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Abismo de Pasión Paolo

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Abismo de Pasión Paolo

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando con dedos invisibles. Yo, Ana, acababa de entrar al bar del hotel, con un vestido negro ceñido que me hacía sentir chula de verdad, lista para olvidar al pendejo de mi ex. El lugar olía a tequila añejo y jazmines frescos, y la música salsa retumbaba suave, invitando a los cuerpos a moverse.

Ahí lo vi. Paolo. Alto, con esa piel morena italiana que brillaba bajo las luces tenues, ojos oscuros como pozos sin fondo y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Estaba en la barra, con una camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello negro en su pecho.

¿Quién es este güey? Neta, parece sacado de una novela de pasión prohibida
, pensé mientras mi pulso se aceleraba. Me acerqué, fingiendo casualidad, y pedí un margarita. Nuestras miradas se cruzaron, y él levantó su vaso.

Salud, preciosa —dijo con acento italiano mezclado con español fluido, voz grave como un ronroneo.

Salud, guapo. ¿De dónde sales tú? —respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Charlamos. Paolo era arquitecto, venido de Milán para un proyecto en la CDMX. Hablaba de curvas y estructuras con una pasión que me erizaba la piel. Yo le conté de mi trabajo en diseño gráfico, de cómo odiaba la rutina. El deseo crecía lento, como el hielo derritiéndose en mi trago. Su mano rozó la mía al pasarme el salero, y fue eléctrico. Órale, Ana, contrólate, me dije, pero mis pezones ya se endurecían contra la tela del vestido.

La tensión inicial era esa chispa: yo con mi corazón herido, él con esa mirada que me desnudaba. Bailamos salsa, sus caderas pegadas a las mías, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a colonia masculina y hombre, un aroma que me mareaba. Quiero lamer ese sudor, confesé en mi mente mientras su aliento cálido rozaba mi oreja.

Acto dos: la escalada

Salimos del bar, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego dentro de mí. Caminamos hasta su suite en el hotel, riendo de tonterías. En el elevador, no aguanté más. Lo besé. Sus labios eran firmes, su lengua invadió mi boca con hambre, saboreando a tequila y deseo. Gemí bajito, mis manos en su cabello oscuro, tirando suave.

Me vuelves loco, Ana —murmuró, manos en mi cintura, bajando a mis nalgas, apretando con fuerza posesiva pero tierna.

Entramos a la habitación. Luces bajas, cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban al pecado. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas.

Este es el abismo de pasión Paolo, y yo me lanzo de cabeza
, pensé mientras su boca bajaba a mis senos, lamiendo pezones duros como piedras preciosas.

Caímos en la cama, cuerpos entrelazados. Sus dedos exploraron mi entrepierna, húmeda ya, resbaladiza de anticipación. Qué rico se siente, jadeé cuando metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía arquear la espalda. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos suaves mezclados con mis gemidos. Él olía a sudor fresco, a sexo inminente. Lamí su pecho, saboreando sal, bajando al ombligo, hasta su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano.

Chúpamela, cariño —pidió, voz ronca. Obedecí, porque quería. Mi boca lo envolvió, lengua girando en la cabeza sensible, tragando hasta la garganta. Él gruñó, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. El sabor era almizclado, puro macho. Me miró con ojos en llamas, y supe que esto era mutuo, empowering, dos adultos consumiéndose.

La intensidad subía. Internalmente luchaba: ¿Y si es solo una noche? ¿Y si quiero más? Pero el conflicto se disolvía en placer. Me puso a cuatro patas, besando mi espalda, lengua en la nuca. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué grande! grité, pero era placer puro. Embestidas profundas, piel contra piel, slap slap resonando. Sudor goteando, mezclándose, olor a sexo llenando la habitación. Sus bolas chocaban mi clítoris, enviando chispas.

Cambié de posición, cabalgándolo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Yo controlaba el ritmo, rebotando, sintiendo cada vena dentro. Neta, este güey me va a matar de gusto. Gemidos en italiano y español: bella, puta madre, sì sì. La tensión psicológica explotaba: vulnerabilidad en su mirada, conexión más allá de lo físico.

El clímax se acercaba. Sus dedos en mi clítoris, frotando circles perfectos. Mi vientre se contraía, pulsos acelerados como tambores. Voy a venirme, Paolo, avisé. Él aceleró, gruñendo. Explosión: mi coño apretándolo como vicio, olas de placer sacudiéndome, grito ahogado. Él se corrió segundos después, caliente dentro, llenándome, jadeos entrecortados.

Acto tres: el resplandor

Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones calmándose. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en la frente. Olía a nosotros, a semen y sudor seco, aroma íntimo. Esto fue más que sexo, pensé, mientras trazaba círculos en su pecho.

Eres increíble, Ana. Como caer en un abismo de pasión —dijo, riendo bajito.

Tú eres el abismo de pasión Paolo —respondí, y nos reímos, esa complicidad post-orgasmo que sella todo.

Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos jabonosas explorando de nuevo, pero tierno. Salimos envueltos en albornoz, pedimos room service: tacos al pastor y champagne. Comimos en la cama, hablando de sueños. Él de volver a México, yo de viajar. No prometimos nada, pero el lingering impact estaba ahí: un vacío dulce, promesa de más.

Al amanecer, lo vi dormir, paz en su rostro. Me vestí sigilosa, dejando mi número en la mesa.

Abismo de pasión Paolo, gracias por la noche que me hizo sentir viva
. Salí al sol de la CDMX, piernas flojas, sonrisa pícara. La vida seguía, pero con un fuego nuevo encendido.

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