo, no mames", le dices riendo, pero tu voz sale ronca, traicionera. El pan cruje entre sus dientes, el aceite de oliva huele a hierbas frescas, y cada bocado es una promesa. Hablan de la película, de cómo la pasion de Cristo siempre los pone cachondos a los dos, de esa escena de la última cena donde todos comparten, pero en su mente retorcida, es puro sexo reprimido. "Imagínate si en vez de pan, fuera mi verga la que partieran", bromea él, y tú sientes un jalón en el vientre, el calor humedeciendo tus calzones.

"Esta noche eres mi Cristo, y yo tu puta devota. Déjame lavarte los pies... y todo lo demás."

Te arrodillas bajo la mesa, el suelo fresco contra tus rodillas, y desabrochas su pantalón. Su verga salta libre, dura como piedra, venosa, oliendo a hombre puro, a deseo acumulado. La tocas con las yemas, sientes el latido, el calor que quema. Él gime bajito, "Chin... mi amor", mientras comes pan y lo untas en aceite, frotándolo en su eje como si fuera un ritual sagrado. La lengua recorre la punta, salada, suave, y él agarra tu pelo, no fuerte, sino guiándote, pidiéndote más. Chupas lento, saboreando cada vena, el glande hinchado que palpita en tu boca. Tus jugos corren por tus muslos, el vestido subido, expuesta.

Él te jala arriba, te sienta en la mesa, platos volando al suelo con estruendo. Las velas titilan, sombras bailando en las paredes. Te arranca el vestido, tus chichis rebotan libres, pezones duros como balas. "Qué tetas tan ricas, carnala", dice, mamándolas con hambre, dientes rozando justo lo suficiente para erizarte la piel. Tú arqueas la espalda, gimiendo, el aire fresco besando tu sudor. Sus dedos bajan, encuentran tu concha empapada, resbalosa, y meten dos de golpe, curvándose adentro, tocando ese punto que te hace ver estrellas. "¡Ay, wey! ¡No pares, pendejo!" gritas, las caderas moviéndose solas, follándote su mano.

El olor a sexo llena el cuarto, almizcle dulce mezclado con vino derramado. Él se para, te voltea, te pone en cuatro sobre la mesa, nalgas al aire. Sientes su verga en la entrada, frotando, lubricando con tus mieles. "¿Quieres tu pasion, mi reina?" pregunta ronco, y tú asientes, "Sí, fóllame como en la ultima cena, comparte tu cuerpo conmigo". Empuja despacio, centímetro a centímetro, estirándote, llenándote hasta el fondo. Gimes fuerte, el dolor placeroso de lo grande, lo profundo. Él sale y entra, lento al principio, piel contra piel chapoteando, bolas golpeando tu clítoris.

La tensión crece, tus uñas arañan la madera, sudor goteando entre tus chichis. Él acelera, embiste duro, "¡Eres mía, toda mía!", y tú respondes, "¡Sí, Cristo mío, dame tu leche!". Internalizas el ritual, la entrega total, como en la película pero carnal, puro vicio. Tus paredes se aprietan, el orgasmo sube como ola, explotando en temblores, gritando su nombre, jugos chorreando por tus piernas. Él gruñe, se hincha más, y se vacía adentro, chorros calientes pintando tus entrañas, el placer compartido como el pan y el vino.

Caen juntos, jadeando, cuerpos pegajosos en la mesa desordenada. El vino se enfría en el suelo, velas apagándose solas. Él te besa la frente, suave, "Te amo, mi Magdalena". Tú sonríes, piernas temblando aún, el afterglow envolviéndote como sábana tibia. Esta fue nuestra pasion de cristo la ultima cena, piensas, no de muerte, sino de vida pura, de placer infinito. Se levantan lento, se bañan juntos bajo la regadera caliente, jabón resbalando por curvas y músculos, risas mezcladas con besos perezosos. En la cama, enredados, sueñan con más cenas así, más noches donde el pecado es bendición.

Al amanecer, el sol filtra por las cortinas, oliendo a café y sexo viejo. Tú lo miras dormir, su rostro sereno como un santo pagano, y sabes que esto no acaba aquí. La mesa espera la próxima, lista para otra ultima cena que nunca termine.

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