Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Compárame En Tus Noches De Pasión Compárame En Tus Noches De Pasión

Compárame En Tus Noches De Pasión

6908 palabras

Compárame En Tus Noches De Pasión

La luz tenue de las velas parpadeaba en mi depa de la Condesa, tiñendo las paredes de un naranja cálido que hacía que todo se sintiera más íntimo, más caliente. Afuera, el bullicio de la Ciudad de México se colaba apenas por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle y el eco de un mariachi improvisado en la esquina. Pero adentro, solo estábamos tú y yo, con el aire cargado de ese olor a jazmín de mi perfume mezclado con el tequila reposado que acabábamos de destapar. Llevabas puesto ese suéter negro que te queda como anillo al dedo, marcando tus hombros anchos, y yo, un vestidito rojo ajustado que apenas cubría mis muslos, sabiendo que te volvía loco.

Te serví un trago, rozando mis dedos contra los tuyos al pasártelo, y me senté a horcajadas en tus piernas, sintiendo ya el calor de tu cuerpo subir por mis piernas. Órale, güey, te dije con una sonrisa pícara, cuéntame de esa morra de la cita. ¿Era buena onda o qué? Tú reíste, bajito, con esa voz ronca que me eriza la piel, y empezaste a platicar: cómo bailaron salsa en el bar, cómo su risa era chillona pero simpática, cómo sus besos sabían a margarita barata. Yo asentí, pero por dentro ardía un fuego chiquito, de esos celos juguetones que encienden la pasión. Me incliné hacia ti, mis labios rozando tu oreja, y susurré: Compárame en tus noches de pasión. Dime si ella te hace sentir así de duro.

Tus ojos se oscurecieron, y tus manos subieron por mis caderas, apretando la tela del vestido como si quisieras arrancarla. No mames, nena, murmuraste, tú eres otra cosa. Ella no tiene este culo, ni esta boca que me chupa el alma. Me reí, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y te besé con hambre, mi lengua invadiendo tu boca, saboreando el tequila dulce y el salado de tu piel. Tus manos se colaron bajo mi vestido, encontrando que no traía nada debajo, y gemiste contra mis labios cuando tus dedos rozaron mi humedad, resbalosa y caliente. El roce fue eléctrico, como un chispazo que me hizo arquear la espalda, mis pezones endureciéndose contra la tela fina.

¿Y si soy mejor que todas?, pensé, mientras tu dedo entraba en mí despacio, curvándose justo ahí, donde sé que me vuelves loca. Quiero que me compares, que admitas que ninguna te ha hecho rugir como yo.

Te empujé suave hacia el sofá, quitándote la playera con urgencia, mis uñas arañando tu pecho velludo, dejando marcas rojas que olían a hombre puro, a sudor fresco y loción barata de las que te gustan. Tu piel estaba tibia, salada al lamerte el cuello, bajando por tu clavícula hasta morderte un pezón. ¡Ay, cabrón! exclamaste, riendo entre dientes, y me volteaste de un jalón, quedando yo debajo de ti, mis piernas abiertas invitándote. Pero no te dejé ir tan rápido. Espera, pendejo, te dije, jadeando, compárame primero. ¿Sus tetas eran así de firmes? ¿Te lamía el verga como yo?

Tú sonreíste malicioso, bajando mi vestido hasta la cintura, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. Tus labios los capturaron, chupando fuerte, la succión enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra tu mano que seguía explorándome, dos dedos ahora, entrando y saliendo con un ritmo que hacía chapoteo húmedo, el sonido obsceno llenando la habitación junto con nuestro jadeo. Olía a sexo ya, a esa esencia almizclada que sale cuando estás empapada, mezclada con tu aroma masculino, terroso.

Me levanté de un brinco, tambaleante por las piernas flojas, y te arrastré al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia. Te tumbé y me arrodillé entre tus piernas, desabrochando tu jeans con dientes, liberando tu verga tiesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La olí primero, embriagador, y la lamí de abajo arriba, saboreando la sal, la vena gruesa latiendo contra mi lengua. ¿Ella te la chupaba así de hondo? pregunté con la boca llena, mirándote a los ojos mientras la tragaba entera, mi garganta relajándose para tomarte hasta las bolas. Tú gruñiste, tus manos enredándose en mi pelo, empujando suave. Neta, no. Tú eres la reina, mamacita.

El ritmo se aceleró, mi cabeza subiendo y bajando, saliva chorreando por tu eje, el sonido de succión y tus gemidos roncos como música prohibida. Sentía mi coño palpitar, vacío, rogando, así que me subí encima de ti, frotándome contra tu dureza, lubricándote con mis jugos. Compárame en tus noches de pasión, repetí, montándote despacio, la cabeza de tu verga abriéndose paso en mi entrada apretada, estirándome delicioso. Bajé centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud, tus manos en mis nalgas guiándome, el choque de piel contra piel resonando.

Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce interno, tu verga golpeando ese punto que me hace ver estrellas. El sudor nos cubría, perlando tu pecho, goteando entre mis senos que rebotaban con cada embestida. Tus ojos devoraban el espectáculo, y yo aceleré, mis uñas clavándose en tus hombros, el placer acumulándose como tormenta. Es mío, todo este placer es mío, pensé, mientras tu pulgar encontraba mi clítoris, frotándolo en círculos que me hicieron gritar. ¡Más, cabrón, no pares!

Cambiamos posiciones, tú encima ahora, mis piernas en tus hombros, penetrándome profundo, el ángulo perfecto para rozar mi pared frontal. Cada embestida era un trueno: el plaf de tus bolas contra mi culo, el olor a sexo intenso, el sabor de tus besos desesperados, mordiendo mi labio inferior. Sudor goteaba de tu frente a mi boca, salado y adictivo. Sentía el orgasmo acercarse, esa tensión en el bajo vientre, mis músculos contrayéndose alrededor de ti. Ven conmigo, amor, compárame y córrete dentro, suplicaste casi, y eso me rompió.

Exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta, mi coño ordeñándote en espasmos violentos, jugos chorreando por tus bolas. Tú seguiste unas embestidas más, rugiendo mi nombre, y te vaciaste dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, el corazón latiéndonos como tambores en fiesta. El aire olía a nosotros, a clímax compartido, y el silencio solo roto por nuestras respiraciones entrecortadas.

Minutos después, acurrucados, tu mano trazando círculos perezosos en mi espalda, me besaste la frente. Eres incomparable, nena. En mis noches de pasión, solo tú existes. Sonreí contra tu pecho, satisfecha, el cuerpo lánguido y pleno. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, habíamos creado nuestro propio mundo. Y sabía que volverías, siempre, porque nadie te hace sentir así.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.