La Celebración de la Pasión del Señor
Las calles de Oaxaca bullían con el fervor de la celebración de la pasión del señor. El aroma del copal se mezclaba con el dulzor de las velas derretidas, y el eco de las matracas y los cantos penitentes llenaba el aire nocturno. Yo, Ana, caminaba entre la multitud, con el corazón latiéndome fuerte bajo mi huipil bordado. Tenía veintiocho años, soltera por elección, pero esa Semana Santa el calor en mi piel no era solo del sol de abril. Neta, necesitaba algo más que procesiones para calmar el fuego que me ardía por dentro.
De repente, choqué contra un pecho ancho y firme. ¡Órale! levanté la vista y ahí estaba él: Diego, con ojos negros como obsidiana y una sonrisa chueca que me hizo temblar las rodillas. Llevaba una camisa ajustada manchada de yeso, porque era el escultor que tallaba las figuras para las alfombras de pétalos. Perdón, morra, ¿estás bien?
dijo con voz grave, su mano grande aún en mi brazo. Su toque era eléctrico, como si su piel oliera a tierra húmeda y sudor fresco.
¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Solo es un carnal guapo en medio de la fiesta religiosa. Pero neta, quiero que me toque más.Le sonreí, coqueta.
Simón, no pasa nada. ¿Tú eres el que hace las esculturas del señor sufriente?Él rio bajito, un sonido ronco que me erizó la nuca.
Sí, pero esta noche hay una celebración privada. ¿Vienes a mi taller? Te enseño mi obra maestra.
Acto seguido, me tomó de la mano y me guió por callejones empedrados, lejos del tumulto. El taller era un rincón mágico: velas parpadeando, aroma a madera y pintura, y en el centro, una figura de Cristo semi-terminada, pero con un torso tan musculoso que parecía viva. Diego cerró la puerta, y el mundo exterior se apagó. Solo quedamos nosotros, con el pulque fresco que sacó de un jarro de barro. Bebimos, el líquido tibio bajando por mi garganta, dulce y fermentado, avivando el calor en mi vientre.
Eres preciosa, Ana. Como una diosa entre tantos santos
, murmuró, acercándose. Su aliento olía a pulque y a hombre. Yo sentí mi piel erizarse, los pezones endureciéndose bajo la tela.
¡No seas pendeja, Ana! Esto es la pasión del señor, no la tuya. Pero ¿y si la mía también cuenta? Quiero sentirlo todo.Nuestras miradas se engancharon, y sin palabras, sus labios cubrieron los míos. Fue un beso lento, profundo, su lengua explorando con hambre contenida. Sabía a gloria, a prohibido.
Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el huipil con maestría. El aire fresco rozó mis senos desnudos, y gemí cuando sus dedos los rozaron, pellizcando suave. Estás cañón, güey
, susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo le arranqué la camisa, revelando un pecho velludo y marcado por el trabajo duro. Mis uñas recorrieron sus abdominales, sintiendo cada músculo contraerse. Olía a él, a sudor limpio y deseo puro.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me recostó sobre una mesa cubierta de telas suaves. El sonido distante de las campanas marcaba el ritmo de nuestros jadeos. Bajó por mi cuerpo, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi piel. Cuando llegó a mis muslos, separó mis piernas con gentileza. ¿Quieres esto, Ana? Dime que sí
. Sí, carajo, no pares
, rogué, mi voz ronca. Su lengua encontró mi centro, húmedo y palpitante. Lamía despacio, saboreando mi esencia dulce y salada, mientras yo arqueaba la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro.
¡Madre mía, esto es mejor que cualquier procesión! Su boca me está volviendo loca, cada chupada es un latido en mi clítoris.Los gemidos salían solos, mezclándose con el crujir de la madera y el eco de saetas lejanas. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de placer. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo building como una tormenta en el desierto.
Pero no paró ahí. Se incorporó, desabrochando sus pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando a mí como una ofrenda. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. Qué chingona está
, dije juguetona, lamiendo la punta salada de pre-semen. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más. Te quiero adentro, Diego. Cógeme ya
.
Me penetró de un solo empujón suave, llenándome por completo. ¡Ay, qué rico! Sentí cada centímetro estirándome, su pubis chocando contra mi clítoris. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo. El slap de piel contra piel, mis jugos chorreando, su sudor goteando en mis tetas. Aceleró, mis piernas alrededor de su cintura, uñas clavadas en su espalda. Más fuerte, pendejo, dame todo
, exigí, empoderada en mi placer.
El clímax nos golpeó juntos. Yo grité, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes que me inundaron, su rugido ahogado en mi cuello. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aroma de sexo impregnaba el taller, mezclado con el copal que entraba por la ventana.
Después, yacimos enredados en las telas, su mano acariciando mi pelo. Las campanas seguían repicando, pero ahora sonaban a bendición. Esta fue nuestra celebración de la pasión del señor, Ana. La verdadera
, dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, el corazón pleno.
Neta, en medio de tanto sufrimiento ajeno, encontré mi propia redención. Su pasión, mi pasión, nuestra unión. Qué chido es ser libre en el cuerpo y el alma.
Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos. Afuera, la procesión continuaba, pero nosotros habíamos completado la nuestra. Caminamos de vuelta tomados de la mano, el alba tiñendo el cielo de rosa. Esa noche, la celebración de la pasión del señor no fue solo de dolor, sino de éxtasis compartido. Y yo, Ana, supe que volvería por más.