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Encendimos La Roja Flama De La Pasion

6597 palabras

Encendimos La Roja Flama De La Pasion

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmín floreciendo en las calles empedradas. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, cansada pero con el cuerpo pidiendo aventura. Me metí a un bar playero, de esos con luces tenues y mariachis tocando en vivo. El aire estaba cargado de risas y tequilas, y ahí lo vi: Javier, alto, moreno, con ojos que brillaban como el océano al atardecer. Llevaba una camisa guayabera abierta, dejando ver un pecho tatuado con un águila devorando una serpiente. Órale, pensé, este pendejo parece sacado de un sueño caliente.

Me acerqué a la barra, pidiendo un margarita con sal. Él se volteó, sonriendo con esa picardía mexicana que te derrite las rodillas.

"¿Qué hace una chula como tú sola en un lugar como este?"
dijo, su voz ronca como el rugido de las olas. Le contesté con una mirada coqueta:
"Buscando un poco de calor, carnal. ¿Tú?"
Nos pusimos a platicar, riendo de tonterías, pero el aire entre nosotros ya vibraba. Su mano rozó la mía al pasarme el shot de tequila, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta el pecho. Olía a colonia fresca mezclada con sudor varonil, y su aliento a limón y alcohol me hacía agua la boca.

La tensión crecía con cada trago. Me contó que era surfista, que vivía en una cabaña cerca de la playa, y yo le hablé de mis días estresantes en la oficina, soñando con noches como esta. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo el vestido ligero. Cuando el mariachi cantó una ranchera ardiente, me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, guiándome al ritmo. Mi culo rozaba su entrepierna, y carajo, ya lo sentía duro contra mí. El sudor nos pegaba la piel, y el olor a sal y deseo nos envolvía.

"Ana, me estás volviendo loco"
, murmuró en mi oído, su aliento caliente erizándome la piel.

Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como chiquillos. Caminamos por la playa, la arena tibia bajo los pies descalzos, el Pacífico rugiendo a lo lejos. La luna pintaba todo de plata, y el viento traía el aroma de cocos y algas. Nos detuvimos en un rincón apartado, donde las palmeras susurraban secretos. Me besó entonces, suave al principio, sus labios carnosos probando los míos, saboreando el tequila en mi lengua. Qué delicia, pensé, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. Lo dejé caer, quedando en tanga y bra, mi piel expuesta al aire nocturno.

"Eres preciosa, nena"
, dijo, mirándome como si fuera un tesoro. Yo le arranqué la camisa, besando su pecho salado, lamiendo el tatuaje con la lengua. Su piel sabía a sol y mar, áspera por la barba incipiente. Nos tendimos en la arena, él encima, besándome el cuello, mordisqueando suave hasta que gemí bajito. Sus manos exploraban mis tetas, pellizcando los pezones con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me mojaba entre las piernas. La roja flama empezaba a encenderse, y yo no quería apagarla.

Me quitó la tanga despacio, sus dedos rozando mi coño ya empapado.

"Estás chingona de húmeda, mi amor"
, gruñó, y metí la mano en su pantalón, sacando su verga gruesa, palpitante. La apreté, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. Me la chupé un rato, saboreando el precum salado, oyendo sus jadeos roncos que se mezclaban con el oleaje. Qué rico, supe que lo tenía en mis manos, literal. Me volteó, lamiéndome el clítoris con la lengua experta, chupando como si fuera un mango maduro. Mis caderas se movían solas, el placer subiendo como una ola gigante.

Pero queríamos más. Nos levantamos, él me cargó hasta su cabaña cercana, riendo entre besos. Adentro, el aire olía a madera y velas de coco. Me aventó en la cama king size, con sábanas frescas. Se desnudó completo, su cuerpo atlético brillando de sudor. Yo abrí las piernas, invitándolo.

"Ven, Javier, fóllame duro"
. Se puso un condón –siempre responsable, qué chulo– y se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, el ardor delicioso llenándome. Empezó a bombear, lento al principio, sus pelotas chocando contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno.

La intensidad subía. Me volteaba como quería: de perrito, sintiendo sus manos en mis caderas, su verga golpeando profundo, rozando mi punto G hasta que vi estrellas. Grité su nombre, el sudor chorreando por mi espalda, oliendo a sexo puro. Él gemía

"¡Ay, mamacita, qué apretadita!"
, acelerando, el colchón crujiendo bajo nosotros. Mis uñas en su espalda, su boca en mis tetas, mordiendo, lamiendo. El cuarto se llenaba de nuestros olores: sudor, coño mojado, verga lubricada. En un momento, pensé: y así encendimos la roja flama de la pasión, porque todo ardía, todo era fuego rojo y vivo.

Me subió encima, cabalgándolo como una amazona. Mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando. Movía las caderas en círculos, sintiendo su verga pulsar dentro. El clímax se acercaba, mis muslos temblando, el placer acumulándose en el vientre como una tormenta.

"¡Me vengo, Javier!"
grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, embistiéndome fuerte unas veces más, y se corrió dentro del condón, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Nos quedamos así, jadeando, pegados por el sudor. El afterglow era puro paraíso: su peso sobre mí reconfortante, su aliento en mi cuello calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. Qué chingón, pensé, esto era lo que necesitaba. Hablamos bajito, de sueños y mañanas, riendo de lo rápido que había pasado todo. La pasión no se apagó del todo; ardía en brasas, lista para reavivarse.

Al amanecer, el sol entró por la ventana, tiñendo su piel de dorado. Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, besos bajo el agua caliente. Salimos a la playa, desayunando tacos de pescado fresco, el mar lamiendo la arena. No fue solo sexo; fue conexión, esa química que te hace sentir viva. Javier me dejó su número,

"Vuelve cuando quieras, mi reina"
. Y yo supe que lo haría. Encendimos la roja flama de la pasión esa noche, y su calor me acompañaría por días.

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